Kevin Vázquez: «En Islandia un kilo de pollo está a 30 euros» - Venezuela
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Kevin Vázquez: «En Islandia un kilo de pollo está a 30 euros»

Publicado: octubre 18, 2026, 10:30 pm

Cuando uno piensa en Islandia, se le vienen a la cabeza géiseres, auroras boreales, glaciares o playas de arena negra. Pero, en el caso de Kevin Vázquez, lo primero que le llevó allí fue el fútbol, aunque bien sabía que también cogía la maleta a un destino que iba mucho más allá de eso. A sus 33 años, y después de una larga trayectoria en el Celta, en la que llegó a ser capitán, y una última y corta etapa en el Sporting, en la que incluso también portó el brazalete, el lateral gallego decidió abandonar España para alejarse de la presión que le había acompañado durante buena parte de su carrera. Y se marchó al Thor islandés, donde ha descubierto otra manera de entender el fútbol, una vida más sencilla y un entorno que le ha permitido recuperar el gusto por las pequeñas cosas. «Quería salir del foco de España, de ese ruido mental que hay siempre con el fútbol y de esa excesiva presión en demasiadas ocasiones», explica el gallego a ABC. En Vigo había sido uno de los suyos, un jugador de la casa, con la responsabilidad añadida que eso supone. «No solo es la gente que te mete presión, sino que eres tú mismo», admite. Por eso necesitaba tomar distancia de un mundo en el que se había implicado emocionalmente hasta el extremo. Islandia le ofreció la posibilidad de vivir una experiencia diferente junto a su mujer, Ivette, licenciada en Biología Marina. Ambos querían conocer el país y consideraron que podía ser una buena oportunidad para empezar una aventura diferente. La calidad de vida y las condiciones del contrato terminaron de convencerlos: «Nos encajaba bastante la aventura». Una aventura que comenzó en agosto y que llega a su final el próximo fin de semana, con el equipo en plena pelea por la permanencia a falta de la última jornada, a la que llega con un punto de ventaja sobre la zona que marca el descenso: «Firmé cuatro meses más una temporada más, pero para seguir tenemos que mantenernos». Una de las cosas que más le ha sorprendido de su nueva vida en Islandia es la relación de los futbolistas locales con la profesión. En su equipo convive con compañeros que, además de entrenarse y jugar, deben trabajar como pintores, albañiles o cualquier otro oficio. Juegan en un equipo y una liga profesionales, pero no todos los integrantes de la plantilla lo son. Una realidad que le ha permitido recuperar una perspectiva distinta del fútbol profesional. «Es algo que me llena bastante. Volver a la humildad de decir que este juega porque le gusta, no solo porque es un negocio», señala. La diferencia con España también se aprecia en las dimensiones de los clubes, las instalaciones y el ambiente de los estadios. En Islandia existe pasión por el fútbol, aunque la manera de vivirlo sea menos ruidosa. Los aficionados y jugadores nativos son bastante más tranquilos que los españoles, algo que su mujer le ha hecho notar durante los partidos: «Juego con otro compatriota en el equipo y ella nos dice que se nota que somos españoles porque no dejamos de gritar en todo el partido». Su aventura tiene también un contexto económico peculiar. Su sueldo es similar al de uno de clase media de la Segunda División de nuestro país y reconoce que Islandia es un país caro, hasta el punto de que hacer la compra puede convertirse en una sorpresa desagradable para alguien acostumbrado a los precios españoles: «El kilo de pechuga de pollo cuesta 30 euros y un yogur griego, que en España cuesta dos euros, ronda aquí los ocho». El club, eso sí, le proporciona alojamiento y coche, y él se siente un privilegiado por el trato recibido desde su llegada. «El islandés es muy cercano y te da todo», afirma Kevin, que describe a los ciudadanos nórdicos como gente «muy receptiva y muy humilde». Su paso por el fútbol islandés también le ha permitido descubrir un país extraordinario. Durante este pasado parón de selecciones, su mujer y él recorrieron Islandia en coche, visitaron glaciares, buscaron zorros árticos y observaron focas y ballenas. Y, claro, disfrutaron de paisajes únicos, auroras boreales y aguas termales al aire libre, uno de los principales espacios de encuentro social de la población local. «Si te gusta la naturaleza, esto es espectacular. Ahora, el invierno debe ser muy duro. Solo el tema de tener apenas dos o tres horas de sol al día… Por eso también la liga para desde finales de octubre hasta abril». La aventura islandesa contrasta con una carrera que durante muchos años estuvo ligada al Celta. Kevin llegó a la cantera celeste con 16 años, después de pasar buena parte de su infancia en el Areosa. No lo hizo con la obsesión de convertirse en profesional. De hecho, recuerda que nunca tuvo el fútbol como un objetivo vital claramente definido. «Yo jugaba con mi hermano pequeño por diversión. Lo hacíamos hasta con balones invisibles en la puerta del bar que tenían mis abuelos. Ahí es cuando metía golazos», cuenta entre risas. Su infancia, en Nigrán y Baiona, estuvo marcada por la familia, el fútbol y una vida al aire libre. Su padre trabajaba en la factoría de Citroën y su madre era ama de casa. Kevin recuerda aquellos años como una etapa feliz, aunque sin grandes lujos. Las vacaciones familiares se redujeron a un par de veranos de viajes en coche, pero nunca sintió que le faltara nada esencial. «Fue una infancia espectacular», dice. En el Celta tampoco tuvo un camino inmediato hacia el primer equipo. Durante años permaneció en el filial, en una etapa en la que llegó a plantearse marcharse porque veía que otros compañeros avanzaban mientras él seguía esperando su oportunidad. Hubo temporadas complicadas, dudas y frustración. Pero también encontró entrenadores que confiaron en él y le animaron a tener paciencia. El salto al primer equipo llegó después de una larga espera, a los 25 años, y trajo consigo una recompensa económica que también le cambió la vida: «Mi primer contrato con el Celta multiplicó aproximadamente por seis lo que cobraba antes». Pero, más allá del dinero, el Celta representó la consolidación de una carrera que durante mucho tiempo ni siquiera había imaginado como posible. Solo se le quedó la espina de no haber podido disputar competición europea con el equipo de su vida. Tras seis temporadas y con un Claudio Giráldez que no contaba con él, en 2024 se marchó al Sporting, donde también dejó su huella, llegando a ser capitán, aunque solo estuviera un par de años en el club gijonés, donde sufrió la primera y única expulsión de su carrera: «A mí me gusta dar patadas, no lo niego», dice entre risas, pero «solo había visto muchas amarillas y nunca una roja». El futuro, una vez acabe su etapa en Islandia, no lo tiene decidido. Reconoce que su mujer ha hecho muchos sacrificios, dejando a un lado su carrera como bióloga marina para acompañarle allá donde él va, y por eso cree que jugará uno o dos años más, pero ya. Tiene el título de entrenador de nivel tres y contempla esa posibilidad para el futuro, pero también quiere retomar y terminar la carrera de Química, que dejó pendiente mientras avanzaba su trayectoria futbolística: «Tengo que aprobar aún asignaturas de varios cursos y calculo que podría hacerlo en un año y medio aproximadamente». De momento, su presente está en Islandia.

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