Zapatillas rebeldes: cómo un cabreo invernal propició el invento de la lavadora - Venezuela
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Zapatillas rebeldes: cómo un cabreo invernal propició el invento de la lavadora

Publicado: enero 3, 2026, 9:00 pm

Retrocedamos por unos instantes al amanecer del siglo XX: lavar ropa era una epopeya de terror que devoraba dos días enteros por semana. Las mujeres, porque siempre eran ellas, debían cargar cubos de agua hirviendo sobre fogones de leña que ennegrecían techos y pulmones. Tenían que sumergir sábanas sucias en jabón corrosivo, restregarlas contra tablas de madera astillada, enjuagarlas en agua gélida una docena de veces y, finalmente, exprimir las prendas empapadas. Una vez lavada la ropa y colgada en cuerdas improvisadas tardaba una eternidad en secarse. En definitiva, el lavado de ropa no era un problema de higiene, sino de supervivencia. Surgieron artilugios primitivos con cilindros de madera girados a mano, barriles con paletas accionadas por manivelas o baldes con piedras para ‘frotar’ por inercia. Pero todos fallaban estrepitosamente en lo esencial: rompían botones, salpicaban espuma jabonosa por las paredes y dejaban todo el trabajo a las operarias. En 1908, Alva J. Fisher -un ingeniero de Chicago- patentó lo que pasa por ser la primera lavadora eléctrica comercial: el ‘Thor’. Se trataba de un tambor de madera con paletas internas impulsadas por un motor de un caballo de fuerza, montado en una base metálica. La Hurley Machine Company lo lanzó al mercado a bombo y platillo: «¡Agitación pendular mágica para tu colada!», prometían los folletos publicitarios. Pero Thor era un Frankenstein doméstico. Costaba 120 dólares –aproximadamente unos dos meses de un sueldo medio-, pesaba una tonelada, rugía como un avión despegando y no exprimía, la ropa salía chorreando, lo que obligaba a las mujeres a escurrirla a mano. Thor se vendía más a lavanderías industriales que a las cocinas humildes, las amas de casa estadounidenses lo miraban como un capricho de ricos, inalcanzable para sus hogares. Fisher había encendido la mecha eléctrica, pero el fuego no prendía. Un año antes, en 1907, John Frederick Maytag, un granjero de Newton (Iowa) que fabricaba arados había comprado los derechos de la ‘Jewel’, un barril de madera con asas giratorias inventado por dos electricistas locales. Durante el verano las ventas de aquella lavadora se dispararon, debido al calor infernal de los fogones, pero con la llegada del invierno el inventario se pudría en los almacenes. No había forma de vender ninguna unidad. Afortunadamente, la serendipia estalló una noche de nevada: Maytag vio a su esposa batallando con el barril manual y, maldiciendo el invento. El granjero bajó al sótano, enchufó un motor de aspiradora al eje y, sin pensarlo dos veces, ató un par de zapatillas de tenis raídas a las paletas internas. Después de un enorme zumbido, las suelas de goma revolotean, crearon un torbellino jabonoso perfecto: limpiaba a fondo, no rompía tejidos delicados y amortiguaba el estruendo como un silenciador improvisado. Esas zapatillas no eran el diseño concienzudo de un ingeniero, pero resolvieron tres contrariedades que impedían el éxito: las gomas golpeaban sin destrozar camisas o lanas, la turbulencia era óptima –se creaba un remolino jabonoso que penetraba en fibras imposibles- y el ruido era tolerable. Esa misma noche Maytag probó su invento con una colada familiar -camisas sucias y sábanas mugrientas- y el resultado fue impecable. Aun así, tuvieron que pasar cuatro años más que patentara su invento: el ‘Maytag Multi-Motor’. En 1911 nació la Pastime Washer, una versión pulida con escurridor manual tipo prensa y un enjuagador adicional. Pero el bombazo definitivo llegó en 1922 con la comercialización de la Maytag Power Washer. Esta lavadora ya disponía de un pequeño motor para centrifugado que expulsa agua a chorro, secando en un suspiro lo que antes eran horas de tendedero. Durante las dos décadas siguientes hubo una competencia feroz. Aparecieron modelos con agua caliente de caldera y temporizadores; lavadoras que se llenaban solas, lavaban, enjuagaban y centrifugaban de forma independiente. Aunque estas sinfonías suenan a música celestial la verdad es que estas lavadoras vibraban como un terremoto y necesitaban mucha agua y energía para llevar a cabo su labor. La Segunda Guerra Mundial aceleró el desarrollo de las lavadoras, debido a que las mujeres se incorporaron al mundo laboral por la escasez de hombres. En la postguerra llegarían las descargas en jabón espumoso, detergentes sin fosfatos, ciclos fríos y sensores capaces de ajustar carga y agua. Así que ya saben, cada vez que pulsen ‘start’ en su lavadora high-tech con WiFi y vapor antibacterias recuerden que ese zumbido suave no es obra de un sabio con bata blanca, sino el eco de un par de zapatillas de tenis raídas y atadas con rabia en un sótano hace más de un siglo.

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