Publicado: mayo 31, 2026, 3:30 am
Ni yo ni los lectores de 20minutos hemos nacido ayer. Podemos entender que, cuando tienen que dirigir una guerra —una de las de verdad, que las otras, las que se libran en las cloacas del poder, tienen plumas mucho mejores que la mía para glosarlas— los líderes políticos nos mientan a la cara. Justificaciones no les faltan porque, en el fragor de la batalla, están obligados a elevar la moral de la población, ocultar las debilidades propias, proyectar firmeza hacia el exterior y, en último término, tratar de mantener al enemigo engañado sobre los planes militares.
Dicho esto, si no veracidad, lo menos que se puede exigir a los príncipes guerreros de todos los tiempos, sea cual sea su bando, es verosimilitud. Y no es eso lo que nos da el presidente Trump. Su propio gabinete nos ha informado estos días de que los negociadores norteamericanos han llegado a un acuerdo con el régimen iraní que está pendiente de la aprobación del magnate. Habría podido creerme algo así en los tiempos de las palomas mensajeras. Hoy, sin embargo, todo esto me produce indignación. ¿No tienen WhatsApp los emisarios de Donald Trump?
Alguien en la Casa Blanca debe de creer que somos estúpidos, y puedo imaginarme quién es. ¿De verdad alguien puede pensar que el equipo del magnate haría público que se ha alcanzado un acuerdo con los ayatolás a espaldas del presidente de los EEUU? Obviamente no. Dejaría a Donald Trump ante la espada de aprobar un texto que quizá no le guste y la pared de desautorizar públicamente a sus negociadores. ¿Por qué, entonces, se representa esta pantomima? La respuesta es, por desgracia, obvia, y no apunta a las necesidades de la nación. No se trata de elevar la moral del pueblo norteamericano ni de mantener la discreción normalmente asociada a las operaciones militares. No se falsea la realidad en beneficio de los EE.UU., sino para dar lustre a la figura de Donald Trump. Todo lo que está ocurriendo forma parte del culto a la personalidad del magnate. Solo él manda, solo él dirige.
Nadie lo ha expresado más claro que el secretario del tesoro norteamericano Scott Bessent, el único hombre de la administración Trump capaz de competir con el secretario de la guerra Pete Hegseth por el disputado puesto de pelota jefe. «Todo depende de los que el presidente quiera hacer» —declaró sin vergüenza alguna el político republicano— «y el presidente Donald Trump no va a llegar a un acuerdo que sea malo para el pueblo norteamericano». Menos mal. Estamos en buenas manos entonces, pero… ¿se supone que los negociadores sí?
Como los ciudadanos de a pie sí que debemos respetar la verdad —¿para qué comunicarnos si no lo hacemos?— tenemos que reconocer que estábamos advertidos. Cuando el magnate aprobó lo que él llamó «Estrategia de Seguridad Nacional» —nunca está de más recordar que la de España lleva seis años sin actualizarse, como si no hubiera pasado nada en el mundo desde 2020— ya dejó muy claro que la herramienta de que dispone el pueblo estadounidense para conseguir sus objetivos en el complejo escenario en que nos ha tocado vivir no es otra que el propio Donald Trump. Así, aparentando un carácter providencial que en Europa puede mover a risa pero que tiene más tirón al otro lado del Atlántico, es como el magnate quiere vender su sueño de un mandato vitalicio. Su nombre aparece 27 veces en la breve publicación, que no tiene otro objetivo que ensalzar «la habilidad negociadora del presidente Trump» o «la capacidad del presidente Trump para unir al mundo árabe». Firmado, Donald Trump.
¿No le daría a usted vergüenza darse autobombo en tercera persona en un documento público? Seguro que sí. Por eso, respetado lector, usted no es Donald Trump.
