Publicado: enero 21, 2026, 3:30 am
El grupo de música Biznaga dice en su canción El entusiasmo: «Cuando el desencanto es tradición, el entusiasmo es una disidencia». Vivimos en un momento en el que intentar ser feliz parece una frivolidad, casi un chiste. Existe un lugar en el mundo, Bután, en el Himalaya, donde en 1972 su joven rey dijo: «La felicidad bruta es más importante que el Producto Interior Bruto» y, desde entonces, se han empeñado en conseguirla con el mismo ahínco que el resto del mundo intenta ganar dinero a espuertas con el petróleo, los minerales raros y el poder estratégico. Un trocito del mapa, del tamaño de la provincia de Almería, donde el Estado butanés pregunta a sus ciudadanos si son felices.
Imagínense que aquí el INE en vez de interesarse por a quién vamos a votar en las próximas elecciones, les preguntasen cuántas horas duermen, con qué frecuencia meditan o cuánto tiempo pasan en familia y en contacto con la naturaleza. Una felicidad basada en el bienestar psicológico, el uso equilibrado del tiempo, la cultura y las tradiciones, el medio ambiente y el buen gobierno, lo que algunos tacharían de agenda woke. Un pequeño paraíso en el que no existen semáforos en su capital y el tráfico está controlado por guardias que mueven sus brazos en una grácil coreografía. En un momento en el que Trump invade países y amenaza con hacerse con territorios por la fuerza, Putin coloniza Ucrania poco a poco y China tiene puesto el ojo en Taiwán, Bután se erige en un minúsculo oasis en medio del desierto actual, donde talar árboles está prohibido, incluso lo estuvo la televisión e internet por unos años. Pura ciencia ficción en un mundo donde la ciencia ficción se ha convertido en la realidad más cruda.
