Publicado: mayo 12, 2026, 1:00 am
De manera general, se ha aceptado que el estrés forma parte de la vida diaria. Convivimos con él y ya apenas asusta porque, de alguna forma, estamos acostumbrados a su presencia. Pero cuando se mantiene en el tiempo puede alterar el funcionamiento del cerebro y afectar a la memoria, la concentración o incluso al sueño. La neuropsicóloga de Yees!, Elena MartÃn, explica que todo comienza como un mecanismo de supervivencia que, si se prolonga, deja de ser adaptativo.
«El estrés es una respuesta adaptativa del organismo ante situaciones que percibimos como amenazantes», señala. En ese momento, el cerebro activa un sistema de alarma que prepara al cuerpo para reaccionar de forma inmediata. Cuando aparece una amenaza, la amÃgdala envÃa señales de alerta que activa la liberación de hormonas. Es decir, en palabras de la experta, «a nivel cerebral, la amÃgdala envÃa señales al hipotálamo y se activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, que libera cortisol y adrenalina para preparar el organismo para la lucha o la huida».
Cuando el estrés deja de ser algo puntual
En ese proceso, el cerebro prioriza la reacción rápida sobre el pensamiento racional, «reduciendo temporalmente la actividad de regiones como la corteza prefrontal (responsable del razonamiento, la planificación y el autocontrol)», explica. ¿Qué ocurre entonces? El problema aparece cuando este estado de alerta no se apaga. El organismo deja de recuperar su equilibrio y entra en un funcionamiento sostenido de estrés.
«El estrés puntual prepara al cerebro y al cuerpo para afrontar una situación concreta: se activan sistemas de alerta que aumentan la atención, la rapidez de respuesta y la eficiencia cognitiva. Una vez que la situación cesa, el organismo recupera su equilibrio sin que haya un impacto significativo en el cerebro», explica MartÃn. La diferencia está cuando el cerebro permanece en modo alerta de forma prolongada. En ese caso, añade la experta, «puede provocar hiperactivación de la amÃgdala (mayor sensibilidad al peligro), alteraciones en el hipocampo (memoria y aprendizaje) y, disminución de la eficacia de la corteza prefrontal (peor toma de decisiones y control emocional)», lo que afecta directamente al equilibrio emocional y cognitivo.
El estrés sostenido no solo tiene consecuencias emocionales, sino también cognitivas. La capacidad de concentración y memoria se ve especialmente afectada. «El estrés altera el equilibrio entre las áreas cerebrales implicadas en el procesamiento cognitivo», explica la neuropsicóloga. A corto plazo puede ayudar a centrar la atención, pero cuando se mantiene «dificulta la concentración y la recuperación de información reciente». También influye en la toma de decisiones. Según Elena MartÃn, «las respuestas tienden a ser más impulsivas y menos reflexivas porque el cerebro prioriza la reacción inmediata frente al análisis».
Antes de que el estrés se cronifique, suelen aparecer señales claras que muchas veces pasan desapercibidas. «Algunas señales iniciales son los olvidos frecuentes, la dificultad para concentrarse o la sensación de mente en blanco», indica. También pueden aparecer irritabilidad, tensión constante o problemas de sueño. Detectarlas a tiempo es clave, advierte, porque «permite prevenir un deterioro mayor del funcionamiento cognitivo y emocional».
El descanso juega un papel esencial en la regulación del estrés, pero también es uno de los primeros aspectos en alterarse. «Dormir mal de forma sostenida afecta a la consolidación de la memoria y reduce la eficacia de la corteza prefrontal», explica la especialista de Yees!. Esto repercute en la toma de decisiones y el control emocional. Además, añade un efecto en cadena: «la falta de sueño incrementa la reactividad de la amÃgdala, lo que hace que el cerebro sea más sensible al estrés».
El cerebro humano está diseñado para reaccionar al estrés, no para vivir en él de forma continua. Cuando ese estado se prolonga, sus efectos se extienden a múltiples funciones esenciales: pensamiento, memoria, emociones y descanso. Por eso, los especialistas insisten en la importancia de identificar las señales tempranas y cuidar hábitos como el sueño o la desconexión mental.
