Publicado: julio 23, 2026, 10:00 am
Cuando el calor es abrasador, muchas personas se ven en la obligación de ir una y otra vez a la ducha a refrescarse. Y resulta muy tentador darse una última ducha de agua muy fría antes de acostarse con la esperanza de conciliar mejor el sueño y aliviar la sensación de sofoco. Pero esa idea al parecer tan brillante que solemos tener la mayoría de los mortales para combatir las altas temperaturas no es tan óptima como se espera. Es cierto que el efecto inicial resulta agradable, pero esta práctica podría no ser la más recomendable si el objetivo es descansar mejor durante la noche. Así lo explica el doctor José Manuel Felices, quien advierte de que el organismo responde al frío de una forma que puede terminar jugando en contra.
No funciona para eliminar el calor
El especialista reconoce que el agua fría proporciona una sensación instantánea de alivio. «¿Quieres irte a dormir a gustico y bien ‘fresh’? La ducha fría es un alivio inmediato», afirma. No obstante, señala que esa sensación dura poco y que, poco después, el cuerpo puede reaccionar de manera opuesta: «Hace que cuando llegues a la cama tu cuerpo sea un horno«. La explicación está en el funcionamiento del organismo ante un cambio brusco de temperatura. Según el médico, «cuando te cae agua helada de golpe, tu cerebro piensa ‘me quedo congeladoo’ y cierra de golpe los vasos sanguíneos de tu piel para atrapar el calor dentro». Es un mecanismo natural de defensa con el que el cuerpo intenta conservar su temperatura interna.
El «efecto rebote» que dificulta el descanso
El ‘quid’ de la cuestión, tal como indica el doctor, aparece unos minutos después de salir de la ducha. Una vez desaparece el estímulo del agua fría, el organismo vuelve a detectar el calor ambiental y trata de compensarlo. «El problema viene a los 10 minutos, tu cuerpo vuelve a notar el calor y reacciona abriendo las tuberías para compensar y ¡boom! ¡Efecto rebote!», explica José Manuel Felices. Como consecuencia, «empiezas a sudar justo para acabar la sauna», una situación que puede resultar especialmente incómoda cuando ya se está en la cama intentando dormir.
Este proceso responde a la vasodilatación posterior a la vasoconstricción inicial. Al abrirse de nuevo los vasos sanguíneos, aumenta la circulación en la piel y el organismo libera el calor acumulado, favoreciendo la aparición del sudor. Lejos de facilitar el descanso, este cambio puede hacer que la persona vuelva a sentirse acalorada.
¿Cuál es la temperatura más recomendable?
Frente a la idea de que solo existen dos opciones -agua muy fría o muy caliente-, el médico apuesta por un punto intermedio. «La vida no es blanco o negro. Ponlo a la mitad y un poquito hacia frío, así mantienes las venas abiertas y tu cuerpo expulsa mejor el calor durante la noche», aconseja. De este modo, el organismo puede disipar el exceso de calor de forma progresiva y estable, favoreciendo una sensación de frescor más duradera antes de acostarse. Como resume el propio especialista con un toque de humor, el objetivo es evitar pasar de «congelarse en la ducha» a «asarse en la cama».
