Publicado: septiembre 17, 2026, 3:00 am
La semana pasada estuvo en el país la ex primera ministra de Nueva Zelandia, Jacinta Ardern. Le había quedado a deber a México una visita en 2025, para presentar su libro, “A different Kind of Power”, pero ciertamente esta visita, en la que Ardern fijó su postura sobre cómo se debe gobernar, superó las expectativas de todos los asistentes.
Ardern propone revalorizar la política y un liderazgo completamente distinto al que hoy personifica Donald Trump y que vemos en cada vez más líderes en América Latina, Europa y el mundo entero. El de Jacinta es un liderazgo de sencillez, empatía, humildad, honestidad y sensibilidad. Una manera de ver la política y el servicio público en franca contraposición a la arrogancia, soberbia y rudeza de las y los narcisistas que, cada vez en mayor medida, llenan las boletas electorales tanto de partidos de derecha o izquierda.
Escuchar a Ardern es una verdadera bocanada de oxígeno. Transmite dos atributos que deberían ser esenciales en los políticos: la decencia y la calidad humana. Su mensaje es nítido y lleno de ejemplos de cómo el liderazgo desde el diálogo y desde la vocación de servicio es el antídoto a la polarización y el retroceso de la democracia. En las democracias de Occidente se ha normalizado la confrontación, la insolencia y la soberbia; escucharla es recordar que la política descansa en el diálogo, acercar posturas y en edificar, desde el respeto, soluciones conjuntas, que sean sostenibles y en las que se tutelen los derechos de todos.
Para ella, lo primero es la empatía, y además la ve como una fortaleza, no una debilidad. Considera indispensable para gobernar el conectar con los ciudadanos en sus necesidades, en los esfuerzos que realizan para salir adelante y en los retos que tienen para lograr mejores niveles de vida y bienestar. Solo entonces las políticas públicas responderán a lo que la sociedad demanda.
Ser amable es otra de las características que recomienda. Tratar a todos con respeto. No atacar a los políticos que son oposición buscando algo a partir de la destrucción del otro; más bien promueve la necesidad de construir un programa y una visión a partir de ideas concretas que den esperanza; propuestas realistas, basadas en evidencia, y no propuestas grandilocuentes, que ofrecen soluciones populistas, irresponsables, simples y rápidas a problemas multidimensionales, añejos y complejos.
Otro atributo que me llamó mucho la atención de su exposición es la humildad. La necesidad de reconocer sus propias limitaciones. La duda sobre si uno tiene la capacidad para lograr lo que los ciudadanos necesitan o el carácter para enfrentar los retos de una nación. A partir de esta reflexión constante se vuelve mucho más fácil escuchar, rodearse de expertos, construir soluciones con un abanico amplio de actores.
Es decir, el liderazgo que Jacinta Ardern puso en práctica como primer ministro, cuando apenas tenía 37 años, es la antítesis del inmenso ego con el que hoy se presentan tantos líderes ante los ciudadanos. Y uno se pregunta, ¿en qué momento ese ego, arrogancia y soberbia se volvieron tan redituables electoralmente para los políticos? ¿Cómo alguien con ese comportamiento puede tener carisma y ser votado por los ciudadanos?
Las democracias, en las que las victorias o derrotas en las urnas solían depender de la calidad del debate entre los candidatos, hoy tienen instituciones cada vez más frágiles, un deterioro importante en la capacidad de resolver los problemas de la gente, economías cada vez más desiguales y políticos que ante esta realidad han privilegiado la división, el miedo y el insulto como receta para llegar al poder. Lejos, muy lejos, del debate inteligente y propositivo que, según Ardern, debería ser la esencia de la política.
Hace dos semanas ganó el partido de extrema derecha alemán (Alternativa para Alemania), que arrasó en el estado oriental de Sajonia-Anhalt. Si bien es un estado pequeño en términos de su peso político y económico, su victoria marca un parteaguas brutal. El ascenso de la extrema derecha en Francia y España, así como la nueva derecha del Reino Unido, es igual de alarmante.
Más aún cuando, además de sus políticas extremistas, el tono y estilo de liderazgo de quienes están ganando en las urnas es exactamente el opuesto a lo que Ardern defiende. ¿Es ingenuo pensar que se puede gobernar con las cualidades que la neozelandesa considera esenciales?
El libro está dedicado a “Quienes lloran, se preocupan y abrazan”. No está dedicado a su esposo, ni a sus hijas. Es un libro para todas las personas que ella trató de abrazar ante los problemas de vivienda, salud, pobreza y otros que llegó a resolver, ante la tragedia del ataque a la mezquita musulmana de Christchurch en 2019, o todas las vidas que se perdieron en la pandemia del COVID, y otras muchas crisis que enfrentó los cinco años que dirigió su país. Está dedicado a seres humanos de carne y hueso que, lejos de los privilegios de unos pocos, se esfuerzan todos los días para salir adelante, y requieren de la solidaridad y el apoyo de sus comunidades y del Estado para llegar a vivir mejor.
