Publicado: agosto 15, 2026, 3:31 am
La historia de Kiwan Rad, una adolescente afgana de 16 años que acaba de comenzar una nueva vida en España, muestra lo que significa crecer cuando estudiar, elegir y soñar dejan de ser derechos garantizados. Cinco años pueden parecer poco tiempo en la historia de un país. En la vida de una niña, pueden significarlo todo.
Cuando los talibanes tomaron Kabul en agosto de 2021, Kiwan Rad tenía 11 años y cursaba quinto grado. Como tantas niñas de su edad, hacía planes para un futuro que entonces parecía posible: terminar la escuela, entrar en la universidad y convertirse en abogada. Hoy tiene 16 años. Si hubiera podido continuar normalmente sus estudios, estaría en décimo grado. Pero su vida tomó otro camino.
Antes del regreso de los talibanes, Kiwan recuerda una vida tranquila en Afganistán. Su padre había sido oficial de las antiguas fuerzas de seguridad afganas. Su madre trabajaba como profesora en una escuela pública y, al mismo tiempo, defendía los derechos de las mujeres y de la infancia. Kiwan estudiaba en una escuela privada junto a sus hermanos. “Tenía muchos sueños. Quería terminar la escuela, ir a la universidad y ser abogada”, recuerda.
Todo cambió en agosto de 2021. La familia tuvo que abandonar su casa y, durante un tiempo, esconderse en viviendas de familiares que habían salido del país. Kiwan dejó de poder acudir a su escuela. Pero no dejó de estudiar. Cerca del lugar donde se escondían había un curso educativo, y Kiwan comenzó a asistir clandestinamente junto a otras niñas. Estudiaban inglés y matemáticas.
Parece una escena difícil de imaginar desde España: niñas obligadas a esconderse para hacer algo tan cotidiano como abrir un libro, resolver un problema de matemáticas o aprender una nueva palabra en inglés. Y, sin embargo, esa experiencia forma parte de una realidad mucho mayor. Cinco años después del regreso de los talibanes, las adolescentes afganas continúan excluidas de la educación secundaria. Afganistán es el único país del mundo donde las niñas y las mujeres tienen prohibido acceder a la enseñanza secundaria y superior.
«Mientras algunas adolescentes del mundo se preguntan qué carrera elegirán, muchas afganas se preguntan si algún día podrán volver a entrar en un aula».
Detrás de las estadísticas hay millones de historias que rara vez llegan hasta nosotros. Kiwan conoce algunas de ellas. Tras salir de Afganistán, su familia llegó a Pakistán en 2023. Allí, su madre creó una escuela gratuita para estudiantes afganos refugiados. Kiwan, todavía adolescente, comenzó a enseñar inglés. También participó junto a su madre en actividades relacionadas con los derechos de las mujeres, colaboró con un medio de comunicación y dio clases online a niñas en Afganistán. Al mismo tiempo, continuó sus propios estudios. Mantenerse ocupada, cuenta, hizo que la vida en el exilio fuera algo más soportable.
No todas sus amigas tuvieron la misma oportunidad. Una historia continúa acompañándola especialmente. Una amiga de edad similar había llegado a Pakistán con la esperanza de seguir estudiando. Según relata Kiwan, la policía pakistaní la deportó a Afganistán. Una vez allí, temiendo a los talibanes y la posibilidad de ser obligada a casarse, acabó prometiéndose con uno de sus familiares. “Ella no sabía si debía estar feliz o triste, porque la elección realmente no estaba en sus manos”, cuenta Kiwan.
Esa frase resume una parte de la tragedia que vive esta generación. Privar a una niña de la educación no significa solamente cerrarle la puerta de un aula. Significa reducir sus posibilidades de independencia, limitar las decisiones que podrá tomar sobre su propia vida y hacer que su futuro dependa cada vez más de decisiones tomadas por otros. Mientras algunas adolescentes del mundo se preguntan qué carrera elegirán, muchas afganas se preguntan si algún día podrán volver a entrar en un aula.
Empezar de nuevo en España
El 3 de julio de 2026, Kiwan y su familia llegaron a España. Para ella comienza ahora otra etapa. Una de sus prioridades es aprender español para poder incorporarse plenamente a sus estudios, avanzar al mismo ritmo que otros jóvenes y recuperar, poco a poco, el futuro que imaginaba cuando era una niña en Afganistán. Pero llegar a un país seguro no borra automáticamente los años de desplazamiento.
Después de abandonar Afganistán, vivir como refugiados en Pakistán y volver a empezar en España, Kiwan asegura que su familia está agotada de las migraciones sucesivas. Ahora necesitan estabilidad.
“Necesitamos más tiempo y apoyo para aprender el idioma, adaptarnos a la nueva sociedad, encontrar las condiciones educativas adecuadas y poder valernos por nosotros mismos”, explica. Su petición a España es que comprenda la situación particular de las familias afganas que no abandonaron sus hogares por elección.
Kiwan recuerda que ella misma fue testigo de las presiones sufridas por sus padres y de las circunstancias que terminaron obligando a la familia a marcharse. No pide vivir eternamente de la ayuda de otros. Pide tiempo para aprender, estudiar, integrarse y poder construir una vida autónoma. Es una diferencia importante.
«Cada año que pasa nace una nueva generación de niñas que alcanza la edad en la que debería continuar su educación y descubre que la puerta está cerrada».
Cinco años no se pueden devolver
Cuando se habla de Afganistán desde fuera, cinco años pueden convertirse fácilmente en una fecha dentro de una cronología política: agosto de 2021, agosto de 2026.
Para Kiwan y para millones de niñas, esos cinco años tienen otra medida. Son cursos escolares que no se hicieron. Exámenes que nunca llegaron. Universidades a las que no pudieron presentarse. Profesiones que quedaron suspendidas. Amigas que tomaron caminos que quizá nunca habrían elegido en otras circunstancias. “Cinco años no son poco tiempo”, dice Kiwan. Y tiene razón.
La comunidad internacional ha condenado repetidamente las restricciones impuestas a las mujeres y niñas afganas. Pero las condenas, por necesarias que sean, no pueden convertirse en sustituto de la acción. Cada año que pasa nace una nueva generación de niñas que alcanza la edad en la que debería continuar su educación y descubre que la puerta está cerrada. El tiempo de la diplomacia puede ser lento. El de una adolescente no lo es. Una niña tiene 11 años una sola vez. Tiene 12 una sola vez. Tiene 16 una sola vez. Ninguna resolución futura podrá devolverle exactamente esos años.
Por eso, la petición de Kiwan a la comunidad internacional es sencilla: ir más allá de las declaraciones de preocupación y actuar. “Si estos cinco años no nos hubieran sido arrebatados, muchas niñas afganas ya habrían terminado la escuela o la universidad y estarían utilizando sus conocimientos para servir a su sociedad”, afirma.
El derecho a seguir soñando
A pesar de todo lo ocurrido, Kiwan intenta no vivir mirando únicamente hacia atrás. Quiere aprender español. Quiere continuar estudiando. Quiere construir una vida en el país que ahora la acoge. Y todavía conserva una parte de aquella niña de 11 años que quería convertirse en abogada.
También piensa en las que se quedaron. Su mensaje para ellas no habla de resignación: “No dejéis de esforzaros y luchar por vuestro futuro. No perdáis la esperanza. Ninguna oscuridad dura para siempre. La educación y la posibilidad de construir nuestro propio futuro son derechos de todas las niñas.” Quizá esta sea la cuestión que debería interpelarnos cinco años después.
No estamos hablando únicamente de Afganistán ni de estadísticas. Estamos hablando de qué ocurre cuando millones de niñas crecen mientras se les dice que sus hermanos pueden estudiar y ellas no; que otros pueden decidir su futuro y ellas deben esperar.
Pregunté a Kiwan cuál era su mayor deseo. Podría haber respondido que quería entrar en una buena universidad. Podría haber hablado de convertirse en abogada, aprender perfectamente español o construir una vida tranquila después de tantos años de incertidumbre.
Pero su respuesta volvió a Afganistán. “Deseo que algún día ocurra algo extraordinario en Afganistán y que todos podamos celebrar juntos la libertad, la justicia y la igualdad.” Para una adolescente de 16 años, eso sigue siendo un sueño. Para el resto del mundo, debería ser una responsabilidad.
