Publicado: octubre 31, 2026, 6:00 pm

El regreso de María Corina Machado a Venezuela el pasado domingo 25 de octubre tomó por sorpresa al chavismo y trastocó el escenario político que Delcy Rodríguez intentaba administrar para prolongar su permanencia en Miraflores, justo cuando EEUU incrementa la presión para cumplir las tres fases de su plan de transición democrática, cuya última etapa contempla la celebración de elecciones presidenciales.
lapatilla.com
Durante su primera rueda de prensa desde Caracas, la líder de la oposición democrática venezolana dejó una frase que retrata el carácter inesperado de su retorno. «No lo vieron venir», aseguró el pasado jueves, al explicar que su ingreso al país fue organizado de manera autónoma por un equipo que aprendió de los intentos anteriores, frustrados tras meses de obstáculos.
Machado reapareció después de casi diez meses fuera de Venezuela y se trasladó desde el estado Lara hasta Caracas, acompañada por miles de simpatizantes que se incorporaron a su recorrido. Su presencia volvió a trasladar la disputa política a las calles, un terreno que el chavismo había procurado mantener bajo control mientras avanzaban las conversaciones sobre el futuro institucional del país.
Desde la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores por fuerzas estadounidenses el 3 de enero, Rodríguez consiguió mantenerse al frente del aparato gubernamental, conservar importantes estructuras del poder chavista y convertirse en interlocutora de Washington. Sin embargo, esa continuidad nunca fue planteada por EEUU como el destino definitivo de Venezuela, sino como parte de un proceso condicionado a una transición política.
La hoja de ruta presentada el 7 de enero por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, establece tres etapas: estabilización del país, recuperación económica acompañada de reconciliación nacional y, finalmente, transición democrática. La administración de Donald Trump ha utilizado su influencia política, económica y diplomática para exigir avances, mientras insiste en la necesidad de reconstruir las instituciones y garantizar elecciones libres.
Ese calendario representa el principal límite para cualquier aspiración de Rodríguez de convertir su permanencia provisional en una fórmula de continuidad indefinida. La cooperación con Washington puede ofrecerle margen de negociación, pero no elimina la tercera fase del plan, que contempla el restablecimiento de la competencia democrática y la celebración de elecciones.
Machado aprovechó su regreso para insistir en que esa etapa no puede continuar aplazándose. Durante su comparecencia en la Universidad Católica Andrés Bello, afirmó que el plan estadounidense sigue avanzando y señaló que Rubio había trazado una secuencia de pasos orientada a celebrar elecciones presidenciales en 2027, aunque todavía no existe una fecha electoral oficialmente convocada.
«La transición democrática es irreversible», sostuvo la Premio Nobel de la Paz, quien anunció que trabajará en la movilización ciudadana, la reorganización de sus estructuras políticas y la actualización del Registro Electoral, incluida la incorporación de millones de venezolanos que permanecen fuera del país.
La reacción de Rodríguez tampoco pasó inadvertida. El mismo jueves, la sucesora de Maduro volvió a referirse a la posibilidad de celebrar elecciones con nuevas autoridades electorales, después de haber criticado públicamente la reaparición de Machado. Esta última destacó la coincidencia temporal y afirmó que los efectos de su llegada ya comenzaban a sentirse.
El problema para el chavismo va más allá de una eventual convocatoria electoral. La renovación del Consejo Nacional Electoral y del Tribunal Supremo de Justicia forma parte de las negociaciones impulsadas por Washington, mientras Machado reclama que el proceso también incluya garantías políticas, liberación de presos, justicia para las víctimas de la represión y condiciones reales para competir. Celebrar elecciones sin modificar las estructuras que permitieron al régimen controlar las instituciones difícilmente resolvería la crisis de legitimidad venezolana.
La presión estadounidense y el regreso de Machado sitúan así a Rodríguez ante una disyuntiva cada vez más difícil de esquivar: colaborar con una transición que podría poner fin al control del chavismo sobre Miraflores o intentar prolongar una provisionalidad sometida al escrutinio de Washington y a la movilización de la oposición. La nueva mandamás del régimen conserva importantes resortes del poder, pero ya no es la única capaz de marcar los tiempos políticos. Y el plan de tres fases tiene un desenlace que difícilmente encaja con una permanencia indefinida: que sean los venezolanos, mediante elecciones competitivas, quienes decidan quién gobierna el país.
