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La violación de Ucrania

Publicado: noviembre 30, 2025, 3:30 am

A estas alturas del siglo, hace falta estar muy ciego para no darse cuenta de que Vladimir Putin quiere Ucrania. Podemos discutir si el sueño imperial es del dictador o de la propia Rusia; si la prefiere de un solo bocado o se resignará a devorarla en sesiones sucesivas; si la víctima de hoy saciaría su inmensa hambre de poder o solo sería la primera oveja en ser devorada. Pero lo que parece claro es que, si es por él, no habrá paz en Europa hasta que eso ocurra.

Para conseguir su objetivo, Putin reparte amenazas y halagos. Pero no lo hace de manera arbitraria. Los halagos son para el presidente de los EEUU y las amenazas para Europa. Cree el dictador, bien asesorado por el falso mediador Steve Witkoff —quizá el mejor representante del influyente rusoplanismo norteamericano que votó en masa a Donald Trump— que así tiene más posibilidades de aislar a Ucrania de los aliados que necesita para resistir.

A mi parecer, no se equivoca. El talón de Aquiles de los EEUU está en su líder, un político sin valores que tiene tanta hambre de poder como Putin y, bajo la presión de las instituciones democráticas norteamericanas, mucha más prisa por alcanzarlo. Pero el eslabón débil de la cadena europea está en sus pueblos, desesperanzados por sus fracasos del presente y desunidos por sus guerras del pasado.

La mayoría de los europeos perciben con claridad las intenciones de Putin. Podemos ver más lejos o más cerca las orejas del lobo, pero todos sabemos que el animal está ahí fuera, tratando de morder. Podría decirse, por lo tanto, que el dictador ha perdido la batalla por el relato: no es un liberador, sino un criminal. Sin embargo, aún le quedan dos bazas importantes por jugar en nuestras mentes. La primera es la confianza en su victoria, igualmente útil si es real o simulada. Putin insiste cada vez que puede en que una guerra larga le favorece y, a pesar de que los precedentes históricos —Vietnam, Afganistán o Siria— no le acompañan, ha conseguido convencer a casi todos de que tiene razón

La segunda, a mi juicio más grave, es la anestesia colectiva que, entre Putin y Trump, se nos inyecta cada día en dosis cada vez mayores. Bajo sus efectos, hay cosas que empiezan a parecer normales cuando no lo son. Ni el plan de paz de 28 puntos, seguramente redactado por Witkoff, ni la alternativa negociada posteriormente por Marco Rubio con Zelenski y los líderes europeos, van a ser aceptados por Putin. Él quiere mucho más y cree firmemente que, dentro de algunas semanas o, como mucho, meses, Trump se lo va a ofrecer. Pero el argumento empleado por el presidente de los EEUU para defender su mediación —esa hipotética promesa del dictador de que si se le da lo que ilegalmente quiere ocupar no conquistará más— debería ser ofensivo para la ciudadanía.

Si se me permite la comparación, Trump juega aquí el papel del vecino que, harto de soportar los gritos de una mujer agredida en un callejón, acude a la escena… pero no para ayudar a la víctima, sino para sujetarla a cambio de que el violador le prometa hacerlo solo una vez más. Un papel, en verdad, poco airado, aunque ya se encargará el rusoplanismo militante de hacérselo perdonar insistiendo en que fue culpa de ella, que llevaba la falda muy corta.

Ya no hace mucha falta desenmascarar a Putin. Pero todavía es necesario hacerlo con Trump y con esa parte del alma norteamericana que ve en el dictador ruso —espía de la KGB, comunista mientras le convino, criminal político y de guerra, seguramente ateo, infiel en su matrimonio y divorciado— un baluarte de los valores cristianos que se están perdiendo en Occidente. Tenemos que desenmascararlos por nuestra seguridad y por la de una Europa que, como los grandes imperios del pasado, se empequeñece con cada bocado a sus fronteras naturales… pero también por un poco de humanidad, ese sentimiento que antaño nos enorgullecía y contra el que hoy Putin y Trump nos quieren anestesiar.

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