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El 11-S y la guerra contra el terror

Publicado: septiembre 12, 2026, 6:14 am

Este 11 de septiembre se cumplieron 25 años del ataque de Al-Qaeda a las Torres Gemelas. La actualidad manda y la situación de Ceuta, de por sí compleja pero exacerbada por la actitud cobarde del Gobierno de España, ha restado visibilidad al aniversario de uno de esos hechos decisivos en la historia de la humanidad, un crimen tan cruel, tan estéril, que ha venido a cambiar el mundo quizá para siempre. Vaya desde aquí, en primer lugar, mi sentido recuerdo a los muertos en el monstruoso atentado terrorista y mi homenaje a quienes entregaron sus vidas al sagrado deber de perseguir a los responsables. Un centenar de ellos eran españoles.

El preludio de la tragedia podemos remontarlo a 1996, cuando Osama Bin Laden, desde su santuario de Afganistán y bajo la protección del Gobierno talibán, declaró la Yihad contra los EEUU. Dos años después, Al-Qaeda llevó a cabo ataques terroristas a las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania que sumaron más de 200 muertos. En 2000, un atentado contra el destructor USS Cole en aguas del Yemen dejó sin vida a 17 marinos de la dotación.

Con todo, fue el ataque a las torres gemelas, transmitido en directo por televisión —yo mismo pude ver el choque del segundo avión y el desplome de ambas torres desde el Cuartel General de la Marina alemana en Bonn— conmovió al mundo y, sobre todo, al pueblo norteamericano. El balance final fue demoledor: 2.997 víctimas mortales, más de las sufridas en el bombardeo de Pearl Harbor que arrastró a los EEUU a la Segunda Guerra Mundial.

Bajo la impresión de la tragedia, el presidente Bush declaró inmediatamente lo que enseguida se popularizó como «guerra contra el terror». El Congreso de los EEUU, con la sangre de los asesinados todavía caliente, aprobó un ley que autorizaba el uso de la fuerza contra el terrorismo. Una ley que todavía sigue vigente y que, en la práctica, supone un cheque en blanco para el presidente de la nación a la hora de responder, incluso preventivamente, a la amenaza terrorista. El enemigo declarado eran las organizaciones terroristas y las naciones que las apoyaban, pero bajo ese paraguas de legítima defensa se cambiaron las reglas del juego para arrogarse el derecho a combatir militarmente al enemigo en cualquier lugar del mundo, con o sin permiso de los gobiernos responsables.

Por sus frutos los conoceréis, escribió San Lucas, y todos los frutos de la “guerra contra el terror” fueron amargos, aunque en algunos casos no pueda discutirse su legitimidad. La de Afganistán fue, sin duda alguna, una guerra justa. Después de que el Gobierno talibán se negara a entregar a Bin Laden, Washington, con la OTAN a su lado —el ataque a un aliado era y es un ataque a todos— puso en marcha la operación ‘Libertad Duradera’. Kabul cayó rápidamente en manos de la llamada Alianza del Norte, apoyada desde el aire por los EEUU. Bin Laden y los líderes talibanes huyeron a Pakistán mientras la ONU apoyaba a un Gobierno de transición que, por hacer corta la historia, terminó fracasando social y militarmente a pesar del inmenso apoyo aliado. En 2020, el presidente Trump firmó en Doha los acuerdos con los talibanes que certificaban la retirada de los EEUU y la OTAN a cambio de la promesa de Kabul de no volver a apoyar el terrorismo internacional, único logro real de dos décadas de guerra.

Una rama del mismo árbol podrido fue la definición de un «eje del mal» que, a los ojos de Washington, vino a reemplazar al comunismo internacional, su gran enemigo de la Guerra Fría. En 2002, el presidente Bush declaró formalmente que ese eje estaba formado por Irán, Irak y Corea del Norte. De este extraño modo, la guerra de Irak, un país sin apenas vínculos con el terrorismo internacional, se convirtió en el segundo fruto de la «guerra contra el terror». Un fruto que, además de amargo, estaba alimentado con falsedades.

A pesar de las protestas de medio mundo, la guerra de Irak comenzó en marzo de 2003 y se resolvió con extrema rapidez en el campo de batalla. En solo tres semanas cayó Bagdad, pero entonces empezó lo difícil. En 2004, el año de los atentados de Atocha, se libraron duras batallas urbanas contra la insurgencia en Nayaf y Faluya, nombres ya míticos en los manuales militares. Hubo que esperar hasta 2010 para que los EEUU pudieran cantar una victoria solo relativa y retiraran la mayor parte de sus tropas. Pero el Irak que quedó sobre el terreno, dividido en banderías y debilitado por la guerra, fue caldo de cultivo para el nacimiento del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS), una escisión de Al-Qaeda que ocupó un amplio territorio en ambos países fallidos, desde donde se atrevió a desafiar al mundo proclamando un califato universal.

Derrotado militarmente en 2017, el ISIS continúa activo en Afganistán y, sobre todo, en el Sahel, desde donde aspira a extenderse por el Magreb y amenazar el sur de Europa. Tiene además capacidad para reclutar lobos solitarios para actuar en cualquier parte del mundo. Otro fruto amargo más de la «guerra contra el terror».

Afganistán, Irak y el Sahel no han sido los únicos frentes de esta contienda. Habría que añadirles el de Filipinas y el grupo Abu Sayyaf; el del Yemen y los hutíes y el de Somalia y el Cuerno de África. Varios siguen activos y, por desgracia, se han añadido algunos más, como es el caso de Nigeria. Como botón de muestra, quizá baste decir que antes de la guerra de Irán, cuando el presidente Trump todavía se postulaba para el Nobel de la Paz, ya había bombardeado objetivos en Siria, Irak, Irán, Nigeria, Yemen, Somalia y, por último, Venezuela, acusada sin mucho fundamento de ‘narcoterrorismo’ para que pudiera encajar en la amplia autorización para usar la fuerza militar dada entonces por el Congreso estadounidense.

A la hora de hacer balance, nada puede reparar las vidas perdidas, en Nueva York y en las guerras que vinieron después. Remontándonos al origen, podemos celebrar que Al-Qaeda, culpable del acto de terror más grave de la historia, haya perdido su posición de liderazgo en el entorno del yihadismo. Podemos también encontrar cierto consuelo en que el propio Osama Bin Laden y muchos de sus cómplices hayan pagado sus crímenes. Pero, por desgracia, el negro capítulo de la historia de la humanidad que comenzó en las Torres Gemelas hace ya 25 años está todavía muy lejos de cerrarse. La guerra contra el terror no ha terminado y es probable que tengamos que seguir degustando sus amargos frutos durante muchos años más.

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