Publicado: junio 11, 2026, 2:30 pm
Hay regresos que nacen de la nostalgia y otros de la necesidad. El de José Mourinho al Real Madrid se parece más al segundo. Cuando el portugués aterrizó por primera vez en el Santiago Bernabéu, 31 de mayo de 2010 , lo hizo como el entrenador de moda en Europa. Acababa de conquistar la Champions con el Inter de Milán y llegaba con una misión muy concreta: sacar al Real Madrid de una crisis deportiva que empezaba a parecer estructural. El club venía de una temporada traumática. Florentino Pérez había regresado a la presidencia apenas un año antes con una revolución total: nuevo entrenador, nueva dirección deportiva y una inversión multimillonaria que superó los 250 millones de euros. Llegaron Cristiano Ronaldo, Kaká, Benzema, Xabi Alonso… Pero ni el dinero ni los nombres solucionaron los problemas de fondo. Manuel Pellegrini recibió el encargo de alcanzar el gran objetivo, la Champions, torneo en el cual el Madrid encadenaba ya seis temporadas sin superar los octavos de final. No lo logró. La historia terminó de la peor manera posible. El Olympique de Lyon eliminó al conjunto blanco en octavos (1-0 en la ida y 1-1 en Madrid). Después llegó el golpe definitivo: perdió también la Liga tras caer en los dos enfrentamientos directos contra el Barcelona. Por eso Florentino Pérez llamó a José Mourinho. Entonces, el Real Madrid tenía un director deportivo, Jorge Valdano. Su cargo oficial era «Director General adjunto a la presidencia» y él fue el encargado de presentar al portugués ante los medios de comunicación. Mou llegó acompañado de su núcleo de confianza, con un método reconocible y una idea muy clara: el entrenador debía recuperar el control del proyecto. Dejó muy claros esos objetivos desde el principio. «No prometo nada más que trabajo. Eso sí, lo que quiero es que cuando se haga el sorteo de la Liga de Campeones, el rival que nos toque nos tenga mucho miedo. Son ellos los que tendrán mala suerte al tocarles con el Madrid, no nosotros», declaró en esa primera comparecencia ante la prensa. De su mano llegaron Di María, Özil, Khedira y Carvalho. El Madrid dejó de parecer una colección de estrellas y empezó a comportarse como un equipo. Compacto, fuerte y agresivo. Dentro y fuera del campo. Su primera etapa quedó marcada por la confrontación permanente: guerras en los clásicos, enfrentamientos con la prensa, tensiones internas y episodios que dividieron al madridismo, como el incidente con Tito Vilanova en la Supercopa. Aún así, funcionó. Ganó la Copa en 2011 y el punto culminante llegó en la temporada 2011-12 con la Liga de los 100 puntos y la Supercopa de España. Aquel equipo rompió récords, compitió de tú a tú con el Barça de Guardiola, el mejor de la historia azulgrana, y devolvió al Madrid la sensación de autoridad que había perdido. El curso siguiente, en blanco, finalizó con su despedida del Bernabéu. Mourinho se encontrará ahora con un escenario extrañamente familiar. Aterriza otra vez en un Real Madrid golpeado en el que se palpa esa sensación de final de ciclo. Son dos temporadas sin títulos, dos entrenadores en una misma campaña y un vestuario que en los últimos tiempos ha transmitido señales de desgaste y episodios de tensión. Una afición que ha empezado a perder confianza hasta el punto de que vuelven a aparecer debates que parecían olvidados, como los habidos durante la campaña de la recientes elecciones presidenciales. Mourinho vuelve. Han pasado 16 años desde su primera venida, pero el mensaje de entonces encaja perfectamente en el reto que afronta a partir de hoy: «Quiero construir aquí un equipo de presente, pero también de futuro. Que seamos una familia. Un equipo con motivación para ganar. Lo bonito del fútbol no es entrenar ni jugar, sino ganar».
