Publicado: mayo 6, 2026, 10:30 pm
Dice el bolero que veinte años no son nada, pero quince se antojan demasiados. Sobre todo si son los que llevamos sin uno de los personajes más carismáticos que ha dado el deporte mundial, Severiano Ballesteros. El genio de Pedreña (Cantabria) falleció el 7 de mayo de 2011 , con 54 años, a causa de un tumor cerebral y entonces se cerró la página de sus gestas en los campos de golf, pero a la vez se abrió la dedicada a honrar su memoria. Y es aquí donde la fuerza del recuerdo se hace cada vez más intensa, sobre todo entre quienes le tuvieron más cerca. Para conocer cómo era Seve en las distancias cortas ABC se ha puesto en contacto con personas que convivieron con él de distintas maneras: en familia, en el trabajo y de cara a la galería. Y en todos ellos aumenta la admiración y el respeto por lo conseguido y por la fortaleza de su carácter. A diferencia de lo que podría suponerse por su imagen pública, un tanto altiva, en su casa desde siempre fue todo lo contrario. «Por mis padres tenía una auténtica una pasión», comenta Manolo Ballesteros, su hermano mayor y referente de Seve, pues era profesional del Circuito Europeo. «Al ser el hijo menor era el preferido y como encima salió una figura se sintió siempre muy querido y él respondió con gran generosidad. Los trató con mucho cariño en todos los sentidos y en cuanto empezó a ganar dinero no dejó de hacerles regalos y hasta les hizo una casa». Por eso, al estar tan unido a ellos, sintió especialmente la muerte de su padre. «Lógicamente, todos la sufrimos pero a él le vimos muy caído y muy dolido porque le llevaba a los torneos y a todos los sitios. Y me dijo una frase que se me quedó grabada: ‘qué pena, que ya no me va a ver más’». Si como hijo fue modélico, como hermano también tuvo un trato muy estrecho con el resto. «Siempre nos tuvo mucho respeto y cariño a los tres, y aunque él tenía una carácter fuerte, si en algo no estaba de acuerdo, no discutía de inmediato. Nunca nos gritó ni nos contestó de mala manera. Si había algo con lo que no estaba de acuerdo lo reposaba y volvía un día después y entonces decía esto, lo otro y lo de más allá». Cuando posteriormente su núcleo íntimo se amplió a su propia familia, el cariño recibido de pequeño lo proyectó en sus propios hijos. Y así lo recuerda Javier, su primogénito. «Para mí siempre fue papá, nunca vi que se comportara como una estrella o alguien importante cuando estaba con nosotros», recuerda. «Siempre nos hizo sentir como niños normales que hacíamos lo que puede hacer cualquier familia. Íbamos a la playa, montábamos mucho en bici, también acudíamos al campo de golf y hacíamos mucho deporte. Lo que también nos gustaba mucho era ir a ver al Racing, en fin, que hacíamos lo que podía hacer cualquier persona normal». De puertas para adentro lo que más añora es que «siempre estábamos jugando y no paraba de darnos besos y abrazos. Esa imagen es la que más echo de menos y la que me da pena que no pueda hacer ahora. Al irse tan pronto no terminó de vernos crecer y seguro que eso le habría encantado, sobre todo conocer a su nieto, el hijo de mi hermana, que también se llama Seve. Era muy niñero». Aunque en casa se comportaba de otra manera, en el ámbito profesional siempre se mantenía en su sitio. «Ahora, con el tiempo, me doy cuenta de cosas en las que antes no reparaba, como la capacidad de sacrificio que tenía. Había días que yo bajaba al gimnasio de casa a las seis de la mañana y él ya se estaba entrenando a tope a pesar de no estar ya en su momento más competitivo. Yo tendría 10 o 12 años, solo quería enredar un rato y pasar tiempo con él antes de ir al cole y él me dejaba estar por allí jugando mientras no dejaba de trabajar». En el campo de golf Severiano se transformaba. Sacaba toda esa garra que atesoraba y la utilizaba para ser siempre el mejor. La gente le admiraba y le temía a partes iguales, en función del lado en el que se encontrase. Desde la admiración habla José Manuel Carriles, golfista profesional y pedreñero como Seve, que le conoció por casualidad cuando tenía once años. «Yo iba a acompañar a mi madre al club de golf, pues ella trabajaba en el vestuario de mujeres, y vi a un señor dando bolas en el campo de prácticas. Me impactó tanto su estilo que le pregunté quién era y me dijo: ‘pues Severiano Ballesteros’», recuerda emocionado. «Por aquel entonces ya era conocido en el pueblo y me quedé a verle. Quedé tan anonadado que cuando terminó recogí todas sus bolas y las junté formando una S y una B, sus iniciales. A Seve le hizo gracia y me preguntó que quién era yo. Le dije que el hijo de Pacita y desde entonces tuvimos una gran relación». Cuando Carriles empezó a despuntar le dio algún consejo del tipo «tienes que mover más las piernas, al estilo de Tom Watson », pero cuando se fraguó más su amistad fue en los torneos del Circuito Europeo. «Seve siempre me ayudaba y recuerdo mi primer torneo en Dubái, donde incluso me pagó el billete de avión para acudir. Luego, en el aeropuerto, me dijo que tenía que llevar algún regalo a casa y compré una máquina de fotos con la que nos retratamos allí mismo. Es uno de mis trofeos más queridos», relata. En cuanto a su obsesión por el trabajo, su paisano también tiene una anécdota muy curiosa que le delata: «Teníamos torneo en el Parador de Málaga y nos alojábamos allí mismo. Coincidimos en el campo de prácticas y me preguntó que cómo había dormido. Entonces le dije que no muy bien, porque a las cinco de la mañana me habían despertado unos ruidos en el piso de arriba. Entonces, él sonrió y tras comprobar nuestro números de habitación me dijo: ‘es que estaba ensayando unos golpes que quería poner en práctica hoy’». Genio y figura. De Ahora bien, todo lo bueno que tenía Severiano como amigo se tornaba en hostilidad cuando se trataba de participar un torneo de golf. Lo vivió desde muy joven con su hermano Manolo y es algo de lo que se encuentra muy orgulloso. «Yo tenía ocho años más que él y ya competía en Europa, por eso me alegré cuando con 17 me ganó en el Open de Vizcaya. Yo ya sabía que iba a ser un gran jugador, pero él nunca presumió de ello. Estaba a otro nivel». Y con su prodigioso juego corto fue sumando éxitos a su palmarés. Pero su máximo nivel competitivo lo alcanzó, sin duda, en la Ryder Cup. En el duelo bienal ante los estadounidenses lo daba todo y eso contagiaba a sus compañeros. Lo cuenta José María Olazábal con de detalle: «Era mi primera participación, en 1987 y salimos en la sesión de mejor bola Tom Kite, Curtis Strange, Seve y yo. Cuando llegamos al ‘green’ él se había quedado al borde pero, como yo estaba más lejos, pateé. Me pasé del hoyo y Seve me indica: ‘José Mari, termina tú y así yo tiro a meter desde fuera’». «Yo le digo que perfecto y marco la bola. Pero cuando estoy mirando la caída se me acerca Strange y me dice: ‘es que si yo tiro mi ‘putt’ y y no la meto me vas a estar pisando línea de vuelta y creo que no deberías de patear’. Yo entonces era un novato, le hice caso, me agaché a recoger la bola y, según lo estoy haciendo, viene Severiano desde lejos haciendo aspavientos y preguntándome qué estaba pasando. Cuando se lo dije me contestó: ‘vale, no te preocupes, que la voy a meter igual’. Dicho y hecho. La mete por todo el centro y empieza a pegar ahí con el puño al aire. Entonces coge la bola del hoyo, empieza a andar hacia nosotros y justo cuando llega a nuestra altura le dice a Curtis: ‘no te preocupes que ya no va a pisar la línea de tu ‘putt’ de vuelta’». Esta acción en el primer hoyo de la competición explica el compromiso que tenía con ella. «Me quedé helado y eso me marcó para para el resto de la Ryder, porque entendí lo mucho que significaba para él. Quería ganar puntos para el equipo sin rendirse nunca y eso me ha servido para el resto de los años», remata el vasco. Su intensidad en el juego se reflejaba también en su propio equipo. Cuando Manolo le hacía puntualmente de ‘caddy’ tenía unas instrucciones muy claras: «cuando te pregunte, respondes. Y no hables nunca con el otro jugador ni con su caddy’, le ordenaba. Lo que buscaba es que estuvieras concentrado todo el rato y que no te distrajeras con nada. Sobre todo cuando había que decidir qué palo pegar o enjuiciar el viento. Eso sí, en el ‘green’ jamás te pedía una caída. Era el mejor pateador que había». Una vez terminados los partidos tocaba enfrentarse a los medios de comunicación. Y ahí Ballesteros mantuvo una relación de amor-odio permanente. Mientras que idolatraba a los británicos, con los españoles había más tensión. Eso sí, siempre dentro de la educación y el respeto. «Nunca fuimos amigos, pero sí es cierto que me tenía cierto afecto», recuerda Ventura Gilera, responsable de los textos de golf en ABC desde 1978. «Coincidió que yo empecé a hablar de golf cuando nadie lo hacía y a dar a conocer su nombre a raíz de sus primeros éxitos y eso siempre me lo reconoció. Eso sí, el trato variaba de un día a otro, en función de cómo hubiera jugado y de lo que hubiera escrito. Vivimos anécdotas de todo tipo, como cuándo le pregunté en una ocasión que cómo podía haber firmado cuatro ‘putts’ en un hoyo y me contestó con una sonrisa: ‘pues muy fácil, fallando el tercero’; y otra en Montecarlo, en la que su golpe de salida dio en un árbol y volvió hacia atrás casi al mismo sitio. Mandé la crónica detallándolo pero en Madrid me cambiaron el titular y pusieron: ‘un ‘drive’ de metro y medio’. Eso ya no le hizo tanta gracia». Esta incertidumbre del día a día acababa a menudo fuera del trabajo. «Como en un viaje en el que coincidimos en un aeropuerto y Carmen Botín y él me invitaron a cenar con ellos o cuando, en un Open de Madrid en Puerta de Hierro, me vio en un ronda de prácticas con mi hija, que tendría unos ocho años, y después de zarandearla por los aires, le firmó una bolita de recuerdo». Con quien sí tuvo una amistad más íntima, quizá porque no se relacionaban en todos los torneos, fue con Olga Viza. La periodista de Televisión Española le conoció en 1978 al hacerle un reportaje en Pedreña después de su primer triunfo en el PGA Tour en Greensboro y de jugar el Masters. «Nos invitó a cenar a todo el equipo de la tele y me acuerdo que llevaba llevaba bastantes cosas de Augusta y se pasó la noche hablando de ese torneo, estaba enamorado de él». Un año después ganó el Open Británico y se repitió el viaje, pero en esta ocasión se vieron en casa de sus padres. «Al llegar, le pregunté que dónde estaba la Jarra de Clarete, porque no la veía por ningún sitio. Entonces nos llevó hasta su habitación y de debajo de la cama sacó una caja de zapatos, la abrió y ahí estaba: la Jarra, en una caja de zapatos de cartón junto con un Rolex de hombre y otro de mujer que era para su madre. Explicaba perfectamente quién era el personaje». Otra anécdota que no olvida es una de las últimas, cuando el astro ya estaba retirado: «Vino a ver el Masters a casa de unos amigos en Madrid, junto a Sergio Gil y yo misma. Y no se me olvidará nunca ese Seve sentado ante la tele mientras veía a un Tiger Woods en plena efervescencia, paseándose por las calles de Augusta, su torneo preferido. Es una de las cosas que a mí no me olvidarán nunca. Cómo le miraba y la nostalgia que le daba no estar allí».
