Publicado: octubre 24, 2026, 8:13 am
Hace un cuarto de siglo, Argentina y Brasil producían volúmenes de granos muy similares. Desde entonces, sus trayectorias se separaron de manera extraordinaria. Hoy Brasil cosecha alrededor de 2,5 veces lo que produce la Argentina y, desde comienzos de este siglo, acumuló una producción adicional cercana a 1550 millones de toneladas. Para poner esa cifra en perspectiva, equivale a unas 12 cosechas argentinas récord y representa un valor aproximado de US$475.000 millones.
¿Cómo consiguió Brasil semejante transformación? No hubo una política milagrosa ni una única decisión que explique el resultado. La respuesta surge, más bien, de la persistencia: mejores incentivos para producir, financiamiento abundante, infraestructura, tecnología y reglas relativamente estables durante un período prolongado.
Eso es precisamente lo que analiza el informe de CIPPEC El jardín de los senderos que se bifurcan: la expansión agroindustrial de Brasil y sus efectos productivos, económicos y territoriales. El trabajo muestra cómo una serie de decisiones sostenidas durante décadas permitió que Brasil expandiera simultáneamente su superficie agrícola y su productividad.
La experiencia argentina recorrió otro camino. Desde 2002, los derechos de exportación redujeron el precio que reciben los productores. A ellos se agregaron, en diferentes períodos, restricciones cambiarias e intervenciones sobre las exportaciones, desde los ROE hasta los denominados volúmenes de equilibrio.
El resultado fue una diferencia considerable en los incentivos para invertir.
Producir con precios más cercanos a los internacionales
Una de las claves de la expansión brasileña fue que sus productores pudieron comercializar los granos a valores mucho más próximos a los precios internacionales.
La diferencia acumulada con la Argentina es significativa. Entre 2002 y 2025, por cada tonelada vendida, un productor argentino recibió en promedio apenas el 60% de lo percibido por su equivalente brasileño en soja, el 65% en maíz y el 72% en trigo.
En soja, además, la combinación de precios y productividad hizo que la facturación por hectárea del productor argentino representara solamente el 53% de la obtenida por el brasileño durante el período estudiado.
La consecuencia fue mucho más profunda que una diferencia de ingresos. Mejores expectativas de rentabilidad permitieron al productor brasileño invertir, incorporar maquinaria, utilizar más insumos y tecnología, aumentar su escala y asumir el costo de transformar nuevas tierras.
En la Argentina, por el contrario, a los riesgos naturales de la actividad agropecuaria se sumó la incertidumbre asociada a modificaciones frecuentes de las reglas. Frente a ese escenario, una respuesta racional fue reducir la exposición: invertir menos capital y privilegiar estrategias productivas más defensivas.
Una nueva geografía agrícola
El crecimiento brasileño tampoco habría sido posible sin una profunda transformación territorial.
Una parte importante de la expansión ocurrió sobre regiones donde predominaban la ganadería y las pasturas y donde el valor de la tierra era considerablemente menor que en las zonas agrícolas tradicionales. El Centro-Oeste es probablemente el ejemplo más representativo.
La tecnología permitió que una porción creciente de esas tierras se transformara en agricultura de alta productividad. Entre 2000 y 2024, mientras la superficie cultivada de Brasil aumentó 59%, en el Centro-Oeste lo hizo 292%.

Así, Brasil incorporó millones de hectáreas a su sistema agrícola y desplazó progresivamente el centro de gravedad de la producción hacia el interior del país. Buena parte de la extraordinaria expansión de la soja y el maíz ocurrió precisamente allí.
Pero disponer de tierra barata no alcanzaba.
Financiar la transformación
Convertir una región ganadera en una potencia agrícola requiere capital. Brasil desarrolló para ello un mercado de crédito rural de gran escala, en el que convivieron financiamiento público, tasas subsidiadas y nuevos instrumentos privados.
Uno de ellos fue la Cédula de Producto Rural, que permitió utilizar producción, cultivos y otros activos agropecuarios como respaldo para acceder al financiamiento.
Durante los últimos 25 años, el subsidio de tasas representó, en promedio, alrededor de US$3000 millones por año, equivalentes a unos US$53 por hectárea sembrada.
El crédito tuvo un papel decisivo porque una parte importante de las inversiones necesarias para transformar la agricultura no se recupera en una campaña. Maquinaria, almacenamiento, infraestructura, tecnología o incorporación de nuevas tierras requieren varios años para amortizarse.
El financiamiento permitió atravesar ese período y acelerar la transformación.
El desafío de llegar a los puertos
A medida que la frontera agrícola se desplazaba hacia el interior apareció otro problema: producir cada vez más lejos de los puertos.
Brasil respondió acompañando el crecimiento productivo con inversiones en carreteras, ferrocarriles, hidrovías, almacenamiento y terminales portuarias. El objetivo era reducir progresivamente el costo de conectar las nuevas regiones agrícolas con el mercado internacional.

No se trataba de una cuestión secundaria. Una tonelada de soja producida eficientemente a cientos o miles de kilómetros del puerto puede dejar de ser competitiva si el costo de transportarla hasta el barco resulta demasiado elevado.
Por eso, una de las principales conclusiones del proceso brasileño es que sus distintos componentes se potenciaron entre sí. La tierra barata necesitaba tecnología para volverse productiva; la tecnología y la transformación de esas tierras requerían capital; y una producción creciente en regiones alejadas necesitaba infraestructura para llegar al mercado.
La tecnología que hizo posible el Cerrado
La investigación fue otro componente fundamental.
Décadas atrás, no estaba claro que el Cerrado pudiera transformarse en una de las grandes regiones agrícolas del mundo. Organismos públicos y organizaciones de productores financiaron investigación destinada a adaptar semillas, suelos y sistemas de manejo a condiciones tropicales muy diferentes de las existentes en las regiones agrícolas tradicionales.
Una vez demostrada la viabilidad económica del modelo, la inversión privada multiplicó su escala.
El cambio puede observarse también en la intensidad productiva. Desde comienzos de los años 2000, el uso de fertilizantes por hectárea prácticamente se duplicó, mientras que el gasto en agroquímicos aumentó casi seis veces.

La consecuencia fue que Brasil no solamente incorporó superficie: también aumentó sus rendimientos. La productividad brasileña de soja y maíz, históricamente inferior a la argentina, hoy supera a la local en varias de sus principales regiones productivas.
Más hectáreas y más producción por hectárea
Las cifras de largo plazo permiten dimensionar la transformación.
Entre 1980 y 2025, Brasil multiplicó por 11 su producción de soja. Aproximadamente un tercio de ese incremento provino de mejoras de productividad y los otros dos tercios, de la ampliación de la superficie.
En maíz ocurrió algo diferente pero igualmente significativo: la producción se multiplicó casi por siete, pero en este caso dos tercios del crecimiento provinieron de la productividad y solamente un tercio de la expansión del área.
Brasil consiguió, por lo tanto, hacer simultáneamente dos cosas: sembrar más hectáreas y obtener más producción de cada una de ellas.
Cuando el agro transforma el territorio
Quizás uno de los aspectos más interesantes del fenómeno brasileño es que sus consecuencias excedieron ampliamente las tranqueras.
La expansión agroindustrial generó nuevas actividades, empleos, servicios e infraestructura y modificó la distribución territorial de la población.
Entre 1992 y 2022, la población de las regiones agropecuarias estudiadas creció 81%, frente a apenas 29% en el resto de Brasil. De los 15,8 millones de nuevos habitantes incorporados por esas regiones, unos 5,3 millones provinieron de procesos migratorios.
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La expansión también estuvo acompañada por un proceso de urbanización. Durante las décadas de 1990 y 2000 surgieron 319 ciudades, se consolidaron nueve grandes capitales y seis metrópolis regionales asociadas al agro. Al mismo tiempo, casi 400 municipios agropecuarios aumentaron su población a una velocidad superior al promedio nacional.
Nuevamente, el Centro-Oeste ofrece la imagen más contundente del cambio.
En 2000, la región explicaba apenas el 3% de las exportaciones brasileñas. En 2025 representaba ya el 16%. En esos mismos años, sus exportaciones por habitante pasaron de apenas US$160 a US$3156.
El cambio productivo terminó convirtiéndose también en un cambio económico regional. En 2023, el PIB por habitante del Centro-Oeste fue 11% superior al del Sudeste, históricamente el corazón industrial y la región más rica del país.
La comparación entre Argentina y Brasil deja así una enseñanza que va bastante más allá de la agricultura. Brasil no encontró una única política capaz de producir un salto extraordinario. Construyó durante décadas un sistema en el que precios, crédito, tecnología, tierra e infraestructura se reforzaron mutuamente.
Hace 25 años, los dos países partían de niveles de producción de granos prácticamente equivalentes. Hoy uno produce dos veces y media lo que produce el otro. La distancia no apareció de un año para otro. Es el resultado acumulado de dos caminos que, campaña tras campaña, fueron tomando direcciones diferentes.
(*) Iván Ordóñez es investigador asociado de Desarrollo Económico de CIPPEC. Es licenciado en Economía por la Universidad de Buenos Aires y posgraduado en agronegocios de la misma universidad. Además, se desempeña como director en el Posgrado en Desarrollo y Gestión de AgTechs de la Universidad del Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (UCEMA) y profesor en la Maestría en Agronegocios en la misma universidad.
