Publicado: mayo 2, 2026, 6:30 am
Para cualquier familia, el bienestar emocional de los hijos es la prioridad más absoluta, pero cuando esos niños conviven además con una enfermedad crónica, una discapacidad o un trastorno del neurodesarrollo, el colegio puede dejar de ser un lugar de aprendizaje para transformarse en un escenario de incertidumbre. Y a menudo, de inseguridad y sufrimiento. Según el último informe de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP) sobre el impacto social en la infancia, cuatro de cada diez niños con estas patologías refieren haber sufrido burlas o rechazo . En el caso de trastornos como el autismo, puede ser incluso más complicado, ya que en muchas ocasiones no es algo que la familia, los docentes o los compañeros hayan identificado como un trastorno. Tomás Monsalve, diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista (TEA) y TDAH, conoce bien ese sentimiento. Lo que comenzó como una etapa escolar tranquila se convirtió, tras una mudanza, en un «infierno» que duró diez años. «Esa gente me trataba como quería. Yo he sentido miedo al instituto», relata a ABC. Su caso ilustra una vulnerabilidad que no nace de la patología, sino de la mirada del entorno. Teresa González de Rivera, portavoz de Autismo España, explica que el autismo es a menudo una «discapacidad invisible» que genera grandes barreras. «Como sociedad entendemos que al niño con una discapacidad física evidente no se le acosa, pero al que se percibe como ‘raro’ se le sigue señalando », detalla. Esta exclusión suele ocurrir en los momentos menos estructurados, como el recreo o el comedor, donde el 52% de estos menores confiesa sentirse menos integrado . Para Tomás, la incomprensión llegaba incluso de quienes debían protegerle: «A veces me sacaban de clase sin motivo aparente, solo porque decían que mis nervios desestabilizaban la clase». Esta falta de recursos y sensibilidad —el 75% de las familias los considera insuficientes— puede llevar a los menores a situaciones límite de depresión y desesperación. «Llegué a pensar cosas que un chaval de 14 años no tiene por qué pensar», confiesa Tomás, quien subraya la importancia de que el profesorado sepa trabajar con cada alumno , tenga la condición que tenga. El papel de los padres como vigías emocionales es, por tanto, vital. Muchas veces, el estrés no se verbaliza, sino que se manifiesta en el cuerpo. Tomás recuerda cómo su padre, al principio, pensaba que sus ganas de no ir al centro eran una excusa para no estudiar, una reacción común en familias que, sin herramientas, se ven desbordadas por la burocracia y el sufrimiento de sus hijos. Detectar crisis de llanto, bloqueos o somatizaciones como dolores de barriga antes de ir a clase son señales de auxilio que no podemos ignorar. Acompañar a un niño vulnerable requiere validar sus sentimientos y enseñarle que la solución siempre empieza por hablar. «Lo primero es contarlo, no tener miedo», aconseja Tomás a quienes hoy pasan por lo mismo. La respuesta no debe ser la confrontación, sino la exigencia de planes de convivencia reales en los colegios. El objetivo es que ningún niño necesite un diagnóstico como escudo y que el sistema educativo sea, por fin, un lugar donde todos tengan el tiempo y el material adaptado que necesiten para participar, aprender y, sobre todo, sentirse seguros. Según la portavoz de Autismo España, para fortalecer la salud emocional del menor, es fundamental fomentar su autoestima en actividades fuera del colegio donde sus capacidades brillen por encima de su condición médica . Asimismo, resulta crucial mantener una comunicación constante y empática con el tutor para vigilar los tiempos de recreo y evitar la exclusión silenciosa. Si detectamos un rechazo frontal a ir al centro, es vital buscar ayuda profesional y apoyo en asociaciones de pacientes; compartir la carga con otros cuidadores reduce la soledad y nos ayuda a entender que no son «cosas de niños», sino señales de una ansiedad que requiere nuestra guía. Por último, debemos animar al menor a apoyarse en sus referentes positivos —ya sean abuelos, amigos o psicólogos—, recordándole siempre que su valor como persona es independiente de sus notas o de su diagnóstico.
