Publicado: abril 5, 2025, 12:00 pm
En las últimas semanas hemos visto cómo algunas empresas estadounidenses (Pepsi, Disney, Walmart y McDonald’s, entre otras), están revisando sus políticas de diversidad e inclusión (DEI), cómo el fondo de inversiones Black Rock y entidades bancarias como JPMorgan, Citigroup o Bank of America han moderado su entusiasmo por los criterios ESG, y cómo la reciente revisión del contenido de la Corporate Sustainability Reporting Directive (CSRD) –que exige que las empresas que operan en la UE revelen sus impactos ambientales y sociales, y cómo afectan a su negocio– ha sido recibida con escepticismo por algunos agentes sociales.
Como colofón, el presidente Trump ha suspendido temporalmente la aplicación de la Foreign Corrupt Practices Act (Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero), una de las leyes que marcó el principio del movimiento moderno de la ética empresarial.Como colofón, el presidente Trump ha suspendido temporalmente la aplicación de la Foreign Corrupt Practices Act (Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero), una de las leyes que marcó el principio del movimiento moderno de la ética empresarial.
¿Significa todo esto que la sostenibilidad está cuestionada? Sí, claramente. ¿Significa que está herida de muerte? No, o al menos no necesariamente. Cuando miramos los ajustes recientes en sostenibilidad y gobernanza es fácil caer en la tentación de verlos como una marcha atrás, pero algunas de las críticas a las regulaciones y a la Agenda 2030 de objetivos de desarrollo sostenible (ODS) pueden responder a problemas reales.
Ética empresarial, los orígenes
A raíz de los escándalos que, en la década de los setenta, salpicaron a algunas empresas estadounidenses con intereses en el extranjero (Lockheed, United Brands, y Mobil, entre otros) –y que desvelaron el pago de sobornos a jefes de Estado y cargos políticos de primer nivel en todo el mundo–, en 1977 se aprobó en Estados Unidos la Foreign Corrupt Practices Act, que fue el primer intento serio de combatir la corrupción empresarial a nivel internacional.
Esta norma, que impuso restricciones a las prácticas de soborno de las empresas estadounidenses, sentó precedente para el desarrollo de regulaciones similares en Europa y otras partes del mundo. Fue un hito clave porque, por primera vez, una ley afirmaba que la ética no era un lujo opcional sino un componente esencial de los negocios.
A partir de ahí se pusieron en marcha programas de ética empresarial que, con el tiempo, se han ido extendiendo en todo el mundo y son los antecedentes de lo que hoy en día llamamos políticas de cumplimiento de las empresas (compliance).
Críticas y dudas: ¿involución o evolución?
Algunas empresas han inflado sus credenciales verdes sin un compromiso real, lo que ha provocado un escepticismo creciente ante el riesgo de greenwashing. Otras se han enfrentado a regulaciones excesivamente complejas –los reguladores también se pueden dejar llevar por las modas y excederse en sus atribuciones– que suponen, especialmente en el caso de las pequeñas y medianas empresas, un exceso burocrático sin un impacto proporcional en sostenibilidad.
Pero aquí es donde se puede cambiar la narrativa. En lugar de ver esto como una involución, podría contemplarse como una fase de maduración en el movimiento de la sostenibilidad. Durante años, esta ha sido una tendencia de mercado con la que todos querían asociarse. Ahora, con vientos menos favorables, veremos quiénes están realmente convencidos de su valor y quiénes simplemente la adoptaron por presión regulatoria o por conveniencia. En otras palabras, se va a separar el grano de la paja.
El futuro: sostenibilidad por convicción
De las tres palancas que pueden usarse para impulsar la sostenibilidad empresarial –los incentivos, la regulación y la convicción–, dos de ellas están cambiando. Se reducen los incentivos económicos (subvenciones y ayudas) pues ya no hay una adhesión tan generalizada ni una presión uniforme del mercado a favor de la sostenibilidad. Al mismo tiempo, los marcos regulatorios están siendo revisados, en algunos casos flexibilizados y en otros directamente cuestionados.
Solo queda la palanca de la convicción: la sostenibilidad sobrevivirá en aquellas empresas y líderes que realmente crean en ella como un pilar estratégico y ético, más allá de las modas o las imposiciones externas.
Este puede ser el momento de que la sostenibilidad corporativa deje de considerarse una moda pasajera y se convierta en un compromiso sólido. No porque sea lo que dictan la regulación o las tendencias del momento, sino porque las empresas entiendan que ser sostenibles y éticas es lo mejor tanto para su propia supervivencia como para el mundo que habitamos. Quizás son malos tiempos para los oportunistas, pero puede que sean los mejores tiempos posibles para la sostenibilidad genuina.
Dentro de unos años miraremos hacia atrás y diremos: “¡La sostenibilidad era algo tan serio que ni siquiera Trump fue capaz de acabar con ella!”.