Publicado: mayo 26, 2026, 4:00 am
El pasado 15 de mayo, casi a los 93 años, falleció el profesor Edmund “Ned” Phelps, uno de los economistas más brillantes y prolíficos, galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2006. Tuve el privilegio de ser su alumno en cursos del doctorado en la Universidad de Columbia.
La muerte de Edmund Phelps cierra una de las trayectorias intelectuales más originales y fecundas de la economía contemporánea. Sus inquietudes lo llevaron a transitar y evolucionar por diferentes enfoques para analizar una diversidad de problemas. Por ello, es difícil clasificarlo dentro de alguna corriente.
Sus primeros trabajos al inicio de los sesenta se centraron en los modelos de crecimiento y acumulación de capital, planteando la llamada “regla de oro” del ahorro para maximizar el crecimiento. En la década de los setenta lo atrajo la idea predominante que proponía la Curva de Phillips de que existía una relación relativamente estable entre inflación y desempleo: un país podía tolerar un poco más de inflación a cambio de menos desempleo. Phelps desarmó ese principio. Su intuición consistió en introducir las decisiones intertemporales y las expectativas en el análisis económico. Argumentó que las personas y las empresas no reaccionan mecánicamente a las políticas económicas: aprenden, anticipan y ajustan sus decisiones de manera dinámica. Una política monetaria expansiva puede reducir el desempleo temporalmente, pero si los agentes económicos incorporan expectativas de inflación, el beneficio desaparecería mientras los precios sigan subiendo. Con ello, Phelps estableció que la Curva de Phillips en el largo plazo es vertical. Este postulado terminó siendo decisivo para la política monetaria de los bancos centrales.
Esas ideas, junto con otras sobre el empleo y los salarios, lo llevaron a diseñar su contribución seminal de The Microeconomic Foundations of Macroeconomics (1969-1974). Acerca de estas aportaciones, Phelps, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, menciona que “me complació explorar con John Taylor y, posteriormente, con Guillermo Calvo, en investigaciones que realizamos en Columbia en la década de los setenta, el modelo neokeynesiano de determinación de salarios y empleo basado en expectativas racionales. Sin embargo, yo no creía que la premisa de las expectativas racionales fuera satisfactoria, ni siquiera claramente preferible a un uso flexible de las expectativas adaptativas”.
Durante los años ochenta y noventa, Phelps dirigió su atención a algo menos convencional: el espíritu creativo del capitalismo. Sostuvo que la verdadera prosperidad no surge únicamente de grandes corporaciones, del gasto público o de programas tecnocráticos, sino de una cultura económica con libertad capaz de estimular la imaginación, la innovación cotidiana y la iniciativa individual.
El fallecimiento de Ned ocurre en una época en la que el mundo vuelve a debatirse entre inflación, bajo crecimiento y transformaciones tecnológicas aceleradas. Su pensamiento, lejos de quedar archivado, recupera actualidad. Frente a los ciclos de simplificación ideológica, Phelps defendió siempre la complejidad: la convicción de que la economía no admite atajos permanentes y de que las sociedades prosperan cuando preservan simultáneamente estabilidad, innovación y libertad creadora. Profesor, descanse en paz.
