Publicado: agosto 19, 2026, 4:31 am
El presidente Trump dice que va a bombardear Omán, pero a todo el mundo —incluidos los propios omaníes— parece darle igual. El republicano ha alcanzado ya el estatus del pastorcillo mentiroso a quien, de tanto advertir que viene el lobo, ya no le creen ni sus propios vecinos.
El voluble magnate —que, si no la guerra contra la República Islámica, a veces parece haber perdido el juicio— también aseguró hace pocos días que destruiría un puente o una central eléctrica iraní si la Guardia Revolucionaria atacaba a cualquier buque en el estrecho de Ormuz. Afortunadamente, tampoco ha cumplido esta amenaza, porque la destrucción de objetivos civiles es, además de inútil, un crimen de guerra. Sin embargo, el relato no debería hacernos sonreír. En lugar de un lobo imaginario, detrás de este cuento hay sangre de marinos mercantes —derramada, a decir verdad, por ambos bandos— y penurias económicas que quizá no nos afectan tanto como creíamos, pero perjudican en mayor grado a las economías más débiles.
En Rusia, Putin presume estos días de los genes de victoria del pueblo ruso. Pasemos por alto la guerra de Crimea, la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, la Primera Guerra Mundial, todas ellas pequeñas escaramuzas que no merece la pena recordar. Lo que a su juicio importa es que ellos derrotaron a Hitler y, si hay que creer al dictador, lo hicieron solos. Putin no solo se ha olvidado de sus aliados de entonces, la mayoría de los cuales —China es la única excepción— milita hoy, aunque Trump lo haga de mala gana, en el bando de la legalidad internacional. Tampoco recuerda los siete millones de ucranianos que combatieron a su lado —casi la cuarta parte del total del Ejército Rojo— y que ahora, si es cierto lo que dice el sanguinario dictador, se han pasado al bando del terrorismo internacional.
No exagera Putin tanto como Trump en sus declaraciones públicas, que las payasadas se las deja a Medvedev. Él prefiere los hechos y, frustrado por la falta de avances en el frente, bate cada mes el récord de civiles asesinados en Ucrania por unos misiles balísticos contra los que, a falta de los codiciados Patriot —tan necesarios en Oriente Medio—, Kiev no puede defenderse.
Sin embargo, el dictador del Kremlin también va bien servido de amenazas en estos días de intenso calor. Las últimas víctimas de sus excesos verbales han sido el Reino Unido, Japón y, por no ser menos que sus colegas iraníes, los buques mercantes europeos, que el irritado exespía dice que apresará si la UE sigue deteniendo a los petroleros de su flota fantasma. ¿Impondrá Putin una tercera línea de bloqueo en el estrecho de Ormuz? Tendría cierta gracia macabra, pero no ocurrirá porque, aunque sienta el deseo de hacerlo —Rusia está donde está y, mientras el Ártico no termine de descongelarse, son pocos los barcos que pasan por la puerta de su casa— no dispone de los medios necesarios para ello.
Otro que tal baila es el ministro de Seguridad Nacional israelí. Nunca ha sido Ben Gvir un modelo de cordura, pero es posible que haya sido el calor estival el que provocara unas delirantes declaraciones en las que sugiere públicamente que se asesine cada noche a 30 o 40 gazatíes… hasta que decidan marcharse «a sus países de procedencia». El hombre, un tarado como Medvedev pero que de verdad parece disfrutar con las manos manchadas de sangre, añade: «Hay personas allí que no son dignas de vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas». Ni el mismo Hitler lo diría más claro del propio Ben Gvir.
Completa el panorama estival la crisis de Ceuta. Menos mal que, después de 20 días de baile de números y de declaraciones contradictorias; de reparto de culpas y, seguramente, de migrantes andando el tiempo; de disputas con nuestros aliados y compadreo con quienes reclaman sin el menor pudor derechos soberanos sobre nuestras ciudades autónomas, por fin hemos tenido una explicación clara y concisa de lo que ocurre. Se la debemos, como no, al ministro Puente: «Vosotros, fascistas, sois los terroristas». Poco cabe añadir a las meditadas palabras del Medvedev español… excepto, quizá, la relativa sorpresa de que tanto el progresismo como el nacionalismo más radical que inspira a Ben Gvir, Medvedev o Trump, usen las mismas herramientas para tapar lo injustificable. Comprendo a quienes creen que, en muchos casos, las diversas opciones políticas no son más que disfraces bajo los que solo se oculta el negro corazón de la ambición.
Visto lo visto, permita el lector que le diga que estoy deseando que, finalizado el mes de agosto, reabran los juzgados. Comparado con lo que estamos leyendo estos días, lo de las joyas del expresidente Zapatero empieza a parecerme un bálsamo tranquilizador.
