Publicado: junio 18, 2026, 6:00 am
Una pareja eligió llegar a su boda en el colectivo 109, la línea que tomaban años antes de unir sus vidas, un actuar casi mecánico -para ir al trabajo- que los acercó y, de alguna manera, quedó para siempre como parte de su historia de amor.
Sin dudas, muchos recordarán rituales cotidianos de otro tiempo, cuando el pulso de la ciudad era agitado como ahora, pero analógico.
Y así, una mañana cualquiera, yendo al colegio o al trabajo, levantar el brazo en la vereda era suficiente para que el colectivo parara. O no, y entonces había que correr media cuadra hasta alcanzarlo. Colgarse de la baranda y viajar con el cuerpo afuera del vehículo en caso de que la capacidad del móvil estuviera colmada de pasajeros.

“Ya es buen don que en la mañana alguien atienda / tu rogatoria seña y pare.”, decía César Mermet (1923-1978) el poeta argentino que murió sin haber publicado un solo libro hasta que su obra fue rescatada póstumamente por Félix della Paolera y Pedro Mairal, quienes la dieron a conocer en una antología y revelaron que Borges fue uno de sus primeros lectores.
Un invento argentino por 10 centavos el tramo
El colectivo nació en Buenos Aires a fines de la década de 1920, de una necesidad y una picardía típicamente porteñas.
Un grupo de taxistas, golpeados por la competencia del tren, el tranvía y el subte —cuyos pasajes eran mucho más baratos—, tuvo una idea simple: poner un cartel en el frente del auto, fijar un recorrido y subir a más de un pasajero. El primer viaje oficial del llamado “taxi-colectivo” fue el 24 de septiembre de 1928, entre Lacarra y Plaza Primera Junta, a 10 centavos el tramo.

En 1932, la Municipalidad reglamentó el servicio: habilitó las líneas, las numeró del 1 al 69 y fijó medidas y cantidad de asientos. Fue entonces cuando los colectivos empezaron a adornarse con el fileteado porteño que los volvió inconfundibles. Con el tiempo, su tamaño fue creciendo, los chasis evolucionaron y Mercedes Benz monopolizó el mercado. Los modelos con motor delantero dieron paso a los frontales modernos y, más tarde, a los vehículos de piso bajo y los articulados con fuelle central. Hoy circulan cerca de 400 líneas solo en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Casi un siglo después de aquel primer viaje, el colectivo sigue siendo el medio de transporte más elegido por los argentinos. Y algunos de aquellos vehículos de las décadas del 60, 70 y 80 todavía existen. Restaurados, cuidados, con su mecánica original intacta.
El hombre que decidió recuperarlos
Fernando Goldschmidt tiene 55 años, creció entre autos y lleva más de tres décadas dedicado a rescatar vehículos de colección. Su empresa se llama Hupmobile —igual que su auto insignia, fabricado por una marca estadounidense que cerró sus puertas en 1941— y desde ese nombre poco conocido construyó un negocio tan singular como los vehículos que lo integran: autos de los años 30, limousinas, y colectivos de las décadas del 60, 70 y 80 que hoy se alquilan para casamientos, producciones audiovisuales y paseos turísticos.
La pasión lo llevó a crear un negocio con aires de nostalgia. Fue aprendiendo en el camino. “En la secundaria fui a un colegio industrial donde me recibí de Técnico en Automotores. Luego empecé Ingeniería, pero descubrí que no era lo mío, así que estudié Marketing, que sentí que era lo que más me iba a servir para mi proyecto”, revela Goldschmidt.

La historia arranca en una agencia de autos usados en Villa Devoto, donde su padre vendía vehículos en muy buen estado y Fernando, desde chico, lo acompañaba a ver cada unidad. A los 18 años compró un Fiat 600 modelo 1966, casi sin rodar, y empezó a llevarlo a exposiciones en Vélez y en La Rural. Ahí, entre los modelos de los años 30, tuvo la idea que cambiaría su vida: vender el fitito, comprar un auto antiguo y alquilarlo para casamientos.
Pasó un año mirando un Ford A que su padre siempre terminaba rechazando. Hasta que un día, paseando con un amigo, vio el Hupmobile en la agencia de Mario Amorosi. Era un poco más grande, de una marca que nunca había escuchado, y lo encantó. Su padre lo revisó. Su madre lo fue a mirar “con ojos de mujer” para evaluar si gustaría a las novias. “Como todo estuvo aprobado, mi papá me prestó la plata y compré el Hupmobile. Inmediatamente puse a la venta el 600 y con eso le devolví el dinero. Tuve que poner el auto a nombre de mi papá porque yo tenía 20 años y, en ese momento, la mayoría de edad para registrar un vehículo era a los 21.”, cuenta Fernando.
El 10 de agosto de 1991 con ese auto llevó a la primera novia hasta la ceremonia de casamiento que se celebraba en una iglesia de Buenos Aires. Tardó diez años en convertirlo en su trabajo a tiempo completo, pero nunca dudó de que el negocio podía funcionar: “Veía que a todo el mundo le fascinaba el auto”, dice.

‘¡Yo viajaba en este cuando era chico!’
Hoy la flota va mucho más allá del auto que le dio nombre. Fernando fue armando una red de dueños de vehículos de colección que se suman a los eventos: cada uno maneja su propio vehículo porque es quien mejor lo conoce y lo cuida.
A los dueños de los vehículos antiguos los encuentra en exposiciones, en casamientos, en la calle. Se acerca, se presenta y deja su tarjeta. Muchos aceptan. Cuando un cliente pide un modelo que no tiene, empieza lo que él llama “el desafío”: salir a buscarlo. Mario Amorosi, quien le vendió el Hupmobile hace 35 años, hoy forma parte de esa red.

A lo largo de los años pudo conocer a muchas celebridades y artistas, algo que Fernando jamás había imaginado al empezar el negocio. Filmando Yo soy así, Tita de Buenos Aires, el actor Mario Pasik le prometió que su nombre quedaría en la película. En un videoclip con León Gieco terminó compartiendo el asado del mediodía en la misma mesa. “Gracias a mi trabajo me toca estar en lugares y situaciones que de otra forma serían imposibles”, dice.

Su padre sigue en el taller de Villa Devoto, donde guardan algunos de los vehículos. Es quien resuelve los imprevistos mecánicos: “Es como MacGyver”, dice Fernando. Karina, su esposa desde hace 26 años, lo ayuda a organizar los paseos con turistas, donde a veces forman largas filas de autos a la entrada de los hoteles.

Entre todos los vehículos de la flota, los colectivos son los que más detienen a la gente en la vereda. Sus dueños, en la mayoría de los casos, los mantienen para recordar a padres o abuelos que fueron choferes o trabajaron en esas líneas. Son unidades restauradas de las décadas del 60, 70 y 80, con su mecánica original, sus boleteras con rollos de boletos, sus monederos y el fileteado porteño que los decora. “Al público le fascina verlos”, dice Fernando. “Siempre aparece el comentario: ‘¡Yo viajaba en este cuando era chico!’ o ‘Tenía un familiar que manejaba uno’. Todo el mundo se quiere sacar una foto.” Algo que se repite cuando, como este jueves 18 de junio, se realiza Calesita. “Nuestras unidades van de un restaurante a otro llevando a la gente que va a comer. Todo gratis, y ves el entusiasmo que les da subirse. Muchos se sacan fotos y creo que a veces también se suben vecinos, nosotros no preguntamos”, cuenta Fernando.
“El chofer tenía que pasar los cambios, cobrar el boleto y dar el vuelto, todo al mismo tiempo”
Manejarlos, explica Fernando, era un arte que hoy cuesta imaginar: “El chofer tenía que pasar los cambios, cobrar el boleto y dar el vuelto, todo al mismo tiempo. No eran automáticos”. Un informe de 1989 elaborado por la Universidad de Buenos Aires y el gremio de conductores revelaba que el 40 por ciento de los choferes estaba bajo tratamiento por trastornos neuropsiquiátricos. La multiplicidad de tareas en vehículos cada vez más grandes tenía un costo real.
Tomar el papelito, mirar el número casi sin querer. Constatar con desilusión que no es capicúa, que da buena suerte. Guardarlo igual por si sube un inspector a picar el boleto. Y el eterno rumor que terminó siendo un mito: “Si juntás varios, después de un tiempo, te regalan una pelota de fútbol”
En 1991 se eliminó el cobro a bordo. Los colectivos siguieron creciendo, modernizándose, perdiendo aquella escala humana. Pero algunas unidades se quedaron en el tiempo, cuidadas por quienes saben lo que guardan. Algo se perdió con ese cambio. No solo un boleto.

Fernando dice que la clave es la constancia y trabajar correctamente. Y que lo que más disfruta es cuando llama a un cliente para saber cómo salió todo y le revela su satisfacción.
