Publicado: octubre 8, 2026, 10:00 am
Hace cinco años asumí mi responsabilidad actual con una sensación que hoy recuerdo con cierta ternura: creía que sabía bastante bien lo que tenía que hacer.
Tenía experiencia, conocimientos, herramientas y muchos años trabajando en Recursos Humanos. Sabía de estructuras, talento, liderazgo, cultura, compensaciones, desarrollo, transformación. Había enfrentado situaciones complejas y, como suele ocurrir después de muchos años de carrera, llevaba conmigo una buena colección de respuestas.
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Lo que no sabía era todo lo que iba a aprender. Y, sobre todo, todo lo que iba a tener que desaprender.
Porque hay algo paradójico en la experiencia: es extraordinariamente útil hasta que empezamos a utilizarla para confirmar que ya sabemos cómo funcionan las cosas.
“Esto siempre se ha hecho así”. “Ya intentamos algo parecido”. “Conozco a la gente”. “Sé cómo va a reaccionar la organización”. “Eso aquí no va a funcionar”.
A veces la resistencia a innovar no viene de la falta de conocimiento, sino precisamente de su exceso. De respuestas que alguna vez fueron correctas y que seguimos aplicando a preguntas que ya cambiaron.
En estos cinco años he aprendido que trabajar con personas exige exactamente lo contrario: observar antes de concluir.
Las organizaciones cambian. Las generaciones cambian. Las expectativas de las personas cambian. La tecnología modifica la manera en que trabajamos y aprendemos. Los modelos de liderazgo que funcionaban hace algunos años no necesariamente producen hoy los mismos resultados. Y Recursos Humanos tampoco puede seguir haciendo las mismas preguntas.
Por eso, cada vez estoy más convencida de que innovar no significa solamente incorporar tecnología, inteligencia artificial o nuevas metodologías. Innovar comienza mucho antes: en nuestra capacidad de cuestionar nuestras propias certezas.
Para crear algo nuevo, primero hay que estar dispuesto a soltar algo viejo. Yo también he tenido que hacerlo.
He tenido que desaprender que tener experiencia significa tener la respuesta. Que liderar implica necesariamente saber antes que los demás. Que un buen plan debe ejecutarse exactamente como fue diseñado. Que equivocarse resta credibilidad. Que Recursos Humanos tiene que llegar con soluciones terminadas.
Hoy pienso casi lo contrario. Creo más en hacer buenas preguntas que en tener todas las respuestas. En probar antes que esperar a tener el modelo perfecto. En escuchar a quienes están más cerca del problema. En reconocer rápidamente cuando algo no funciona y modificarlo. En permitir que una idea mejore cuando pasa por muchas manos.
Y, quizá más importante, he aprendido a observar. Observar lo que las personas dicen, pero también lo que hacen. Lo que las motiva y lo que las frustra. Lo que una organización declara que valora y aquello que realmente reconoce. Porque la cultura rara vez se entiende leyendo sus principios; se entiende mirando las decisiones cotidianas.
Ese espíritu es también el que hoy intento impulsar en el talento: curiosidad, cuestionamiento, experimentación y la posibilidad de pensar diferente.
No porque todo lo anterior esté equivocado. Desaprender no significa borrar la experiencia. Significa dejar de convertirla en una frontera. Significa conservar aquello que todavía sirve, cuestionar aquello que quizá dejó de hacerlo y mantener suficiente curiosidad para descubrir lo que todavía no sabemos.
Hace cinco años llegué pensando principalmente en todo lo que tenía que hacer.
Hoy, si volviera a comenzar, probablemente llegaría con otra pregunta: ¿Qué voy a tener que aprender —y qué voy a tener que dejar de creer— para hacer bien lo que sigue?
Tal vez esa sea una de las mejores definiciones de innovación que he encontrado después de estos cinco años: no saber más, sino seguir siendo capaces de mirar lo conocido como si todavía tuviéramos algo nuevo que descubrir.


