Publicado: enero 20, 2026, 12:30 am
Donald Trump ha anunciado aranceles del 10% (subiendo al 25% el 1 de junio) contra los ocho países europeos que han enviado tropas de reconocimiento a Groenlandia. Todo ello hasta que se acepte la «compra completa y total» de la isla. Nadie sensato desea un conflicto armado. Sin embargo, las crisis no escalan solo por la acción de los agresores, sino también por la errónea política de apaciguamiento hasta que, al final, no queda otra que plantar cara. La historia europea del siglo pasado nos lo recuerda. Groenlandia no es un capricho aislado: responde a una concepción del poder en la que la fuerza suplanta al derecho internacional. Trump no improvisa: prueba resistencias, mide hasta dónde puede empujar.
El fin de semana, miles de personas salieron tanto en Nuuk como en Copenhague, gritando «¡Groenlandia no está en venta!». Esta vez no vale con declaraciones solemnes. La UE debe activar ya el instrumento anticoerción (el bazuca comercial aprobado en 2023 y nunca usado), como Francia está exigiendo, y como defienden varios comisarios y muchos eurodiputados. No es un gesto retórico: permite contramedidas de gran calibre (imponer aranceles, limitar el comercio de servicios o sancionar a personas jurídicas o físicas) que harían muy costoso para Washington mantener la presión económica.
El trumpismo no es un fenómeno pasajero. Es la consecuencia de un país fracturado: polarización extrema, élites incapaces de defender el Estado de derecho y una base social dispuesta a sacrificar la libertad a cambio de mano dura contra inmigrantes y promesas imperialistas. Sus rasgos autoritarios residen en el desprecio sistemático por contrapesos y límites. Europa ya ha pagado caro el precio de disfrazar la resignación de prudencia: la pasividad no desarma al agresor, lo envalentona. Derrotar políticamente a Trump no pasa por esperar ni contemporizar, sino por llevar al límite las contradicciones internas dentro de EEUU entre fascismo y democracia: obligar a la sociedad norteamericana a elegir entre ley o arbitrariedad, entre alianza multilateral o enfrentamiento con sus viejos aliados.
Europa dispone de instrumentos reales (comerciales, diplomáticos y estratégicos), pero solo funcionarán con unidad. De lo contrario, el ridículo será apoteósico. La clave es estar dispuestos a afrontar el peor escenario, es decir, el conflicto, para así evitarlo. La disuasión solo funciona cuando el coste de avanzar para el agresor es inasumible. La inacción siempre sale más cara: erosiona soberanía, debilita influencia y crea precedentes peligrosos. Nunca es demasiado tarde para plantar cara al autoritarismo. Pero actuar ahora exige que los europeos abandonemos ya el discurso del miedo y la impotencia.
