El hombre que explicó los deseos ocultos de miles de personas, pero pasó años escribiéndole cartas desesperadas a una sola mujer - Argentina
Registro  /  Login

Otro sitio más de Gerente.com


El hombre que explicó los deseos ocultos de miles de personas, pero pasó años escribiéndole cartas desesperadas a una sola mujer

Publicado: julio 1, 2026, 8:13 am

En abril de 1882, un joven médico vienés de 25 años entró a una casa y vio a una muchacha pelando una manzana. La escena parecía insignificante. Una joven sentada junto a una ventana. La luz de la tarde iluminando sus manos. La cáscara roja cayendo en espiral sobre su regazo. Sin embargo, para Sigmund Freud aquel instante tuvo algo parecido a una revelación. Muchos años después recordaría ese momento como el comienzo de una historia que marcaría toda su vida.

La chica se llamaba Martha Bernays. Tenía 20 años, cinco menos que él. Había nacido en Hamburgo el 26 de julio de 1861 y provenía de una de las familias judías más respetadas de Alemania. Su abuelo había sido un célebre rabino y su educación había estado atravesada por las tradiciones religiosas, la cultura y el estudio.

Leé también: Era el filósofo más famoso de París, se obsesionó con su alumna y el castigo fue brutal

Era una joven refinada, inteligente, elegante y muy apreciada en los círculos sociales que frecuentaba. Quienes la conocieron hablaban de una belleza delicada, más vinculada a la dulzura que al impacto. Tenía ojos oscuros, facciones finas y una serenidad que contrastaba con el temperamento apasionado de Freud.

Sigmund había nacido el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, una pequeña localidad que hoy pertenece a la República Checa. Era el hijo mayor de Jacob Freud y Amalia Nathansohn. Su madre tenía apenas 20 años cuando nació y lo adoraba de una manera casi obsesiva.

Décadas más tarde, algunos biógrafos señalarían que esa relación tan intensa con Amalia pudo haber influido en muchas de las teorías que desarrolló sobre la infancia y los vínculos familiares.

Foto de Martha Bernays de 1882, antes de casarse con Sigmund Freud. (Foto: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos)
Foto de Martha Bernays de 1882, antes de casarse con Sigmund Freud. (Foto: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos)

Pero en aquel momento Sigmund no era un genio famoso. Era simplemente un médico joven. Brillante, sí. Extraordinariamente inteligente, también. Pero sin dinero.

Había estudiado medicina en la Universidad de Viena y soñaba con convertirse en un gran investigador. Pasaba horas analizando tejidos nerviosos en laboratorios y estaba convencido de que la ciencia sería el centro de su existencia.

Hasta que apareció Martha. Y entonces descubrió que también quería otra cosa. Quería una familia. Quería un hogar. Quería una vida junto a aquella mujer. Se enamoró con una rapidez que sorprendió incluso a sus amigos. Apenas unas semanas después de conocerla ya le había regalado un anillo. Poco tiempo más tarde estaban comprometidos. Pero había un problema enorme. No podían casarse.

Freud carecía de los recursos económicos necesarios para mantener un hogar. La situación lo desesperaba. Cada día que pasaba sentía que el amor avanzaba más rápido que su carrera. Fue entonces cuando tomó una decisión que cambiaría su destino.

Abandonó parte de sus ambiciones como investigador puro y comenzó a orientarse hacia la práctica médica. Necesitaba ganar dinero, construir un futuro y casarse con Martha. Sin saberlo, estaba iniciando el camino que años después lo conduciría a revolucionar la comprensión de la mente humana.

Mientras él trabajaba en Viena, la familia Bernays se trasladó a Hamburgo. La distancia se interpuso entre los enamorados. Y comenzó uno de los noviazgos por correspondencia más extraordinarios del siglo XIX.

Sigmund Freud y Martha Bernays antes de casarse. (Foto: Reuters)
Sigmund Freud y Martha Bernays antes de casarse. (Foto: Reuters)

Durante cuatro años vivieron separados. Cuatro años sin abrazos cotidianos ni proyectos concretos. Meses sostenidos casi exclusivamente por cartas.

Freud escribía compulsivamente. A veces una carta por día. A veces varias. Durante aquellos cuatro años de separación llegó a enviarle más de 900 cartas. Le contaba todo. Sus avances profesionales. Sus frustraciones. Sus sueños. Sus temores. Sus planes para el futuro. Sus inseguridades. Y también sus celos. Muchos celos.

Resulta curioso leer hoy aquellas cartas sabiendo quién llegaría a ser. Porque el hombre que terminaría estudiando las pasiones humanas parecía dominado por las propias. Se mostraba vulnerable. Ansioso. Dependiente. Necesitaba saber qué hacía Martha. Con quién hablaba. Quiénes la visitaban. Quiénes podían interesarse por ella.

La posibilidad de perderla lo atormentaba. En ocasiones le pedía explicaciones por amistades masculinas o comentarios que llegaban a sus oídos. Después se arrepentía. Le pedía perdón. Y volvía a declararle amor eterno.

Las cartas revelan a un Freud profundamente humano. Muy distinto del intelectual severo que la historia terminó inmortalizando. A veces escribía como un científico. Otras veces como un poeta. Llamaba a Martha “mi dulce mujercita” y “mi preciosa amada”. En una ocasión le confesó que ella había devuelto la alegría a una vida que antes le parecía gris. En otra, imaginó cómo sería despertar cada mañana a su lado.

Freud subiendo a su primer vuelo en 1928. (Foto: AP)
Freud subiendo a su primer vuelo en 1928. (Foto: AP)

En 1885 obtuvo una beca para estudiar en París con Jean-Martin Charcot, el neurólogo más famoso de Europa. La experiencia sería decisiva. Charcot investigaba la histeria y los trastornos nerviosos utilizando métodos que fascinaban a Freud. Aquellos estudios sembraron las primeras semillas de lo que años más tarde se convertiría en el psicoanálisis.

Sin embargo, incluso desde París, seguía pensando en Martha. Ella continuaba siendo el centro emocional de su existencia. Finalmente, después de cuatro años de espera, llegó el día tan esperado. El 14 de septiembre de 1886 se casaron en Hamburgo. Freud tenía 30 años. Martha, 25. Habían sobrevivido a la distancia, a las dificultades económicas y a la incertidumbre. Por fin podían comenzar la vida que habían imaginado durante tanto tiempo.

Se instalaron en Viena. Allí empezaría una nueva etapa. La del matrimonio. Y también la de la construcción de una leyenda.

Los primeros años fueron difíciles. Freud trabajaba largas jornadas atendiendo pacientes. La economía familiar era ajustada. Martha administraba la casa con una eficiencia extraordinaria. Era organizada, práctica y capaz de mantener funcionando un hogar que crecía constantemente.

Sigmund Freud posando para el escultor Oscar Nemon en Viena en 1931. (Foto: AP)
Sigmund Freud posando para el escultor Oscar Nemon en Viena en 1931. (Foto: AP)

Entre 1887 y 1895 nacieron seis hijos: Mathilde, Jean-Martin, Oliver, Ernst, Sophie y Anna. La menor sería quien más tarde se transformaría en una figura fundamental de la psicología infantil y en una de las principales continuadoras del trabajo de su padre.

Mientras Martha criaba a los niños, Freud desarrollaba sus teorías. Trabajaba hasta altas horas de la noche. Leía. Escribía. Investigaba. Fumaba una cantidad descomunal de cigarros. La imagen clásica del Freud barbudo, rodeado de libros y humo, comenzó a construirse durante aquellos años.

En 1899 publicó “La interpretación de los sueños”. El libro cambiaría la historia. Allí presentó ideas revolucionarias sobre el inconsciente, los deseos reprimidos y el significado oculto de los sueños. Muchos colegas lo consideraron un disparate. Otros quedaron fascinados. La controversia recién empezaba.

Con el paso del tiempo, Freud se convirtió en una celebridad intelectual. Sus teorías cruzaron fronteras. Sus libros fueron traducidos. Sus discípulos se multiplicaron. Pacientes y admiradores viajaban desde distintos países para conocerlo.

Sigmund Freud junto a su hija Anna. (Foto: Archivo Clarín)
Sigmund Freud junto a su hija Anna. (Foto: Archivo Clarín)

La vida familiar de los Freud tuvo además una presencia singular: Minna Bernays, la hermana menor de Martha. Soltera, culta y de fuerte personalidad, se instaló en la casa familiar y permaneció junto a ellos durante décadas. Con el tiempo se convirtió en una de las personas más cercanas al círculo íntimo de Freud y en una interlocutora habitual de sus inquietudes intelectuales.

Esa cercanía alimentó una de las mayores controversias de su biografía. Décadas después, Carl Jung —discípulo, heredero intelectual y más tarde rival de Freud— aseguró que Minna le había confesado estar enamorada de él y mantener una relación íntima. Durante años, muchos consideraron aquella historia una exageración o una represalia nacida de la ruptura entre ambos pensadores.

Sin embargo, en 2006 el hallazgo de un registro de hotel en Suiza volvió a encender el debate. Allí aparecía Freud anotado junto a Minna como si viajara con su esposa, aunque Martha se encontraba en Viena. Para algunos historiadores, el documento reforzó la hipótesis de una relación amorosa clandestina. Para otros, sigue siendo una evidencia insuficiente para afirmarlo con certeza. Más de un siglo después, el vínculo entre Freud y Minna continúa siendo uno de los grandes interrogantes de la historia del psicoanálisis.

Freud junto a sus nietos Heinz y Ernst. (Foto: AP)
Freud junto a sus nietos Heinz y Ernst. (Foto: AP)

Más allá de las especulaciones, ninguna de aquellas controversias alteró públicamente la imagen de estabilidad que la familia proyectó durante décadas. Dentro de la casa seguía existiendo una división muy clara. Freud pertenecía al mundo de las ideas. Martha gobernaba el mundo cotidiano. Ella no mostraba demasiado interés por las complejas teorías de su marido. Prefería concentrarse en la familia, en los hijos, en la organización doméstica. Era una mujer práctica, discreta, reservada y quizá por eso logró convertirse en el ancla emocional de un hombre que vivía inmerso en la exploración de los conflictos humanos.

Los años pasaron. Llegó la fama. Llegaron los reconocimientos y también los problemas de salud. Freud desarrolló un cáncer de mandíbula relacionado con su consumo constante de tabaco. Fue sometido a múltiples cirugías. El dolor se volvió parte de su vida cotidiana. Martha permaneció a su lado. Como había estado desde el principio. Pero la prueba más dura todavía estaba por llegar.

En 1938 los nazis anexaron Austria. Para la familia Freud, de origen judío, el peligro era evidente. Durante meses vivieron bajo una enorme presión. Finalmente, lograron abandonar Viena y exiliarse en Londres. Freud tenía 82 años. Martha, 77. Después de más de medio siglo de vida compartida, debieron dejar atrás la ciudad donde habían construido su hogar, criado a sus hijos y atravesado casi toda su historia.

Llegaron a Inglaterra agotados. Un año más tarde, en septiembre de 1939, Sigmund Freud murió. Tenía 83 años. Había pasado gran parte de su existencia intentando descifrar los secretos más profundos de la mente humana. Martha quedó viuda después de cincuenta y tres años de matrimonio. Vivió doce años más. Murió en 1951.

Para entonces, el nombre de Freud ya era universal. Sus teorías habían transformado la psicología, la literatura, el arte y la cultura occidental. Sin embargo, detrás del mito seguía existiendo aquella historia íntima que había comenzado una tarde de abril de 1882. La historia de una joven que pelaba una manzana. Y de un muchacho tímido y ambicioso que se enamoró al verla.

Leé también: Fue alumna, amante y rival de Rodin: la tragedia de Camille Claudel, la artista que terminó olvidada

Resulta tentador pensar que el mayor experto del mundo en deseos, obsesiones y conflictos amorosos debió haber encontrado respuestas para todo. Pero quizá no. Quizás Sigmund Freud pasó la vida intentando comprender los misterios del amor precisamente porque sabía que nunca terminaría de entenderlos.

Sigmund Freud en su casa de campo en 1932. (Foto: AP)
Sigmund Freud en su casa de campo en 1932. (Foto: AP)

Lo cierto es que, después de más de 900 cartas, cuatro años de espera, seis hijos, una revolución intelectual y un exilio, Martha siguió siendo la persona que había elegido desde el principio.

Años después, cuando alguien le preguntó por su matrimonio, ella respondió algo que sorprendió a muchos. Dijo que durante más de medio siglo juntos nunca habían tenido una discusión importante. Tal vez exageraba. Tal vez la memoria había suavizado las asperezas. O tal vez aquella mujer tranquila había logrado algo que millones de pacientes nunca pudieron conseguir.

Darles paz a los pensamientos del hombre que dedicó su vida a estudiar por qué los seres humanos rara vez logran encontrarla.

—————————

Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com

@cynthia.serebrinsky

Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

Amores históricos cuenta romances reales de personajes que marcaron el devenir de nuestra historia.

Related Articles