Publicado: junio 1, 2026, 1:30 am
Queríamos ser policías. Queríamos ser bomberos. Queríamos ser astronautas. En el colegio, soñábamos con la emoción del explorador. Crecer era coger carrerilla para vivir aventuras. Incluso proteger al mundo y cuidar de los nuestros. Pero no como los superhéroes de las películas, que necesitan tomar la justicia por su cuenta en ciudades sin ley, donde gobierna el individualismo.
Soñar con ser policía, bombero o astronauta significaba querer ser parte útil de la sociedad que hacemos todos. También cuando corríamos a la hora del recreo y, en el patio, el campo de fútbol se apoderaba del espacio. Ahí se veía claro quién quería ser futbolista. Un deporte que, también, es trabajo en equipo. En la esquina, entre la línea de banda pintada en el suelo y la verja a la calle, estaban los que no iban a dejar nunca de estudiar. Los que querían ser actores, los que querían ser profesores, los que querían ser médicos, los que querían ser directores de cine, los que querían ser periodistas y retransmitían una competición del escondite ingles. De nuevo, la congregación que es la vida.
Todas las profesiones elegidas necesitaban al otro. Necesitaban amigos. Casi nada queríamos hacer solos. Tampoco mientras fantaseábamos, una y otra vez, con ser mayores. La imaginación se abría camino en unos días que sentíamos larguísimos porque no parábamos de celebrar el descubrimiento en cada paso que dábamos. Y descubríamos con la curiosidad de nuestros propios ojos. Sin más intermediarios, que las preguntas insistentes a padres, abuelos, maestros y amigos.
¿Qué querríamos ser de mayores si hubiéramos nacido antes de ayer y nos hubieran dejado entretenidos nuestras familias viendo vídeos cortos en el móvil? Fijo que nos haríamos muy buenos selfies, fijo que querríamos posar en las mejores pastelerías, fijo que querríamos tener muchos likes, fijo que seguiríamos siendo influenciables. Aunque menos críticos que hace treinta años. Porque, enredados en la viralidad, no tenemos demasiado tiempo de entrenar una de las armas más poderosas de la inteligencia humana: jugar con la imaginación como cuando éramos niños. Ahora me doy cuenta, eso es lo que quiero ser siempre de mayor.
