Publicado: septiembre 26, 2026, 6:07 pm
El 30 de septiembre de 1999, la planta de procesamiento de combustible nuclear en Tokaimura, Japón, fue el escenario de una tragedia sin precedentes. A las 10.35, Hisashi Ouchi y su compañero Masato Shinohara realizaban una tarea manual de mezcla de uranio enriquecido con ácido nítrico en una pileta. En ese momento, un destello azul emanó de la tinaja. Fue la señal inequívoca de una fisión nuclear fuera de control. La reacción liberó una carga masiva de neutrones y rayos gamma sobre los operarios, marcando el inicio de un proceso de deterioro físico que la medicina moderna solo pudo observar con impotencia.

Ouchi, quien se encontraba en el epicentro de la radiación, recibió una dosis calculada en 17.000 miliSieverts (mSv), una cifra miles de veces superior al límite anual permitido y comparable a las dosis detectadas en el epicentro de Hiroshima. Según informes de la cadena española Antena 3, el empleado sufrió un daño orgánico instantáneo. Masato Shinohara, ubicado a una distancia ligeramente mayor, también resultó afectado, al igual que un tercer operario, Yutaka Yokokawa. El incidente forzó la evacuación de pobladores cercanos y obligó a otros 300.000 habitantes a permanecer confinados en sus casas para evitar la exposición.
El accidente ocurrió por negligencia técnica y falta de capacitación. La Compañía de Conversión de Combustibles Nucleares de Japón (JCO) permitió que los trabajadores operaran sin protocolos seguros. Mientras el límite legal para el uso de uranio en esa operación era de 2,4 kilos, los empleados utilizaron 16 kilos por indicación de procedimientos improvisados, según reportes de la BBC. La cantidad resultó desproporcionada y garantizó la catástrofe. La planta, ubicada en la prefectura de Ibaraki, carecía de sistemas automáticos para medir los químicos, lo que obligó a los trabajadores a cargar el material de forma manual.

Tras el desmayo inicial, Ouchi llegó al hospital de la Universidad de Tokio con quemaduras evidentes. Con el paso de las horas, los médicos constataron la destrucción total de sus glóbulos blancos y una alteración cromosómica irreversible que impedía la regeneración celular. El daño fue sistémico. Ouchi perdió la piel de gran parte de su cuerpo y requirió injertos constantes que su organismo rechazaba. Su hermana donó células madre, pero la radiación destruyó incluso ese tejido sano tras el trasplante. El paciente perdía líquidos de forma constante y recibía diez transfusiones diarias en un intento infructuoso por estabilizar su cuadro hemorrágico. El deterioro llegó a tal punto que el hombre comenzó a sangrar por sus ojos.
El registro publicado por el canal público japonés NHK bajo el título “Vida deteriorada: registro de 83 días de tratamiento por radiación” detalla la desesperación de Ouchi. Ante el dolor extremo y la inutilidad de los procedimientos médicos, el operario expresó su deseo de finalizar el tratamiento: “No puedo soportarlo más, no soy un conejillo de Indias”, según narra el libro sobre el caso. El personal médico recurrió al coma inducido para aliviar su padecimiento, pero el cuerpo del trabajador ya se desintegraba desde el interior. Los músculos se separaron de los huesos y, al día 59, Ouchi sufrió tres paros cardíacos en una hora. Aunque los médicos lograron reanimarlo, el daño multiorgánico resultó definitivo.
El 21 de diciembre de 1999, a los 83 días del incidente, Hisashi Ouchi falleció. Masato Shinohara, el otro operario expuesto, murió el 27 de abril de 2000 tras meses de agonía en el hospital. El desastre de Tokaimura se mantuvo como el peor evento nuclear en la historia japonesa hasta el desastre de Fukushima en 2011. La justicia intervino en abril de 2001.

Seis funcionarios de la JCO, entre ellos el jefe de la planta Kenzo Koshijima, recibieron penas de prisión entre dos y tres años por el incumplimiento sistemático de las normas de seguridad. A la empresa le revocaron los permisos de operación y debió pagar 121 millones de dólares en compensaciones a 6875 litigantes, según datos difundidos por el medio británico LadBible.
Este contenido fue producido por un equipo de LA NACION con la asistencia de la IA, en base a un artículo de Germán Wille.
