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La conoció en Ezeiza, y en una época sin internet tuvo que poner a prueba su astucia para conquistarla

Publicado: noviembre 6, 2026, 5:00 am

Juan es argentino, Emma de Suiza. A cualquiera que les pregunta dónde se conocieron ellos responden “En Ezeiza”. ¿Pero cómo?

Nos remontaremos al año 1989, época de mocasines Timberland, jeans Levi’s y camisas de vestir arremangadas hasta el codo. Juan, flaco, de pelo medio largo y llegando a los cuarenta, llevaba el estilo de la época con una sobria distinción.

“Grüezi”, una única palabra para conquistar

La vio a ella entre la gente que colmaba el hall de arribos internacionales de la vieja terminal de Ezeiza, entre abrazos de reencuentros, extranjeros con la emoción de sumar un nuevo sello al pasaporte, pasajeros que regresan luego de un viaje de negocios, la figura de Emma resaltó ante los ojos de Juan.

Él le dejó su tarjeta personal pero ella la tiró a la basura

Él estaba con su hermano, esperaban a sus padres que regresaban de Suiza, su país de origen de donde habían emigrado durante la Segunda Guerra Mundial para forjar un futuro y una familia en Argentina.

“Morocha, de sonrisa espontánea y con esa seguridad magnética de quien se mueve cómoda y en su salsa en cualquier rincón del mundo ella sostenía un cartel con el logo de una conocida empresa suiza para que los clientes que llegaban en el vuelo de Swissair la encontraran”, describe al recordar la primera vez que vio a Emma.

Impulsado por la curiosidad, por el aburrimiento de la espera o por el mismo cupido, Juan se acercó a Emma, no recuerda muy bien los detalles de aquel primer contacto pero no olvida que le pareció linda y que intuyó, de inmediato, que no era local.

“Grüezi”, fue la primera palabra que le dijo.

Ella, sorprendida, le devolvió el saludo con amabilidad. Emma tenía 26 años recién cumplidos y un trabajo que la llevaba por el mundo, su experiencia la había llevado a ganarse la capacidad de tener charlas fugaces entre desconocidos en aeropuertos y hoteles. Él le aclaró que ese vocablo era su único conocimiento del idioma suizo, ella le dijo que apenas manejaba el español. Entonces empezaron a conversar en inglés.

Juan estaba tan absorto en su charla que no volvió a mirar la puerta de arribos, ni siquiera notó que sus padres habían llegado hasta que su hermano le avisó.

Apurado por la situación le dijo un “goodbye” rápido y le dejó su tarjeta personal. Emma, sin darle importancia, la tiró en el primer tacho que encontró.

Supo que tenía hijos y tomó una decisión

Tres semanas después Emma regresaba desde la Avenida 9 de Julio hacia su hotel. Al llegar al lobby el recepcionista le informó que tenía una llamada en espera. Corrió a su habitación para saber quien era, el mensaje despertó su curiosidad. Al otro lado del teléfono estaba la voz de Juan. ¿Cómo la encontró? El interés de él lo había mantenido alerta y recordaba el nombre del hotel donde los turistas suizos solían parar en los circuitos que realizaba Emma por Buenos Aires.

Charlaron durante más de una hora y acordaron tomar un café al día siguiente, antes de que ella viajara a Ushuaia.

Fueron a un café al aire libre y los dos disfrutaron de la compañía del otro

Se sentaron en una mesita de afuera, en La Biela, el plan perfecto para una tarde primaveral. Él le contó, al pasar, que estaba divorciado y que tenía cuatro hijos. Emma siempre había evitado a los hombres “con mochila”, y si bien disfrutó de la compañía en aquel café al aire libre, se impuso un límite: se dijo a sí misma que lo mejor sería no volverse a ver.

Pero las charlas a través del teléfono fijo continuaron. Cuando ella volvió a pasar por Buenos Aires se vieron dos veces más, incluso planificaron sin demasiado detalle pasar juntos año nuevo, pero el plan no se concretó. No volvieron a cruzarse y ella siguió su camino por otros destinos lejanos.

Una llamada inesperada, larga distancia

Durante los dos años siguientes cada uno siguió su vida.

Un día Emma asistió a la reunión anual en la oficina central de su empresa. En plena sesión entró una secretaria para avisarle que tenía una llamada de larga distancia desde Sudamérica. Era Juan, que en su deseo de reconectar había decidido llamar a la casa central, pese al alto costo que tenían las llamadas de larga distancia en esa época. No sabía si ella seguía trabajando allí, y muchos menos si justo estaría presente en la oficina. Acordaron hablar esa noche, así que Juan fue al locutorio más cercano de su casa y la llamó de nuevo.

Emma decidió seguir a su corazón y viajó para Buenos Aires

Juan le confesó que pensaba mucho en ella, que quería verla y estaba dispuesto a subirse a un avión. “Nuestras conversaciones eran un universo: variadas, entretenidas, profundas, cómicas. Reíamos, hacíamos silencios cómodos, intercambios de opiniones, discusión sobre libros, música y películas. Sentíamos que podíamos hablar de todo y, como el inglés era el puente, ninguno corría con la ventaja de usar su lengua materna”, describe Juan.

Lo cierto es que a Emma el plan de reencontrarse le atraía, pero primero debía cumplir con ciertos compromisos laborales. Finalmente, dejando de lado lo que decía la razón, y siguiendo a su corazón, sacó un vuelo para Buenos Aires.

En el verano de 1993, más de tres años después de aquel primer impacto en Ezeiza, volvieron a abrazarse. ¿Dónde? En el mismo hall de arribos. Y desde entonces no se separaron más.

Si querés contarle tu historia a la Señorita Heart, escribile a corazones@lanacion.com.ar

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