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Sigues haciendo lo que no te conviene y eres consciente de ello, pero lo sigues haciendo… ¿por qué?

Publicado: junio 13, 2026, 3:00 am

Sigues comiendo lo que sabes que no te sienta bien. Te quedas más tiempo del necesario en una conversación que te agota. Aplazas algo que llevas semanas prometiéndote que harás. Te quedas en una situación que reconoces, con toda claridad, que no te hace ningún bien. Y lo más desconcertante de todo es que eres completamente consciente de ello mientras lo haces.

Si te sientes identificado con estas premisas, este artículo es para ti. Te voy a ayudar a comprender por qué haces lo que haces y puede que te ayude a cambiar la forma en que te relacionas contigo mismo para siempre.

¿Por qué haces cosas que no te convienen? Fíjate si es frecuente entre todas las personas que hasta la psicología tiene un nombre para este fenómeno: disonancia cognitiva. Lo describió por primera vez el psicólogo estadounidense Leon Festinger en 1957, y desde entonces se ha convertido en uno de los conceptos más sólidos y respaldados de toda la ciencia del comportamiento humano. La disonancia cognitiva es la incomodidad, tensión o ansiedad que experimentamos cuando nuestras creencias o actitudes entran en conflicto con lo que hacemos. Dicho de otra manera: es el malestar interno que aparece cuando lo que piensas y lo que haces no van al mismo sitio. Y ese malestar, lejos de paralizarnos, nos pone en marcha. Pero no siempre en la dirección correcta.

Tareas lo más aburridas

El experimento que lo demostró es casi una historia de película. Festinger y su colega Carlsmith reclutaron estudiantes universitarios y les hicieron realizar durante una hora tareas diseñadas expresamente para ser lo más aburridas posible, como meter y sacar carretes de un cajón, girar clavijas una a una, etc. Al terminar, les pedían que le dijeran al siguiente participante que las tareas habían sido interesantes y divertidas. Es decir, les pedían que mintieran a la cara de otra persona. Había tres grupos. Uno no mentía ni cobraba nada, solo evaluaba las tareas al final. Otro mentía y cobraba un dólar. El tercero mentía y cobraba veinte dólares, una cantidad considerable para la época.

Lo lógico sería pensar que quien más cobró fue quien más se convenció de su propia mentira. Pero ocurrió exactamente lo contrario. El grupo de control puntuó las tareas como lo que eran: aburridas. El grupo que cobró veinte dólares hizo lo mismo, con una puntuación casi idéntica. Pero el grupo que cobró solo un dólar terminó convenciéndose genuinamente de que las tareas habían sido interesantes. Quien más cobró por mentir fue quien menos se lo creyó. Quien menos cobró fue quien más se autoengañó.

La razón es esta: quien recibió veinte dólares tenía una justificación externa suficientemente grande para explicar su conducta. «Mentí porque me pagaron bien». Sin conflicto, sin necesidad de reescribir nada. Pero quien solo cobró un dólar no tenía esa salida. Su cerebro se quedó con una pregunta incómoda, ¿por qué mentiría yo por tan poco?, y buscó la respuesta donde pudo: dentro de sí mismo.

Como formuló el propio Festinger: cuanto menor es la presión externa para provocar una conducta contraria a nuestras creencias, mayor es la tendencia a cambiar esas creencias para que coincidan con lo que hemos hecho. No nos gusta traicionar nuestros valores. O como diría Groucho Marx: «Si no te gustan mis principios, tengo otros.»

Esto tiene una implicación directa en la vida cotidiana que merece detenerse un momento. Las grandes injusticias o los grandes dolores son más fáciles de nombrar y gestionar precisamente porque la disonancia es tan evidente que no hay forma de ignorarla. Son las pequeñas contradicciones sostenidas en el tiempo, el trabajo que no te llena, pero «tampoco está tan mal», la relación que te cansa, pero «tiene sus cosas buenas», el hábito que sabes que te perjudica, pero «todo el mundo lo hace», las que más silenciosamente te moldean. Son lo suficientemente pequeñas como para que el cerebro las justifique sin que te des cuenta. Y es exactamente ahí, en ese territorio de incomodidad tolerable, donde el autoengaño trabaja con más libertad.

Esto es exactamente lo que hacemos todos, cada día, con las contradicciones de nuestra propia vida. Cuando alguien sigue fumando a pesar de conocer perfectamente los riesgos, cuando una persona permanece en una relación que le hace daño, pero se convence de que «en el fondo no es para tanto», cuando posponemos una conversación difícil y nos decimos que «no es el momento», estamos usando los mismos mecanismos que los participantes del experimento de Festinger.

La disonancia cognitiva explica nuestra tendencia a la autojustificación: la ansiedad que genera haber tomado una decisión equivocada o haber hecho algo incorrecto nos lleva a inventar nuevas razones para apoyar esa decisión. No lo hacemos con mala intención. Lo hacemos porque el cerebro humano tiene una necesidad casi física de coherencia interna, y cuando esa coherencia se rompe, busca restaurarla como sea.

La inteligencia no te protege

El mismo circuito prefrontal que el cerebro usa para resolver problemas lógicos es también la maquinaria que despliega para construir racionalizaciones convincentes. La inteligencia, en otras palabras, no te protege de la disonancia. Si acaso, te equipa para contarte una historia más elaborada. Cuanto más inteligente eres, mejor eres justificándote a ti mismo.

Además, hay momentos en que la parte de tu cerebro que evalúa el largo plazo pierde la batalla contra la parte que busca alivio inmediato. Somos humanos.

Existen tres formas principales en que el cerebro resuelve una disonancia, y las tres tienen consecuencias muy distintas.

1. La primera es cambiar la conducta para que coincida con los valores: el fumador que deja de fumar, la persona que deja la relación que le hace daño. Es la solución más honesta y también la más difícil, porque implica renunciar a algo.

2. La segunda es cambiar la creencia para que justifique la conducta: el fumador que empieza a pensar que «tampoco es para tanto» o que «algo te tiene que matar».

3. La tercera es añadir información nueva que alivie la tensión sin resolver nada: «bueno, el estrés también mata, y si dejo de fumar me estreso más». Las personas emplean estrategias diversas para reducir la disonancia, y con frecuencia usan varias a la vez.

El cambio de conducta elimina la inconsistencia en su origen, pero es el camino más difícil. Los hábitos, las adicciones y las presiones sociales resisten el cambio, por eso las personas con frecuencia prefieren las alternativas psicológicamente más fáciles.

El problema no es que usemos estos mecanismos. El problema es cuando los usamos de forma automática y repetida, sin ser conscientes de que lo estamos haciendo.

¿Cómo salir de este bucle?

La psicología nos da herramientas concretas.

1. La primera es aprender a distinguir entre el malestar que avisa y el malestar que paraliza. No toda incomodidad interna es una señal de que algo está mal. Pero hay un tipo de tensión específica, esa sensación de que algo no encaja, de que te estás contando una historia que no te acabas de creer, que merece atención. Y aquí la intuición juega un papel protagonista. Aprende a escucharte. Cuando sientas esa tensión, en lugar de buscar rápidamente una justificación, para. Hazte una sola pregunta: ¿esto que estoy haciendo está alineado con lo que quiero para mí? No con lo que es fácil, no con lo que alivia ahora mismo. Con lo que quieres de verdad.

2. La segunda herramienta es la observación sin juicio. Uno de los mayores obstáculos para resolver la disonancia de forma sana es la vergüenza. Cuando nos descubrimos haciendo algo que contradice nuestros valores, la respuesta instintiva es la autocrítica, y la autocrítica activa los mismos mecanismos de defensa que perpetúan el problema. En lugar de «soy un desastre por seguir haciendo esto», prueba con «noto que estoy haciendo algo que no coincide con lo que valoro. ¿Qué necesito para cambiarlo?». El cambio de lenguaje interno cambia literalmente la respuesta emocional y hace más accesible la reflexión honesta.

3. La tercera es reducir la brecha en pequeños pasos, no de golpe. La disonancia entre lo que haces y lo que quieres hacer no desaparece con una decisión complicada de mantener. Desaparece con acciones pequeñas y repetidas que van cerrando la distancia entre ambos. Si sabes que deberías tener una conversación que llevas meses aplazando, el primer paso no es tenerla mañana. El primer paso es escribir en un papel qué quieres decir y por qué te importa decirlo. La acción pequeña crea coherencia interna, y la coherencia interna alimenta la siguiente acción.

4. La cuarta, y probablemente la más contraintuitiva, es buscar la disonancia de forma activa. En lugar de evitar la información que contradice lo que haces, buscarla. Leer sobre los efectos de lo que pospones, hablar con alguien que tomó la decisión que tú evitas, exponerte conscientemente a la incomodidad de ver la brecha entre donde estás y donde quieres estar. Esa exposición voluntaria, bien gestionada, es el motor más potente del cambio genuino.

Hacemos cosas que sabemos que no nos convienen porque somos humanos, porque tenemos un cerebro que prioriza el alivio inmediato sobre el bienestar a largo plazo, y porque nadie nos enseñó a gestionar la incomodidad de ser contradictorios. Pero conocer el mecanismo cambia la relación que tienes con él. Cuando la próxima vez notes esa tensión entre lo que piensas y lo que haces, ya no será solo malestar sin nombre. Será una señal. Y las señales, cuando se leen bien, siempre apuntan hacia algún sitio.

Gracias por leerme y que encuentres tu bienestar emocional.

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