Publicado: septiembre 22, 2026, 3:30 am
El presidente Trump acaba de declarar en Truth Social, su alocado boletín oficial, que ha asumido el control de Groenlandia. Antes, recordará el lector, había anunciado el fin de los ataques a la energía entre Rusia y Ucrania, la apertura del estrecho de Ormuz, la capitulación de Irán y, a la vuelta de la guerra del Golfo, la toma de la isla de Cuba. Y, un poco más atrás en el tiempo, el más conspicuo candidato al Nobel de la Paz que recuerda la historia nos trató de convencer, no menos de dos docenas de veces, de que Vladimir Putin quería la paz y de que la guerra de Ucrania estaba a punto de terminar.
Es difícil de entender que todavía tomemos en serio a un individuo así, que tiene por norma empezar cada día autoproclamándose el mejor presidente de la historia de los EE.UU. La inmodestia que muchos censuramos en Lamine Yamal, quizá pecado de juventud en un joven futbolista que se atreve a soñar con el balón de oro y comete la imprudencia de asegurar que lo merece más que nadie, en boca de Donald Trump resulta ridícula. Sin embargo, el magnate siempre consigue encontrar defensores. Cosas de la ideología cuando deja de ser una herramienta de análisis y se convierte en una religión.
Pero volvamos a Groenlandia. El acuerdo alcanzado parece el bálsamo de Fierabrás. Cura todos los males. Para Trump es una victoria personal, quizá a la altura de todas las guerras que asegura haber parado. Para Dinamarca, un triunfo de su diplomacia. Para Groenlandia, un reconocimiento de sus derechos. Para la OTAN, un respaldo de los EE.UU. a la defensa colectiva. Y, finalmente, para cualquiera que preste atención a lo que se ha filtrado de un acuerdo que todavía no se ha hecho público, agua de borrajas.
¿Por qué agua de borrajas? Porque, después de las amenazas militares de Trump, del despliegue urgente de un puñado de militares de ocho países europeos —España no, como viene siendo habitual— y de los aranceles de ida y vuelta impuestos y seguidamente cancelados por el magnate, lo que sabemos del nuevo pacto no se diferencia casi nada de lo establecido en el acuerdo de 1951 entre Estados Unidos y Dinamarca para la defensa de la isla. El derecho a establecer bases, construir instalaciones y desplegar tropas ya lo tenía Washington desde entonces y, si no se ha ejercido hasta ahora, es porque nadie lo ha creído necesario… por el momento.
No seamos injustos. El nuevo acuerdo —insisto en que no se ha publicado el texto y que solo sabemos de él lo que ha dicho Trump— sí parece tener algunas novedades. La mayoría son irrelevantes, como la renuncia de Dinamarca, miembro de la OTAN, a establecer en la isla bases militares de los enemigos de la Alianza. ¿En qué cabeza cabe que querrían hacerlo? ¿Concibe e lector que el Gobierno de España autorice una base militar china en Cádiz, justo enfrente de la de Rota?
La puerta abierta por el magnate se ha vuelto a cerrar, pero respetando la soberanía de Dinamarca, los derechos de Groenlandia y la imagen de la UE
Otras novedades, sin embargo, tienen mayor calado, sobre todo pensando en el largo plazo. Parece que Groenlandia se compromete a respetar el nuevo acuerdo incluso si decide convertirse en una nación independiente, algo a lo que tiene derecho. Se ha filtrado también que la diplomacia norteamericana ha logrado que se le reconozca formalmente el derecho a vetar las inversiones chinas y rusas en instalaciones estratégicas en la isla, lo que parece una compensación justa por los servicios prestados por los EE.UU.
Los logros, sin embargo, en absoluto responden a las expectativas de un presidente que quiere pasar a la historia como el mejor. La montaña —y eso es ya habitual en Donald Trump— ha vuelto a parir un ratón. Con todo, lo que no está de más es celebrarlo con fuegos artificiales. La crisis de Groenlandia ha finalizado y, en esta ocasión, no podemos decir que haya sido un cierre en falso. La puerta irresponsablemente abierta por el magnate se ha vuelto a cerrar, pero respetando la soberanía de Dinamarca, los derechos de Groenlandia y la imagen de la Unión Europea. ¿Por cuánto tiempo? Ahí está el problema. ¿Cuándo volverá Trump a dejarse llevar por el sueño de poner su firma a una nueva estrella en la bandera de los EE.UU.? Puestos a elegir, y sintiéndolo mucho por Lamine Yamal, yo casi preferiría que soñara con el balón de oro. A lo mejor su amigo Infantino puede, si no ayudarle a conseguirlo, al menos entregarle el trofeo FIFA al mejor presidente de la historia
