Publicado: octubre 19, 2026, 8:13 am
Patricio Figueredo recuerda que desde chico miraba hacia arriba y se perdía en su fascinación por el espacio y sus infinitos misterios. Hoy, su trabajo marca los pasos a seguir de Europa Clipper, una expedición de la NASA destinada a explorar la superficie de una de las lunas de Júpiter.
La misión pretende indagar en la evolución geológica de Europa debajo de su superficie congelada. Múltiples investigaciones han señalado la posible existencia de un enorme océano que llegaría a duplicar el volumen de agua en todo el planeta Tierra. Además de este análisis, el proyecto alberga esperanzas de hallar signos de vida en ese satélite.
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Figueredo participa como investigador asociado del equipo encargado de la cámara de la nave. Su trabajo está especialmente relacionado con la interpretación y el mapeo de la superficie. Cuando Europa Clipper llegue a destino, cerca del año 2030, se pretende elaborar un mapa global de la luna con un nivel de detalle notablemente superior al que existía cuando él hizo su investigación.

Sin embargo, su pasión astronómica va aún más lejos que la misión de la que hoy es parte.
Tenía alrededor de diez años cuando vio por primera vez Cosmos, el programa de divulgación científica del astrofísico estadounidense Carl Sagan. Para ese momento, las imágenes que llegaban de las misiones espaciales permitían observar por primera vez los planetas y lunas desconocidos para el televidente. Para Figueredo fue un descubrimiento. Marte, Júpiter, Saturno y Venus “hasta ese momento eran solamente puntos luminosos en el cielo”, indica.
La fascinación creció con los años. A los 15, quiso escribirle a Sagan para contarle cuánto lo había inspirado el programa, e incluso intentó conseguir su dirección en la Embajada de Estados Unidos.
Fue entonces cuando apareció una persona que terminaría siendo decisiva en su historia: Adriana Ocampo, una geóloga planetaria que había nacido en Colombia y vivía en Argentina. Ocampo no solo le facilitó la dirección que buscaba. También le habló por primera vez de una disciplina que Figueredo no conocía: la geología planetaria.
La idea cambió su camino. En lugar de estudiar astronomía, como tenía planeado, decidió inclinarse por esta disciplina desconocida. Se anotó en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y completó allí su carrera, con una tesis de campo en Mendoza.

Aunque parecía un cambio de rumbo, la elección estaba asociada con los recuerdos más queridos de su infancia. De chico siempre había disfrutado de estar al aire libre, trepar árboles, juntar piedras y explorar. También había sentido interés por la arqueología. Cuando hacía los test vocacionales en la secundaria, no tenía completamente decidido qué profesión quería seguir, pero la geología terminó reuniendo varias de aquellas inquietudes.
En 1995, cuando estaba terminando la carrera, aparecieron dos oportunidades que cambiaron irremediablemente la trayectoria de su vida profesional.
La primera fue una expedición a Belice para estudiar los depósitos de impacto vinculados con el cráter que provocó la extinción de los dinosaurios. La segunda llegó al año siguiente: una pasantía en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA, donde tuvo la posibilidad de trabajar con imágenes de la misión Galileo, que acababa de deslumbrar al mundo al llegar a Júpiter y a sus lunas.
Para un estudiante argentino, aquella experiencia significó mucho más que una práctica profesional. Era una de las primeras ocasiones en las que salía del país y también el comienzo de una nueva etapa de independencia.

“Me abrió las puertas del mundo en la mente”, recuerda al hablar de aquellos primeros viajes. Aprendió a desenvolverse lejos de su familia y, al mismo tiempo, empezó a construir una carrera que le permitiría acceder a nuevas investigaciones y universidades.
El paso por el JPL también fue determinante para su futuro académico. Allí conoció a investigadores vinculados con Galileo y terminó consiguiendo una beca para realizar su doctorado en Arizona, en el suroeste estadounidense.
“Los profesores de allá se sorprendían. La preparación que me dieron en la carrera de geología en Argentina fue fantástica. Reflejaba lo completo y lo profundo que es la preparación de los geólogos en nuestro país”, afirma al recordar sus primeros momentos como estudiante extranjero.
De este “método argentino” destaca una virtud indispensable para la ciencia: saber encontrar soluciones cuando los recursos son escasos. “El argentino sabe arreglarse, resolver. Si tenés algún problema y algo no funciona, le buscamos la vuelta para que funcione de otra forma”, subraya.
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Cuando terminó sus estudios en 2002, el vínculo con el satélite Europa ya ocupaba un lugar central en su carrera. La misión Galileo había obtenido imágenes detalladas de la superficie de esta luna y estas permitían comenzar a estudiar su geología con una precisión inédita. Para resolver su investigación doctoral, Figueredo necesitaba elaborar mapas de grandes regiones de este astro.

Terminó haciendo dos grandes conjuntos de planos que atravesaban la superficie de polo a polo. A partir de ese trabajo tuvo que definir cómo debía cartografiar Europa, qué unidades geológicas podían distinguirse y qué procesos representaba cada una. Los mapas no fueron solamente una herramienta para su tesis. Permitieron estudiar la evolución geológica de la luna y establecer criterios que luego serían utilizados por otros investigadores.
Casi tres décadas después, su nombre volvió a aparecer entre los laboratorios de la NASA. Antes del lanzamiento de Europa Clipper, el equipo encargado de la cámara de la nave empezó a construir un mapa del satélite que iban a descubrir. Las investigaciones de Figueredo se convirtieron en un elemento fundamental para ese trabajo.
El interés de Figueredo por Europa tampoco terminó con su doctorado. Durante su posdoctorado, realizó un viaje al Ártico para estudiar procesos que ocurren en el hielo y que podían funcionar como análogos de algunos de los fenómenos que los científicos creen que existen en este astro. También investigó cómo utilizar sus mapas para identificar lugares con potencial para albergar evidencias de vida.
Hoy vive junto a su hija al norte de Houston, Texas, donde trabaja desde hace más de dos décadas para una petrolera multinacional. Ahí debió bajar sus ojos del cielo al suelo y dedicarse al desarrollo de modelos de las placas tectónicas que componen la superficie terrestre.

Ya pasó casi la mitad de su vida fuera de la Argentina. Nació y vivió unos 25 años en Castelar y el año próximo cumplirá tres décadas en Estados Unidos. Pero el vínculo con Buenos Aires permanece. Cuando vuelve al país, visita a su familia y también regresa a los lugares donde comenzó su historia.
Fuera de la ciencia, encontró otras formas de explorar. Hace carpintería, trabaja en jardinería y realiza caminatas de trekking por zonas poco transitadas de la Patagonia, especialmente cerca de Villa La Angostura y de la frontera con Chile. También descubrió más tarde su interés por disciplinas lejos de la dureza numérica de la ciencia natural, como la historia, el arte y la arquitectura.
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Pero hay algo que conecta todas esas inquietudes con aquel chico que miraba Cosmos en Castelar: la curiosidad por descubrir qué hay más allá de lo conocido. Por eso, cuando imagina los rincones del espacio que aún ansía descubrir, no piensa solamente en una investigación. Le gustaría contemplar la superficie de Marte a través de los ojos de un ser humano y ser testigo de una misión tripulada al planeta.
También piensa en quienes todavía están empezando a hacerse preguntas. Cuando da charlas en escuelas, observa cómo los chicos se entusiasman con las naves espaciales y hacen preguntas sobre otros mundos. Para él, esa fascinación tiene un valor que va más allá de la astronomía.

Después de una carrera dedicada a estudiar otros planetas y lunas, Figueredo encontró también una manera de devolver aquella inspiración que recibió cuando era chico. Si una imagen de un mundo lejano pudo despertar su curiosidad a los diez años, ahora espera que esos mismos retratos puedan hacer lo mismo con una nueva generación.
Mientras tanto, su propia historia continúa viajando hacia Júpiter. Los mapas que comenzó a dibujar como parte de una tesis doctoral en Arizona son hoy una herramienta para explorar una luna que podría esconder, bajo kilómetros de hielo, uno de los grandes interrogantes de la ciencia: si la vida existe más allá de la Tierra.
