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Pregúntenle a Coppola

Publicado: enero 6, 2026, 11:30 pm

Ahora resulta que si te alegras de la caída de Maduro es que estás a favor de Trump, y si te asustas por la barbaridad que ha hecho Trump es que eres comunista y chavista y sanchista y zapaterino perdido. No, hombre, no. Nos tratan como a niños, o por mejor decir como a niños idiotas. No es así. La explicación de toda esta locura la tiene, mejor que nadie, Francis Ford Coppola.

Maduro es un mafioso. Lo ha sido siempre. Su pretendido izquierdismo no es más que una leve mano de pintura que salta en cuanto rascas un poco con la uña. Ese individuo ha robado las elecciones, ha encarcelado y torturado a quienes se le oponían, ha creado enormes bandas parapoliciales pagadas con el dinero del petróleo, ha consentido que la cúpula militar de Venezuela (que es la que le ha mantenido en el poder) robe a mansalva a cambio de su lealtad. Ha creado un Estado en el que la corrupción no es una lacra del sistema sino el sistema mismo. No es un político de izquierdas; es un mafioso que se ha comportado siempre de un modo muy semejante a la familia Corleone, que tan bien retrató Coppola en su magistral trilogía El Padrino.

Trump es otro mafioso. Su fortuna se mantuvo, o se salvó, gracias a la mafia de Nueva York, como dicen sus antiguos colaboradores. Cuando perdió la presidencia, en 2021, urdió un golpe de Estado en el que sus fieles asaltaron el Capitolio, chantajeó a funcionarios y a jueces, y amenazó a decenas de sus propios colaboradores, como el vicepresidente Mike Pence, para evitar que le echaran. No lo logró. Cuando recuperó el poder volvió a comportarse como lo que es: un mentiroso compulsivo, un ególatra, un tipo sin escrúpulos y un matón que ha traicionado a Ucrania, que ha roto una alianza de más de un siglo con Europa y que pretende pasar a la historia como un gran hombre. No lo es. Es un Sonny Corleone. O un Barzini, un Tattaglia, un Sollozo, un Altobello. Un personaje de Coppola.

A ninguno de los dos les interesa un pimiento la democracia, la paz y el derecho internacional. Como los Corleone, como Hyman Roth, como Licio Lucchesi, solo buscan el poder y la intimidación (o la muerte) de quienes se les oponen. Y con métodos muy semejantes. El secuestro de Maduro, invadiendo a tiro limpio otro país, es un acto puramente mafioso que nos pone en peligro a todos, porque está claro que es Trump y nadie más quien decide qué puede hacerse y qué no, y dónde, y cuándo, y con qué motivos, si es que los necesita; las leyes internacionales le importan un rábano.

Esta operación, que ha acabado con un tirano, no se ha hecho para restaurar la democracia en Venezuela. Trump ha demostrado cien veces que no cree en la democracia, como tampoco cree Maduro. Ni los Corleone ni los Rosato ni los Pentangeli. Se ha hecho (y así lo ha dicho Trump, sin el menor pudor) para controlar los recursos del país, fundamentalmente ese petróleo que tienen, tan abundante y tan difícil de refinar. Si a Trump le interesase restaurar la democracia, María Corina Machado sería hoy la presidenta de Venezuela. Pero, como han dicho colaboradores de Trump (¿quién? ¿Tessio, Clemenza?), Corina aceptó el premio Nobel de la Paz que el anaranjado presidente exigía para sí. Y ese enfermizo rencoroso no perdonará nunca semejante ofensa.

No estamos ante una cuestión de derechas o izquierdas, no seamos tontos. Estamos ante el principio de una peligrosísima situación en la cual la ley ya no importa; una situación que puede encontrarse, casi entera, en las películas de Coppola. Maduro ha sido eliminado (políticamente, al menos de momento) igual que lo fue Fredo Corleone. Y a Trump solo le falta decir lo que dijo Michael, hermano de Fredo, en la segunda parte de la trilogía: «Si algo nos ha enseñado la historia es que se puede eliminar a cualquiera».

Lo espeluznante es que en ese «cualquiera» estamos todos.

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