Publicado: agosto 16, 2026, 2:00 am
Desde hace unos años, existe un nuevo tipo de medicamentos que ha transformado por completo tanto el tratamiento de la diabetes como el abordaje del sobrepeso. Entre ellos, los dos más populares son Ozempic, fabricado por una empresa danesa, y Mounjaro, de sello norteamericano. El primero llegó a ser un absoluto número uno en ventas, hasta el punto de que Dinamarca, que estaba en plena recesión, pasó a los números negros gracias, casi en exclusiva, a los milagros financieros de este fármaco. Últimamente, la mayor eficacia de Mounjaro —que promete una pérdida de peso cercana al 20%— le está ganando la carrera comercial, aunque a la hora de la verdad los efectos de ambos son primos hermanos.
Su mecanismo de acción consiste en disminuir la glucosa en sangre —de ahí su uso original para diabéticos— e imitar a una hormona llamada GLP-1, que viene a ser el interruptor de la saciedad. Al usar el medicamento, le metemos un gol al cuerpo haciéndole creer que venimos de una boda. Además, retrasa el vaciado del estómago, con lo que la sensación de plenitud dura horas y, lógicamente, cerramos la boca.
Por supuesto, estos fármacos no son agüita de la fuente. Tienen efectos secundarios serios, entre los cuales destaca la pancreatitis, un problema potencialmente peligroso con el que uno puede acabar ingresado en el hospital.
Hay beneficio, pero también hay riesgo
En cualquier tratamiento hay que valorar el balance riesgo-beneficio. En este caso, la balanza está clarísima para personas con obesidad mórbida o sobrepeso severo, pero es bastante más discutible para quienes solo quieren perder seis u ocho kilos porque les da pereza ir al gimnasio o carecen de la disciplina necesaria para llevar un régimen.
Aunque el invento sea muy cómodo —un pinchazo a la semana y a otra cosa— y muy eficaz por la velocidad del proceso, este atajo le pasa factura a nuestro cuerpo. Hoy quiero hablaros de su efecto más visible y temido: el impacto en el rostro, bautizado de forma muy gráfica como «cara de Ozempic».
Por supuesto, la obesidad y el sobrepeso tienen sus propios efectos en el cutis —de los que ya hablaremos otro día, que hoy no toca—, provocados sobre todo por la mala circulación, lo que genera flacidez, bolsas y una piel cargada de toxinas.
¿Por qué envejece la piel?
Sin embargo, los regímenes exprés y el recorte drástico de calorías tienen una repercusión inmediata en la cara. Hay que tener en cuenta que la dermis es como la Cenicienta de nuestro organismo y que nuestro cuerpo es una máquina tacaña programada para ahorrar.
Cuando le quitamos la comida, entra en pánico y reserva los pocos nutrientes para los órganos vitales: el cerebro, el corazón o el hígado. A nuestra pobre piel, por muy importante que sea para nuestra vida social, la dejan a pan y agua, perdiendo toda su capacidad de recuperación.
El uso de la semaglutida y la tirzepatida hace que la piel se vuelva flácida, seca, apagada y arrugada. Al desaparecer la grasa rápidamente, que es el relleno que la sujeta por dentro, nos quedamos sin andamiaje. El efecto es clavado al de una tapicería que se despega de un mueble: la piel forma pliegues, se descuelga, desdibuja el óvalo de la cara y, para colmo del asunto, aumenta la papada.
La piel forma pliegues, se descuelga, desdibuja el óvalo de la cara
Las mejillas y las sienes se hunden, y las líneas de expresión se convierten en carreteras secundarias. Además, muchas usuarias notan una constante sensación de acartonamiento y un bajón de defensas en la piel que trae de regalo pequeñas patologías.
Cómo proteger la piel durante el tratamiento
Por eso es vital cambiar nuestra rutina cosmética, tanto si estamos haciendo una dieta estricta como si hemos optado por la vía rápida del pinchazo. La piel va a sufrir un estrés tremendo y una época de vacas flacas que se traduce en un envejecimiento acelerado a ojos vistas.
En estos casos hay que pasar a la artillería pesada con cremas más nutritivas, ricas en ácidos grasos insaturados como los aceites de rosa mosqueta, argán o cacay, para reconstruir esa barrera de la piel que se está desintegrando.
Debemos combinarlas con ceramidas y antioxidantes como la vitamina C o el ácido ferúlico, que frenen la degradación de los tejidos. Y, sobre todo, aliados como la centella asiática, el retinol o el bakuchiol, que obliguen a la piel a espabilar, regenerarse y combatir el envejecimiento.
Así conseguiremos quitarnos de encima los kilos que nos sobran, pero sin la mala pata de que, al mirarnos al espejo, parezca que hemos cumplido diez años de golpe.
