Publicado: julio 2, 2026, 6:00 am
Beber suficiente agua cada día es una de las recomendaciones más repetidas por los profesionales de la salud. Sin embargo, además de la cantidad, hay otro aspecto que genera dudas: ¿importa la temperatura del agua? Aunque el agua hidrata independientemente de si está fría o caliente, la sensación que produce en el organismo y algunos de sus efectos sobre la digestión pueden variar.
Diversos especialistas en nutrición coinciden en que la mejor elección depende del momento y de las necesidades de cada persona. En general, el agua a temperatura ambiente o ligeramente tibia suele resultar la opción más cómoda para el aparato digestivo, mientras que el agua muy fría puede provocar molestias en algunas personas.
Agua muy fría: refrescante, pero no siempre la mejor opción
El agua muy fría resulta especialmente apetecible en verano o después de hacer ejercicio, ya que produce una sensación inmediata de frescor. Sin embargo, algunos expertos señalan que puede ralentizar momentáneamente el proceso digestivo porque el organismo necesita equilibrar la temperatura del líquido antes de continuar con la digestión.
Además, en personas sensibles puede aumentar las molestias de garganta o provocar un dolor repentino de cabeza, conocido popularmente como «congelación cerebral». En algunos casos también puede generar una sensación brusca de choque térmico, especialmente si se consume muy rápido tras una exposición intensa al calor. Aunque estos efectos suelen ser pasajeros, no todas las personas los experimentan por igual.
Agua fría: una opción válida de forma ocasional
Cuando el agua está simplemente fría, pero no helada, los efectos suelen ser mucho más suaves. Puede producir una agradable sensación refrescante y contribuir a disminuir la temperatura corporal en los días calurosos. Aun así, algunos especialistas consideran que también puede ralentizar ligeramente la digestión en determinadas personas, aunque este efecto suele ser pequeño y no supone un problema para la mayoría de la población sana. Por ello, su consumo ocasional es perfectamente aceptable dentro de una hidratación adecuada.
Temperatura ambiente: el equilibrio más recomendado
Para muchas personas, el agua a temperatura ambiente representa el punto intermedio más cómodo. No genera un cambio brusco de temperatura en el organismo, facilita la digestión y permite una hidratación cómoda durante todo el día.
La nutricionista Ana Luzón explica que el organismo funciona alrededor de los 37 grados y que introducir líquidos extremadamente fríos supone un pequeño esfuerzo de adaptación. En sus palabras, «nuestro cuerpo funciona a una temperatura interna de unos 37 ºC. Introducir agua muy fría supone un pequeño ‘estrés’ térmico». Por ese motivo, muchas personas encuentran más agradable beber agua a temperatura ambiente, especialmente durante las comidas o al comenzar el día.
Agua tibia: un aliado para la digestión
El agua tibia también cuenta con defensores entre los profesionales de la nutrición. Según Ana Luzón, su consumo en ayunas no tiene efectos milagrosos, pero sí puede favorecer algunos procesos digestivos.
«Mi hábito de beber agua caliente no tiene que ver con quemar grasa ni ‘detoxificar’ el hígado, sino con algo mucho más sencillo: preparar el terreno digestivo”, afirma la especialista. La nutricionista añade que beber agua tibia «ofrece ventajas mecánicas reales», entre ellas una mejor higiene intestinal, favorecer la vasodilatación y generar «una transición más amable para el cuerpo tras horas de reposo absoluto».
No obstante, otros expertos recuerdan que no existen pruebas científicas de que el agua caliente desintoxique el organismo o ayude por sí sola a adelgazar. Sus posibles beneficios se limitan, sobre todo, a resultar más confortable para algunas personas y favorecer la hidratación y la digestión.
Lo más importante sigue siendo hidratarse
Más allá de la temperatura, los especialistas coinciden en que el verdadero beneficio proviene de mantener una hidratación adecuada a lo largo del día. Elegir agua fría, templada o a temperatura ambiente dependerá del clima, del momento y de las preferencias personales, siempre que permita alcanzar la ingesta diaria recomendada.
En definitiva, si el objetivo es cuidar la digestión y evitar un estrés innecesario para el organismo, el agua a temperatura ambiente o ligeramente tibia suele ser la opción más recomendable. El agua fría sigue siendo una alternativa válida, especialmente cuando resulta más apetecible, mientras que el agua muy fría conviene reservarla para momentos puntuales o evitarla si provoca molestias digestivas o de garganta.
