Publicado: junio 28, 2026, 8:30 pm
«Ahora somos campeones y es lo único que importa», concedía Alexander Zverev en su discurso de campeón de Roland Garros . Había alcanzado por fin un deseo que se le resistía desde hacía años. Bien por los rivales, bien por las lesiones, bien por sí mismo. Tres grandes finales perdidas. La etiqueta de eterno candidato, el mejor tenista sin Grand Slams. Una barrera mental que destruyó en París y que lo introducía en el grupo de los elegidos. A Wimbledon, que comienza este lunes 29, llega otro Zverev. No fue fácil. Los fantasmas no dejaron de controlar sus emociones durante toda la final ante Flavio Cobolli, que incluso se lo fue creyendo por momentos. En un ejercicio de entereza, unido al bajón anímico del rival, Zverev levantó los brazos por fin. Más allá de abrazar su primer Grand Slam, el alemán superó el que quizá haya sido el partido más difícil de su carrera. «Ese ser candidato y no lograrlo nunca es probablemente uno de los mayores retos psicológicos del deporte de élite. Se gestiona aprendiendo a diferenciar dos cosas que muchas veces se mezclan: quién eres y lo que consigues. Cuando un deportista lleva años rozando el éxito sin alcanzarlo, es normal que aparezcan dudas, frustración e incluso la sensación de estar fallando. Pero se cada derrota se interpreta como una prueba de que no eres suficiente, el desgaste emocional puede ser enorme», cuenta para ABC la psicóloga Yolanda Cuevas, psicóloga de la salud y el deporte. Zverev lo ejemplificaba así con la Copa de los Mosqueteros en sus manos: «A veces hemos sido perdedores en los momentos importantes. Ahora somos campeones y es lo que importa». No es el único en sentir esta sensación de derrota casi vital por no lograr algo que no logra la inmensa mayoría en la pista. Arantxa Sánchez Vicario ganó cuatro grandes títulos, pero también perdió ocho grandes finales. «Hasta que no lo consigues, no te da la seguridad de pensar que sí, que tengo lo que hace falta, que valgo para esto. Ahora sí soy buena y merecedora. Ahora sí pertenezco a este grupo de campeones de Grand Slam», explicaba Garbiñe Muguruza a este periódico en el décimo aniversario de su título en Roland Garros. Casper Ruud ya había ganado diez títulos ATP 250, pero también había sucumbido en otras once finales antes de ganar el Conde de Godó, un ATP 500 que lo elevaba en el escalafón. «Estoy contento de haber ganado en Barcelona y poder quitarme esta reputación sobre mis hombros», señaló a este diario en aquel momento. Alejandro Davidovich perdió cinco finales antes de triunfar por fin, este sábado, en el ATP 250 de Mallorca. Ganar se había convertido casi en una obligación, por lo que el resultado es más de alegría que de alivio. «Los deportistas que mejor gestionan esta frustración suelen apoyarse en varios pilares. Aprenden a valorar aspectos que sí dependen de ellos: el esfuerzo, la preparación, la disciplina, la capacidad de levantarse después de una derrota o el compromiso con su carrera. También desarrollan una identidad más amplia que el resultado. Y, quizá lo más importante, aceptan que el resultado final no siempre está bajo su control. En el deporte de élite, el éxito no depende únicamente del mérito, también influyen el contexto, la competencia, las lesiones y los detalles. La salud mental del deportista mejora cuando deja de preguntarse ‘¿qué dice este resultado sobre mí?’ y empieza a preguntarse ‘cómo quiero competir y quién quiero ser independientemente del resultado’». Lo tenía claro aquel Ruud campeón del Godó: «Tengo carrera por delante, pero si no ocurría nunca, pues no ocurría nunca, pero sé que estoy intentando lo máximo posible». Y también Cobolli, el perdedor en París: «He merecido estar en esta final. Puede que no vuelva a estar en los próximos diez o quince Grand Slams, pero tengo que seguir trabajando y disfrutando del viaje. Si he llegado a una primera gran final, ¿por qué no la segunda?». Es la forma sana de ver el deporte de élite. Reconocerse por lo que se hace en el día a día y no perder nunca el objetivo de llegar más lejos. Porque para Cobolli hay ahora un futuro nuevo: quizá una segunda final. También para Zverev: quizá un segundo Grand Slam. Un horizonte en blanco que ilumina el camino. «No es solo ganar el título, es responder a una pregunta que se hace desde hace tiempo: ¿seré capaz? Cuando se consigue, desaparece parte de esa duda, y deja de competir contra sus propios fantasmas. Se fortalece un factor muy importante en psicología deportiva: la confianza basada en la experiencia. Ya no se lo imagina, sabe que puede hacerlo porque ya lo ha vivido. Por eso luego compiten con más libertad, menos pendientes de demostrar nada. No cambia quién eres, pero sí la relación que tienes con tus posibilidades», señala Cuevas. El mismo Zverev lo aceptaba estos días en Londres: «Ya había perdido tres finales de Grand Slam y esta era una final que sentía que tenía que ganar. Hay más alegría y, en cierto modo, más libertad». Para muestra de ese afianzar la confianza en el proceso y liberarse del no podré en favor del ya he estado ahí, Marcel Granollers. El doblista catalán perdió sus primeras cinco finales de Grand Slam. Logró el triunfo a la sexta, en Roland Garros 2024, con su pareja Horacio Zeballos. Del ímpetu, la liberación, la alegría y el crecimiento en el camino hasta allí, levantaron después los títulos en el US Open 2025 y en Roland Garros 2026. El deportista de élite vive constantemente entre un pasado que ya no importa y el futuro siempre está por conquistar. Muguruza lo llevaba bien: «Siempre lo he mirado de forma positiva. La gente cree en mí, que puedo ganar más, que hay capacidad, talento, potencial, opciones». «Pero también conlleva una parte negativa, como señala la psicóloga: «Puede aparecer una presión diferente: ¿y si no vuelvo a ganar otro? ¿Y si ahora decepciono? Por eso algunos deportistas que el primer título lo celebran con alegría y los siguientes son un alivio. De ahí que el trabajo psicológico no termine cuando llega el éxito: aprender a gestionar el triunfo es tan importante como gestionar la derrota. Al final, la verdadera fortaleza mental no consiste en ganar siempre, sino en que ni las victorias ni las derrotas definan completamente quién eres». Y sentencia: «La autoestima más sana no nace del trofeo, sino de descubrir que has sido capaz de recorrer el camino. Si el valor personal depende únicamente de ganar, la satisfacción dura poco. Cuando depende de quién te has convertido durante el proceso, el beneficio psicológico suele ser mucho más profundo y duradero». Zverev mostrará su liberación en Roland Garros en este Wimbledon, donde debuta el martes ante Alexander Blockx. Desde 2004, los 89 Grand Slams del tenis disputados se los han repartido trece jugadores: Novak Djokovic (24), Rafael Nadal (22), Roger Federer (20), Carlos Alcaraz (7), Jannik Sinner (4), Andy Murray (3), Stan Wawrinka (3), Marin Cilic (1), Gastón Gaudio (1), Juan Martín del Potro (1), Dominic Thiem (1), Daniil Medvedev (1) y Alexander Zverev (1).
