Publicado: octubre 1, 2026, 11:09 pm
Lo primero que deja claro Nicola D’Amelio cuando comienza esta entrevista es que él no es médico ni biólogo de formación. «Soy químico puro», comenta amablemente a modo de advertencia. Pero su trayectoria, tras doctorarse en biología estructural, le ha llevado a acabar estudiando cómo optimizar el tratamiento del cáncer. En 2011, dejó una plaza fija en la industria farmacéutica para venir con una beca de investigación al CNIO durante un año. «Me gustaba mucho la idea de trabajar en cáncer », asegura. Después estuvo en la UCL de Londres, volvió a España para trabajar en IMDEA Nanociencia y finalmente, hace diez años, tomó su plaza de catedrático de Bioquímica en la Universidad de Picardie Jules Verne, en Amiens (Francia). Siempre se ha dedicado al mismo área: la estructura tridimensional de moléculas biológicas. Y esto que puede parecer complicado de entender para el común de los mortales tiene un peso muy importante en la investigación actual. «La medicina va hacia lo molecular. Es importante tener esta visión para entender a nivel muy fino los mecanismos que regulan los circuitos del cáncer», afirma. Quince años después de su primera estancia en el CNIO, Nicola D’Amelio ha vuelto durante dos meses para desarrollar su nuevo proyecto: una estrategia innovadora para impedir la aparición de resistencias al tratamiento del cáncer , junto con Jorge Martínez Torrecuadrada, jefe de la Unidad de Producción de Proteínas del CNIO, gracias al programa Investigadores Visitantes Fundación Occident. -Uno de los principales problemas de la oncología actual es que una terapia que estaba funcionando bien de repente deja ser efectiva y el cáncer avanza. ¿Por qué pasa esto? -Porque las células tumorales cambian su ADN para sobrevivir hasta que sus proteínas cancerígenas rechazan el medicamento. -¿Qué propone su proyecto para evitarlo? -Imagine un rompecabezas que tiene muchas piezas, una pegada a la otra. Cada una de estas piezas se comunican con la siguiente. Son como circuitos que transmiten un mensaje que viene de afuera (por ejemplo un factor de crecimiento en la sangre) para que la célula cancerígena se replique, y la última pieza es la que interactúa con el ADN para empezar la replicación. En este proyecto, la idea es construir la mitad de una pieza de este rompecabezas. Estas piezas en realidad son proteínas y nosotros sintetizamos trozos de proteínas que se llaman péptidos interferentes. Por su forma incompleta, una parte coincidirá con la pieza antecedente, pero no coincidirá con la siguiente y es así como queremos interrumpir la comunicación responsable de la replicación celular incontrolada. La pieza antecedente de la célula cancerígena, para rechazar esta molécula, tendría que cambiar de forma, pero si cambia de forma ya no va a poder conectarse con la pieza original, por lo que, en teoría, no puede desarrollar resistencia o, por lo menos, se lo estamos poniendo más difícil. -Usted plantea una estrategia muy innovadora para la fabricación de estos péptidos. -Su desarrollo es difícil por dos razones: es un poco caro hacerlo por vía química y el otro problema es que son muy inestables en fluidos biológicos. De aquí sale la idea del yogur : utilizar probióticos, como las bacterias del yogur, modificadas genéticamente para que actúen como ‘fábricas microscópicas’ de péptidos interferentes a coste casi cero. Se pueden tomar vía oral y las bacterias pueden pasar al estómago sin sufrir daños. Y si hay un tumor de colon podrían exportar estos péptidos directamente donde se necesitan. El desarrollo de estos probióticos se está llevando a cabo en colaboración con el CNIO y también con Luis Bermúdez-Humarán, del Instituto Micalis en Jouy-en-Josas (París). -¿El yogur sería como un caballo de Troya? -Sí. Ahora, estamos buscando financiación para pasar el proyecto a segunda fase. En la parte de péptidos interferentes hemos avanzado, pero toda la fase de bacterias está empezando. -¿Para qué cánceres podría funcionar? -En principio, se podría utilizar en cualquier lugar del cuerpo donde hay microbioma: zonas genitales, tracto digestivo y vías respiratorias altas. Y no sólo para el cáncer. Los péptidos pueden ser también antivirales o antibacterianos. Otro proyecto sería aplicarlo a la resistencia antibiótica. O también, por ejemplo, en virus como el VIH, se podría utilizar una bacteria que esté en la vagina o el ano y fabricar péptidos que maten el VIH antes de que pueda actuar. Otra cosa que me gustaría mucho es utilizar la tecnología ARNm, que todos hemos conocido para la vacuna del covid, para producir estos péptidos en zonas donde no hay microbioma. -Recientemente ha estado en el CNIO probando la funcionalidad de varios péptidos diseñados por usted. ¿Cuáles han sido los resultados? -Si vuelve a pensar en las piezas del rompecabezas, el primer reto es que al cortar una proteína, las dos piezas pierden estructura y se deshacen. Necesitamos estabilizar una de las dos piezas para que esté como antes y esto lo hemos conseguido. La cara que tiene que interactuar se queda bien. Otro reto es que, una vez que está bien hecho, tiene que superar la barrera de la membrana celular y hemos visto que consiguen entrar y que matan la célula cancerígena. -¿En qué punto está su investigación? -Lo siguiente es poner estos péptidos en fluido biológico y ver cuánto resisten, si se rompen. Y muy importante hacer todo el trabajo para que las bacterias los produzcan y exporten. Después, se pasaría a estudios en vivo. Los tiempos para conseguir todo esto dependen mucho de la financiación, pero si todo va bien, estamos hablando de un trabajo de 10 años para ver resultados. -En el tratamiento de cáncer ya se utilizan virus modificados. En el caso de las bacterias, ¿podríamos utilizarlas mucho más a nuestro favor? -Es el futuro de la medicina. El microbioma es algo que se está estudiando cada vez más. Es una fuente de posibles terapias. Ya hay estudios que demuestran que, para enfermedad inflamatoria intestinal, con bacterias se pueden producir y exportar moléculas inmunomoduladoras. Actualmente se sabe que la microbiota intestinal es fundamental para nuestra salud mental, ya que el nervio vago actúa como una vía de comunicación directa entre el intestino y el cerebro. Por lo tanto, un desequilibrio importante en las bacterias intestinales, conocido como disbiosis, puede generar inflamación y afectar negativamente a nuestro bienestar psicológico y emocional.
