Publicado: abril 18, 2026, 8:30 am
El mundo del baloncesto y el deporte brasileño están de luto tras la pérdida de una de sus figuras más reconocidas y apreciadas: Oscar Daniel Bezerra Schmidt, conocido universalmente como ‘Mao Santa’ (Mano Santa). A sus 68 años, el máximo anotador de la historia del baloncesto, con una brutal cifra de 49.737 puntos, fue ingresado de urgencia en un hospital tras sufrir un malestar repentino en su casa. No ha trascendido la causa de su fallecimiento, pero su salud se encontraba debilitada tras haber mantenido una lucha durante15 años contra un tumor cerebral diagnosticado originalmente en 2011. Oscar deja un gran vacío en el parqué y un legado eterno en el corazón de una nación que lo venera como a un semidiós. En Brasil, el Olimpo deportivo es una estructura sagrada y selecta. Se dice que el país tiene tres reyes: Pelé representó la perfección técnica y el dominio global del fútbol; Ayrton Senna personificó el coraje y la mística de la velocidad; y Oscar Schmidt fue el símbolo de la resiliencia y el patriotismo absoluto. Mientras Pelé y Senna triunfaron en disciplinas de calado masivo en todo el globo, Oscar elevó un deporte secundario en Brasil a la categoría de culto nacional. Su figura se equipara a la de ellos no solo por sus números, sino por su entrega: Oscar nunca se retiró de la selección brasileña, jugando cinco Juegos Olímpicos y rechazando la NBA en múltiples ocasiones porque, en aquel entonces, entrar en la liga estadounidense le habría impedido representar a su país. Una de las anécdotas que mejor definen su ética de trabajo casi religiosa ocurrió durante su etapa en Italia. Se cuenta que, tras los entrenamientos oficiales, Oscar obligaba a un recogepelotas a quedarse con él hasta que lograba encestar 500 triples seguidos. Si fallaba el número 499, no se frustraba con el ayudante, sino que simplemente decía: «Empecemos de nuevo». Ese perfeccionismo obsesivo fue lo que le permitió, en los Juegos Panamericanos de Indianápolis 1987, liderar la histórica remontada contra Estados Unidos, anotando 46 puntos y propinando a los norteamericanos su primera derrota en casa. Su relación con el éxito fue siempre visceral. Oscar no jugaba al baloncesto; Oscar reventaba el aro. Su capacidad para lanzar desde distancias que hoy consideraríamos normales, pero que en los años 80 eran una locura, cambió la geometría del juego. Sin embargo, más allá del triple, su mayor victoria fue su lucha contra el cáncer cerebral que le fue diagnosticado en 2011. Afrontó la enfermedad con la misma bravura con la que pedía el balón en el último segundo de un partido empatado: sin miedo y con una fe inquebrantable. Schmidt fue un ejemplo de «determinación, coraje y amor a la vida» durante la enfermedad, según un comunicado de la familia divulgado por el portal G1. Por su parte, la Confederación Brasileña de Baloncesto lo ha definido como un «símbolo eterno» en un mensaje y ha expresado su gratitud por todo lo que representó «dentro y fuera del campo». Si bien compitió la mayor parte de su vida en Brasil para clubes como el Palmeiras, equipo en el que debutó en 1974, o el Flamengo, club en el que se retiró a los 45 años, Schmidt también jugó para el Juvecaserta italiano (1982-1990), donde es un ídolo tras ganar la Copa de Italia en 1988, en el Pavia y en el Forum Valladolid español (1993-1995), donde promedió 33,2 puntos por partido a los 36 años. En 2013, fue inscrito en el Salón de la Fama del Baloncesto en Estados Unidos junto a otras leyendas del deporte. España también sufrió su poder anotador: Oscar posee el récord de más puntos en un solo partido olímpico, con 55 puntos contra España en Seúl 1988. Hoy, Brasil llora a un hombre que fue más que un atleta; fue el ejemplo de que la lealtad a unos colores vale más que cualquier contrato millonario en dólares. Si Pelé fue el pie de Dios y Senna el alma de Brasil, Oscar Schmidt fue, sin duda, la mano que nos enseñó a todos que el cielo no tiene límites si se tiene la puntería adecuada.
