Hace 50 años secuestraron y enterraron vivos a 26 chicos que iniciaron una fuga desesperada: “Si vamos a morir, será intentando salir” - Argentina
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Hace 50 años secuestraron y enterraron vivos a 26 chicos que iniciaron una fuga desesperada: “Si vamos a morir, será intentando salir”

Publicado: julio 22, 2026, 6:00 am

Chowchilla era una pequeña ciudad agrícola en el centro de California. Cerca de las cuatro de la tarde del jueves 15 de julio de 1976, un micro escolar avanzaba por uno de sus tranquilos caminos rurales. A bordo viajaban 26 alumnos de la escuela Dairyland, de entre cinco y catorce años. Regresaban de las actividades de verano y algunos todavía tenían el pelo mojado después de pasar el día en la pileta. Mientras unos conversaban, otros dormían, vencidos por el cansancio. Al volante iba Frank Edward “Ed” Ray, de 55 años. Conocía el recorrido de memoria y, como cada tarde, debía dejar a los chicos frente a sus casas. Pero esa tarde ninguno llegaría a destino.

Unos kilómetros más adelante, una camioneta blanca apareció detenida en medio del camino. Tenía el capó levantado y parecía haber sufrido un desperfecto. Ray, dispuesto a ofrecer ayuda, disminuyó la velocidad. Antes de que terminara de frenar, un hombre con una media de nailon sobre la cabeza se plantó frente al micro. Llevaba una escopeta.

Detrás de él aparecieron otros dos hombres, también armados y con el rostro cubierto. Uno apuntó a Ray y le ordenó que abriera la puerta, otro subió al micro, tomó el volante, mientras que el tercero regresó a la camioneta y los siguió.

Uno de los niños, Larry Park, que entonces tenía seis años, miró al hombre de la escopeta. A través de la media, los ojos le parecieron dos huecos negros. Muchos años después recordaría que había sido como mirar a la muerte.

Ed Ray no intentó enfrentarlos. Les pidió a los chicos que permanecieran sentados, guardaran silencio e hicieran todo lo que les ordenaban. Jennifer Brown, de nueve años, notó que les hablaba con un tono que no era habitual. No estaba enojado, intentaba mantenerlos a salvo.

Los secuestradores desviaron el micro hacia el lecho seco de un arroyo, a varios kilómetros de Chowchilla. Lo internaron entre cañas de bambú y ramas tan altas que casi lo ocultaban por completo. Allí esperaba una segunda camioneta.

Los sobrevivientes poco después de escapar del remolque enterrado

Las dos camionetas tenían las ventanillas traseras pintadas de negro y las paredes interiores cubiertas con paneles para amortiguar los sonidos. Los hombres acercaron una de ellas a la puerta del micro y obligaron a los chicos a saltar directamente de un vehículo al otro, sin tocar el suelo. No querían que dejaran huellas.

Cuando llegó el turno de Jodi Heffington, de diez años, uno de los secuestradores le apoyó la escopeta en el estómago. La niña intentó decirle que estaba obedeciendo, pero el hombre no retiró el arma. Jodi creyó que iba a dispararle.

Después distribuyeron a los 26 alumnos y al conductor entre las dos camionetas. Cerraron las puertas y empezaron a conducir. Adentro no entraba luz, el calor era sofocante. No podían mirar hacia afuera y no sabían hacia dónde los llevaban. Los más chicos lloraban y los mayores intentaban tranquilizarlos.

Mientras tanto, las familias comenzaron a inquietarse. Ninguno de los chicos había regresado a su casa y el micro no aparecía. Poco antes del anochecer, un piloto de la policía lo encontró desde el aire, oculto entre la vegetación. Estaba vacío.

Durante unas once horas, las camionetas continuaron avanzando. Ya de madrugada, abandonaron el asfalto y se detuvieron sobre un terreno irregular. Los secuestradores abrieron una de las puertas y se llevaron primero a Ed Ray. Después regresaron por los chicos. Los hacían bajar de a uno y volvían a cerrar. Quienes permanecían adentro no podían ver qué sucedía afuera. Solo sabían que cada vez eran menos.

Jodi creyó que estaban matando a sus compañeros uno por uno. Jennifer se arrastró hasta el fondo de la camioneta e intentó esconderse en un rincón. Pensó que, si no la veían, tal vez no irían a buscarla. Pero la vieron. Afuera, los hombres iluminaban a cada chico con una linterna, le preguntaban su nombre y su edad y anotaban las respuestas en envoltorios de hamburguesas. Luego señalaban una abertura en el suelo y repetían la misma orden: “Vas a bajar por ese agujero”.

El agujero

La abertura conducía al interior de un viejo remolque de camión enterrado a unos tres metros y medio de profundidad en una cantera de Livermore, a más de 160 kilómetros de Chowchilla. Allí estaban Ed Ray y los chicos que habían bajado primero. Había colchones, algunos recipientes con agua, cereales, pan y mantequilla de maní. En los huecos de las ruedas habían improvisado dos baños y unos ventiladores hacían circular el aire. Todo indicaba que el lugar había sido preparado con anticipación.

En la otra camioneta quedaban Michael Marshall, de catorce años y Monica Ardery, de cinco años, que se aferraba a sus manos. Sin saber qué había ocurrido con los demás, Michael decidió bajar primero. Apenas puso un pie en la escalera, escuchó las voces de sus compañeros, supo que seguían vivos. Mónica bajó detrás de él.

Cuando todos estuvieron adentro, los secuestradores retiraron la escalera, arrojaron un rollo de papel higiénico y dijeron que regresarían. Después cerraron la abertura con una tapa pesada, colocaron encima dos baterías industriales y comenzaron a cubrirla con tierra. Desde abajo, los chicos escucharon las paladas sobre el techo. Luego todo quedó a oscuras. Los habían enterrado vivos.

Ed Ray y los mayores del grupo comenzaron a revisar las paredes en busca de una salida, pero no encontraron ninguna. Trataron de levantar la tapa y tampoco pudieron moverla. Con el paso de las horas, la comida y el agua comenzaron a agotarse, los ventiladores dejaron de funcionar y el techo empezó a ceder bajo el peso de la tierra. El polvo caía sobre ellos y las paredes se arqueaban hacia adentro. Entonces entendieron que esperar no era una opción.

A más de 160 kilómetros, sus familias estaban desesperadas. Todas se habían reunido en el cuartel de bomberos de Chowchilla. La policía y el FBI recorrían la zona en busca de alguna pista, pero no había llegado ningún pedido de rescate ni una prueba de vida. Nadie sabía dónde estaban los chicos, ni si seguían vivos.

El interior del vehículo donde permanecieron cautivos los chicos. Durante el encierro, debieron utilizar como baño una caja con una abertura (Jim Palmer/AP)

Mientras tanto, debajo de la tierra comenzó el intento de fuga. Los chicos apilaron los colchones debajo de la abertura y se treparon unos sobre otros. Ray sostuvo la estructura mientras Michael empujaba la tapa. Los demás lo alentaban desde abajo hasta que, finalmente, consiguieron moverla. Michael logró pasar por una abertura estrecha y comenzó a cavar con las manos.

“Pensé para mis adentros: si vamos a morir, moriremos intentando salir de aquí”, recordó Michael en “Chowchilla”, documental sobre crímenes de CNN Films.

De pronto, la tierra cedió y un rayo de sol entró en el remolque. Michael asomó la cabeza y no vio a nadie. No sabía si los secuestradores seguían afuera. Fue el primero que salió. Desde arriba, ayudó a los demás a escapar. Habían estado alrededor de 16 horas bajo tierra.

Los 26 chicos y Ed Ray estaban vivos

Cubiertos de tierra, avanzaron entre excavadoras y cintas transportadoras. Estaban en una cantera. Los trabajadores de la cantera los miraban sin entender de dónde habían salido. Ed Ray llegó hasta la casilla del guardia y pidió ayuda.

Eran cerca de las ocho de la noche del 16 de julio cuando se conoció la noticia de que los chicos y el conductor estaban vivos. La policía los trasladó al Centro de Rehabilitación Santa Rita, una cárcel cercana que contaba con personal médico y espacio suficiente para recibirlos. Allí les dieron comida, los examinaron y les tomaron declaración. Horas después, otro micro los llevó de regreso a Chowchilla donde los esperaban sus familias, vecinos y periodistas.

Edward Ray, conductor del micro escolar, conversa con la prensa después del secuestro, en 1976. Skip Shuman/Sacramento Bee/Tribune News Service/Getty Images

Aunque la historia parecía haber terminado de la mejor manera, no había muertos ni heridos de gravedad, aún faltaba responder: quienes habían preparado ese macabro plan y por qué habían elegido un micro lleno de chicos.

Los secuestradores

La primera pista estaba en la cantera. Para cavar un pozo de semejante tamaño y enterrar un remolque sin llamar la atención, los responsables debían conocer el lugar y tener acceso a él. El predio pertenecía a la familia de Frederick Newhall Woods IV, de 24 años. Woods tenía las llaves y podía entrar y salir sin despertar sospechas.

Los investigadores revisaron los registros y el material de vigilancia. Además, algunos guardias recordaron haberlo visto meses antes junto con otros dos jóvenes en el lugar. Los jóvenes eran los hermanos James y Richard Schoenfeld, de 24 y 22 años.

La policía ya conocía a los tres porque dos años antes habían sido detenidos juntos por el robo de un automóvil, aunque habían recibido una multa y libertad condicional. Los sospechosos no respondían al perfil que muchos imaginaban detrás de un secuestro extorsivo. Provenían de familias acomodadas y habían crecido en barrios de alto poder adquisitivo cercanos a San Francisco. Woods era hijo del propietario de la cantera y vivía con su familia en una gran propiedad. Los Schoenfeld eran hijos de un reconocido podólogo. James y Frederick eran también socios en un negocio de autos usados.

Cuando la policía registró la propiedad de la familia Woods encontró una de las armas utilizadas durante el secuestro, un borrador de la nota de rescate y un documento titulado “Plan”. Allí se detallaban los pasos del operativo y las respuestas ante los posibles contratiempos. Según la fiscal del condado de Alameda Jill Klinge, el secuestro había sido preparado durante un año y medio.

Frederick Woods y los hermanos James y Richard Schoenfeld planearon durante meses el secuestro para exigir cinco millones de dólares

El borrador mencionaba un rescate de 2,5 millones de dólares, aunque los investigadores determinaron que finalmente pretendían exigir cinco millones al estado de California. Años más tarde, James Schoenfeld explicó que él y Woods estaban seriamente endeudados. Necesitaban muchas víctimas para reclamar una suma millonaria y eligieron niños porque consideraban que eran especialmente valiosos para sus familias, que el Estado pagaría por recuperarlos y que serían más fáciles de controlar.

El detalle inesperado

Según la versión de los secuestradores, no iban a matarlos. El remolque debía funcionar como una prisión hasta que cobraran el rescate y revelaran su ubicación. Sin embargo, dejaron a 27 personas bajo toneladas de tierra, con un sistema de ventilación precario y sin ninguna garantía de que sobrevivieran.

Pero hubo algo que los secuestradores no habían previsto. Cuando intentaron llamar a la policía para exigir el rescate, las líneas estaban colapsadas por familiares y periodistas. No consiguieron comunicarse, decidieron esperar y se quedaron dormidos. Cuando despertaron, era tarde, por televisión anunciaban que los chicos habían escapado.

Los tres huyeron. La policía emitió órdenes de captura y comenzó una búsqueda nacional. Richard Schoenfeld fue el primero en entregarse. James fue detenido días después en California y la Policía de Canadá encontró a Woods en un hotel de Vancouver.

De izquierda a derecha, los hermanos James y Richard Schoenfeld y Fred Woods son llevados a prisión en 1978. ( Joe Rosenthal/San Francisco Chronicle/Getty Images)

En julio de 1977, los tres se declararon culpables de 27 cargos de secuestro extorsivo: uno por cada chico y otro por Ed Ray. Meses después también fueron declarados culpables de secuestro con daño físico y recibieron prisión perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Sin embargo, un tribunal de apelaciones consideró que las lesiones físicas sufridas por las víctimas no alcanzaban el estándar legal exigido para sostener esa parte del fallo. Las condenas quedaron entonces sujetas a la posibilidad de libertad condicional.

Las heridas que no se veían

Cinco semanas después del secuestro, los chicos y Ed Ray fueron homenajeados como héroes y llevados a Disneylandia. En ese momento, muchos adultos creyeron que unas vacaciones podían ayudar a dejar atrás el horror. Todos habían regresado vivos y ninguno presentaba heridas físicas de gravedad. La historia parecía tener un final perfecto. Sin embargo, no era tan sencillo.

Con el tiempo empezaron a aparecer las consecuencias. Algunos sufrían pesadillas, ataques de pánico o miedo a la oscuridad. Otros se aterraban al ver camionetas o vehículos que avanzaban lentamente. Jennifer Brown despertaba gritando y soñaba que los secuestradores los alineaban para fusilarlos. Larry Park se veía otra vez dentro del agujero, intentando salir mientras llamaba a su madre.

Mike Marshall tenía 14 años y fue decisivo en la fuga: abrió un paso hacia la superficie, salió primero y ayudó a rescatar a los más pequeños

La psiquiatra infantil Lenore Terr comenzó a estudiar a los sobrevivientes y los siguió durante años. En aquella época se creía que los chicos podían olvidar más fácilmente una experiencia traumática que los adultos. El caso de Chowchilla demostró lo contrario: aunque sus cuerpos no presentaban lesiones graves, muchos habían quedado profundamente heridos.

Sus testimonios ayudaron a comprender cómo se manifiesta el trauma durante la infancia y sirvieron para tratar, años después, a niños que atravesaron otras tragedias. Los chicos de Chowchilla, que habían sido presentados como protagonistas de un milagro, se convirtieron también en una referencia para la psiquiatría infantil.

La vida después del agujero

Cada sobreviviente intentó seguir adelante a su manera. Jennifer Brown necesitó décadas para poder dormir sin una luz encendida. Con el tiempo formó una familia y construyó una vida que, pese a todo, considera feliz.

Larry Park atravesó años de consumo de drogas y alcohol. Las pesadillas finalmente desaparecieron y logró mantenerse sobrio. Más tarde comenzó a colaborar como pastor y decidió encontrarse con sus antiguos secuestradores. Llegó a estrecharles la mano y perdonarlos porque, según explicó, el resentimiento estaba destruyendo su propia vida.

Jodi Heffington nunca consiguió sentir que la experiencia quedara atrás. Permaneció en Chowchilla, abrió una peluquería y tuvo un hijo, pero aseguraba que el secuestro la había afectado en todos los aspectos de su vida. Durante décadas asistió a las audiencias de libertad condicional de sus captores. En una de ellas enfrentó a Frederick Woods y lo llamó “ladrón de vidas”. Jodi murió en 2021, a los 55 años. Poco más de un año después, Woods obtuvo la libertad condicional.

La historia de Michael Marshall también estuvo atravesada por las secuelas. Durante años buscó refugio en el alcohol y describió buena parte de su vida adulta como un período de borracheras y recuerdos borrosos. Finalmente consiguió mantenerse sobrio, formó una familia y trabajó como camionero.

Las condenas que no fueron para siempre

Para los sobrevivientes, la posibilidad de que los responsables recuperaran la libertad significó que el caso nunca terminara. Cada nueva audiencia los obligaba a recordar el secuestro y, en algunos casos, a sentarse nuevamente frente a los hombres que los habían enterrado vivos.

Richard Schoenfeld fue liberado en 2012, después de pasar 36 años preso. Su hermano James salió en 2015, tras 39 años. A Woods le negaron la libertad en numerosas oportunidades, pero finalmente fue liberado en 2022, luego de 46 años en prisión.

Fred Woods, Richard Schoenfeld y James Schoenfeld California Department of Corrections/AP

En 2016, los 25 sobrevivientes que todavía vivían llegaron a un acuerdo económico con sus captores. El dinero salió del fondo fiduciario de Woods y el monto nunca se hizo público. Uno de los sobrevivientes lo describió como suficiente para compensar los años de terapia que necesitaron, pero no como para comprar una casa.

El hombre que siguió conduciendo

Después del secuestro, Ed Ray volvió a manejar micros escolares y mantuvo el vínculo con muchos de los chicos. Murió en 2012, a los 91 años. Chowchilla bautizó con su nombre el parque más grande de la ciudad y declaró el 26 de febrero, fecha de su nacimiento, como el Día de Edward Ray.

El micro original fue conservado y algunos sobrevivientes volvieron a subir décadas después.

Medio siglo después, el secuestro sigue formando parte de la memoria de Chowchilla. Los tres secuestradores están en libertad y aquellos chicos son adultos. Aunque todos lograron salir del camión enterrado, algunos necesitaron el resto de sus vidas para dejar atrás lo que habían vivido.

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