Publicado: junio 17, 2026, 2:00 am
El Brent rebasó los 112 dólares por barril en los picos de la guerra de Donald Trump contra Irán. Desde que hace unos días se anunció el Memorándum de Entendimiento temporal. Ha oscilado entre 80 y 90 dólares, pero el daño ya está hecho: el Banco Mundial calcula que los precios de la energía, el petróleo, el gas y el carbón serán, en promedio anual, 24% más altos que si la guerra no hubiera ocurrido. Un auténtico impuesto energético global impuesto por Estados Unidos.
La gran ironía es que el Trump, que se burló del viento, golpeó a la energía solar con aranceles y prometió restaurar la gloria del petróleo, construyó, sin quererlo, el argumento más poderoso en décadas para acelerar la transición energética. Sus misiles y sus sanciones hicieron por las renovables lo que no lograron los científicos del clima ni las cumbres ambientales: convencer a los gobernantes, a los ejércitos y a las cúpulas empresariales de que la seguridad del siglo XXI no se mide en barriles bajo tierra, sino en cuánta energía pueden generar sin depender de un estrecho al otro lado del mundo.
Los números lo confirman. En 2025, la inversión global en transición energética alcanzó alrededor de 2.3 billones de dólares, segunda vez consecutiva que el capital hacia las nuevas energías supera al que va al petróleo, gas y carbón, con crecimiento de 8% respecto a 2024. Europa aumentó su inversión limpia en casi 18% y sus empresas eléctricas proyectan inversiones de hasta 5.6 billones de euros en energía limpia. Asia concentró alrededor del 70% del aumento de capacidad renovable global en 2024 y se proyecta que casi se duplique entre 2025 y 2030. América Latina invirtió aproximadamente 185,000 millones de dólares en energías verdes en 2024 y ya genera cinco veces más electricidad con energías solar y eólica que con carbón.
México llega a esta coyuntura en posición incómoda. Cantarell, que hace dos décadas bombeaba cerca de 2 millones de barriles diarios, hoy es una sombra de sí mismo. La producción nacional ya no se acerca a los 3.4 millones de barriles que alguna vez logró y hoy está bastante por debajo de 2 millones. Pemex arrastra una deuda financiera de alrededor de 100,000 millones de dólares, con vencimientos de unos 53,000 millones solo entre 2024 y 2027. Al mismo tiempo, cerca del 75% del gas que consume el país se importa, casi todo de EU. El país dejó de ser una potencia petrolera y ahora es vulnerable al vaivén de precios y a las decisiones de otros.
El blindaje real consistiría en usar los últimos años de ingresos petroleros para financiar, a toda velocidad, otro sistema, el cual ya está esbozado: una cuarta parte de la generación eléctrica mexicana proviene ya de fuentes limpias y el objetivo de llegar a 45% en 2030 implicaría reducir en 20% el gas que consume, recortar importaciones en unos 384,000 millones de pies cúbicos anuales y ahorrar del orden de 1,600 millones de dólares al año en la factura de gas. El nearshoring sin energía barata, limpia y estable es un espejismo.
Trump creyó que podía devolver al planeta al siglo XX mediante perforaciones, sanciones y bombas. México debe sumarse ya a la transición energética para que sea suya y no esperar a que la próxima crisis y la factura en dólares que le llegará después se la impongan.
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