Publicado: octubre 5, 2026, 1:00 am
Hace unos años, un grupo de científicos se propuso averiguar algo que parecía casi imposible de medir: si el sufrimiento deja una huella física en el cuerpo de quienes nunca lo vivieron. Estudiaron a los hijos de supervivientes del Holocausto y compararon una pequeña marca química, la metilación, sobre un gen relacionado con el cortisol, la hormona del estrés. El resultado fue inquietante.
Esa marca aparecía con más frecuencia en quienes tenían un padre o una madre supervivientes, y cuanto más intenso había sido el trauma de sus progenitores, más profunda era la huella en sus hijos. Ninguno de esos hijos había pisado un campo de concentración. Muchos ni siquiera habían nacido cuando ocurrió. Y sin embargo, algo de aquella experiencia se había colado en su biología. No en la secuencia de su ADN, esa seguía intacta, sino en la forma en que ese ADN se leía y se expresaba. Fue una de las primeras pruebas de que el sufrimiento puede dejar una marca medible en la generación siguiente. Esa marca tiene nombre: epigenética. Y es la protagonista de una de las revoluciones más fascinantes, y también más delicadas, que está viviendo hoy la biología.
La genética propone, la epigenética dispone
Cómo un mismo ADN puede contar historias distintas. Dos gemelos idénticos. El mismo ADN, letra por letra. Y sin embargo, uno envejece antes que el otro, enferma de algo que su hermano nunca tendrá o reacciona al estrés de forma completamente opuesta. ¿Cómo es posible, si comparten hasta el último gen? Un premio Nobel de Medicina lo resumió hace décadas en una frase que hoy se repite en cualquier libro de divulgación: «La genética propone, la epigenética dispone.» Seis palabras que explican por qué la genética nos da el mismo punto de partida, pero la epigenética escribe después historias completamente distintas.
Pensemos en el ADN como la partitura de una orquesta. La partitura no cambia, pero la interpretación sí. Un mismo compás puede sonar solemne o alegre según el director, el tempo o el instrumento que lo ejecute. La epigenética es esa interpretación. No reescribe las notas, los genes siguen siendo los mismos, pero decide cuáles suenan más fuerte, cuáles se silencian y en qué momento entra cada una. Son pequeñas marcas químicas que se depositan sobre los genes y que actúan como interruptores, encendiendo o apagando genes concretos sin tocar una sola letra del código genético. Esas marcas son las que los científicos encontraron en los hijos de los supervivientes del Holocausto: el mismo ADN, pero leído de otra manera.
Y esto no es solo teoría. En ratones genéticamente idénticos, una simple diferencia en la dieta de la madre durante el embarazo bastó para que unas crías nacieran delgadas y de pelaje marrón, y sus hermanas, obesas y de un llamativo color amarillo: ni un solo gen había cambiado, solo el menú. Otros experimentos han ido más allá y han cruzado generaciones. Animales fueron expuestos a estrés, hambre o una sustancia tóxica y después se analizaron a sus hijos y a sus nietos, que jamás vivieron esas mismas condiciones. Aun así mostraron alteraciones parecidas en su ADN, como si hubieran heredado no solo los genes de sus antepasados sino un resumen de lo que vivieron. Y lo más llamativo es que esa herencia no viaja solo por la vía materna, el óvulo no es el único mensajero. También el esperma parece llevar su propia carga de experiencia, lo que vive un padre antes de la concepción también deja marca en su descendencia.
No hace falta vivirlo para llevarlo escrito
Cómo una vivencia se convierte en huella biológica. Lo que les ocurrió a los hijos de los supervivientes del Holocausto no es un caso aislado. En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, una hambruna severa asoló los Países Bajos. Décadas más tarde, los hijos de las mujeres que estuvieron embarazadas durante aquel invierno de hambre presentaban más obesidad, más diabetes y más enfermedad cardiovascular que sus propios hermanos nacidos antes o después de la escasez. El cuerpo de sus madres había interpretado aquella hambruna como una señal a transmitir.
Pero no hace falta un episodio histórico para que esto ocurra: puede estar pasando ahora mismo, en cualquier embarazo. Los bebés de madres que fuman durante la gestación nacen con la metilación alterada en varios genes, entre ellos uno que ayuda al cuerpo a eliminar las sustancias tóxicas del humo del tabaco. Algo parecido sucede con el sobrepeso. La obesidad de un progenitor antes de la concepción puede modificar las marcas químicas de sus óvulos o de su esperma y predisponer a sus hijos a desarrollar también problemas metabólicos. No hace falta una guerra ni una hambruna. A veces basta un cigarrillo, una dieta o un nivel de estrés sostenido en el día a día.
Es un campo de investigación todavía joven, y son muchas las preguntas que quedan abiertas, ¿cuánto de lo que heredamos de nuestros padres está realmente escrito en la química de nuestro ADN y cuánto se debe simplemente a que compartimos su misma mesa, sus mismos hábitos, su mismo entorno? Probablemente ocurren las dos cosas a la vez, una parte del legado se transmite por el estilo de vida que imitamos sin darnos cuenta, y otra parte ,cada vez mejor documentada, viaja ya escrita en la química del propio ADN antes incluso de nacer.
La otra cara de la moneda: también se hereda la fortaleza
Sería injusto quedarnos solo con la parte sombría de esta historia. Porque si el sufrimiento puede dejar huella, también puede hacerlo la capacidad de superarlo. Los propios hijos de los supervivientes del Holocausto lo confirman de una forma inesperada, mientras algunos mostraban mayor vulnerabilidad al estrés, otros presentaban una resiliencia muy superior a la media. No heredaron únicamente el miedo de sus padres. También heredaron su forma de sobreponerse a él. «Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias«, escribió Viktor Frankl, psiquiatra y superviviente de un campo de concentración nazi. La ciencia, décadas después, parece haber encontrado parte del mecanismo biológico que hace posible esa libertad.
Lo que dejaremos a los que aún no han nacido
Nuestra historia no termina en nosotros. Conviene, sin embargo, no dejarse llevar por el entusiasmo. La herencia epigenética es un campo de investigación reciente, y como tal, exige cautela. Queda mucho camino por recorrer para saber con precisión qué heredamos realmente y qué muere, sencillamente, con nosotros. Pero sin embargo, incluso con esa prudencia, la epigenética deja una lección difícil de ignorar. No somos solo el resultado de los genes que nos tocaron por suerte. El estilo de vida, el ejercicio físico, la alimentación, la estimulación cognitiva e incluso las intervenciones psicoterapéuticas -sí, ir al psicólogo también deja huella biológica, y para bien – pueden modificar activamente nuestro epigenoma en sentido positivo. Y ese cuidado no solo nos beneficia a nosotros, es posible que también beneficie a quienes vengan después.
Los hijos de los supervivientes del Holocausto, con los que empezaba este artículo, no heredaron solo una marca de miedo. Heredaron también la prueba de que el cuerpo es capaz de sanar, de adaptarse, de transmitir algo distinto a lo que recibió. «Cuando estemos muertos, seremos invisibles, pero no ausentes». La epigenética parece darle la razón desde el laboratorio: parte de lo que vivimos y de cómo lo afrontamos puede seguir presente mucho después de que nuestra propia biografía haya terminado. Saberlo debería invitarnos a tratar con más compasión nuestra propia historia y a asumir con humildad que cada gesto de cuidado que nos ofrecemos hoy podría convertirse, literalmente, en un mensaje escrito en el cuerpo de quienes todavía no han nacido.
