Publicado: enero 2, 2026, 7:26 am

Es diciembre. Esa altura de diciembre en la que la Ciudad late a un ritmo que sólo le pertenece a lo que pasa entre Navidad y Año Nuevo, que es prácticamente nada. Muchos de sus habitantes se fueron. Los que quedan hacen lo que pueden entre el cansancio de un año casi entero sobre el lomo y la ola de calor que rebota contra el cemento y se mete por los poros.
Por Infobae
Es el atardecer, que a esta altura del año pasa las ocho de la noche, y es la avenida Álvarez Thomas, esa que une y divide Chacarita de Colegiales, y que surca Villa Ortúzar y Villa Urquiza, y ayuda a los camiones a salir a la Panamericana. Pero pasadas las ocho de la noche hay menos camiones que hace algunas horas, y pasada la Navidad hay menos autos y peatones que hace algunos días.
Quedan, sí, las escenas que constituyen la identidad inamovible de este pedazo de Buenos Aires: hay fila para comer fugazzeta de parado en La Mezzetta, hay comensales esperando un pedazo de carne en la vereda de Lo de Charly. O eso creo.
No estoy segura porque en los parlantes del auto se escucha “November rain” y lo único que tengo en la cabeza, prácticamente la única imagen que en la que piensa mi cerebro, es la de Slash escalando el piano de Axl Rose para que su guitarra, su galera, sus rulitos y todo su misterio eclipsen al pelirrojo más sensual de la década del noventa.

Veo a Axl como un novio elegante y rockero en la iglesia, a su blanca y radiante novia caminando al altar, a Slash entregando los anillos y, después, tocando su solo de guitarra en una especie de desierto con esa capilla chiquita y blanca de fondo.
Se parece a la capilla en la que Bill manda a matar a Beatrix Kiddo, pienso, y enseguida vuelvo a esa boda y veo a los invitados empapándose con el diluvio de noviembre, y toda la felicidad nupcial oscureciéndose y convirtiéndose en una muerte y un entierro. Veo a Axl despertándose en cueros de una pesadilla, pero sobre todo la inolvidable imagen de Slash subiéndose al piano, esa escena que los Guns n’ Roses reproducirían tantas veces en sus presentaciones en vivo.
El auto va por Álvarez Thomas pero yo tengo el cerebro mudado a los noventa y, sobre todo, a la pantalla de MTV. Esa pantalla que acaba de dejar de existir tal como la conocimos y a la que tanto hay para agradecerle. Esa señal que hizo escuela para que aparecieran canales de música locales y para la que por lo menos tres generaciones conocieran los sonidos del mundo antes de que el dial up, la banda ancha, la fibra óptica o los satélites de Elon Musk achicaran las distancias simbólicas del mundo.
Y entonces, con el logo de MTV estampado en el horizonte de una avenida que surca la Ciudad, decido que voy a escribir esta nota. Para despedir pero sobre todo para darle las gracias a esa señal que construyó nuestra educación sentimental, ese paraíso adolescente al que los olores, las comidas, las películas, las anécdotas, las canciones y los amigos nos pueden hacer volver en un instante.
El nacimiento y el fin de un imperio
MTV empezó a transmitir el 1º de agosto de 1981, hace algo más de 44 años. Lo primero que se emitió en ese canal fue el video nada menos que de “Video killed the radio star”, de la banda The Buggles. Era, sobre todo, una declaración de principios: el videoclip había llegado para llevarse todo puesto.
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