Publicado: abril 16, 2026, 6:00 pm
Tenía frente a mí a un hombre exitoso. Cincuenta y dos años, empresa propia, familia construida, agenda llena. Llegó a consulta como si acudiera a una reunión más, puntual, bien vestido, con respuestas preparadas.
Pero algo en su postura lo delataba. Esa forma de sentarse sin terminar de acomodarse. La mirada, más pendiente del suelo que de quien tenía enfrente.
Dijo que venía por “estrés laboral”. Que estaba más cansado que antes, que dormía mal, que había perdido las ganas de todo —de todo, repitió, y en ese “todo” cabía mucho más de lo que alcanzaba a nombrar—. Cuando le pregunté si su médico había revisado sus niveles hormonales, me miró con desconcierto.
—¿Hormonas? Eso es de mujeres, ¿no?
No lo es. Y ese malentendido —culturalmente arraigado, médicamente costoso— es, precisamente, de lo que quiero hablar hoy.
La soledad del silencio
La andropausia existe. Lo que no existe es la conversación pública sobre ella.
A diferencia de la menopausia —con sus clínicas especializadas, campañas de salud pública y una industria farmacéutica consolidada—, la andropausia opera en silencio. Sin un nombre compartido. Sin comunidad. Sin tribu. Sin elequivalente del grupo de WhatsApp donde las mujeres comparten sus sofocos y sus miedos y sus victorias. Los hombres, en cambio, suelen transitar este proceso hormonal en una soledad que la cultura masculina no solo tolera, sino que a menudo refuerza, y que puede tener consecuencias graves.
La palabra viene del griego: andras, hombre, y pausis, cese. Literalmente, el cese de ser hombre. Pero la etimología engaña. No hay un cese claro. A diferencia de la menopausia femenina —un proceso universal, relativamente abrupto y bioquímicamente definitivo—, el declive hormonal masculino es gradual, silencioso y acumulativo. No hay un interruptor que se apaga. Hay, más bien, un descenso progresivo que puede extenderse durante décadas.
Técnicamente, la medicina prefiere términos más precisos: hipogonadismo de inicio tardío (LOH, por sus siglas en inglés), deficiencia androgénica del adulto masculino (ADAM) o síndrome de déficit de testosterona. Nombres que, a pesar de su precisión, no han logrado lo que la palabra “menopausia” sí consiguió para las mujeres: normalizar la conversación.
Lo que dice la ciencia
La testosterona comienza a declinar a partir de los 30 años, a un ritmo aproximado del 1% anual. Esto significa que a los 70, un hombre tiene, en promedio, alrededor de un 30% menos que en su juventud. Pero no es solo una cuestión de cantidad, también cambia su disponibilidad. Con la edad aumenta la globulina fijadora de hormonas sexuales (SHBG), una proteína que se une a la testosterona circulante y reduce la fracción disponible para ejercer su función.
El European Male Aging Study, uno de los estudios más amplios sobre este fenómeno, sitúa la prevalencia del hipogonadismo de inicio tardío clínicamente confirmado en torno al 18.4% en mayores de 70 años. Entre los hombres de 30 a 79 años, la deficiencia androgénica sintomática afecta aproximadamente al 5.6%, una proporción que aumenta de forma sostenida con cada década de vida. Lo que más me importa como psiquiatra, sin embargo, no es el número hormonal. Es lo que sucede del cuello hacia arriba.
La testosterona no es únicamente la hormona del deseo sexual. Tiene receptores en el hipocampo, la corteza prefrontal y la amígdala, regiones implicadas en la regulación del estado de ánimo, la memoria, la respuesta al estrés y la capacidad de experimentar placer. Cuando sus niveles descienden, también cambia la química del cerebro.
Un estudio publicado en Frontiers in Endocrinology (2023) estima que entre el 35% y el 50% de los hombres con hipogonadismo presentan síntomas depresivos. Otro análisis clínico sitúa la prevalencia de trastornos depresivos en torno al 42% en este grupo de pacientes.
No se trata de una tristeza pasajera. Hablamos de anhedonia, la incapacidad de experimentar placer, uno de los síntomas más silenciosos y devastadores de la depresión. De irritabilidad que erosiona vínculos.
De niebla mental que mina la confianza. De una fatiga difícil de revertir.
La relación, además, es bidireccional. La depresión también puede suprimir la testosterona: el estrés crónico y la inflamación sistémica alteran el eje hormonal. Cuerpo y mente se retroalimentan en una espiral descendente muy complicada de interrumpir cuando nadie la nombra.
En México, ocho de cada diez suicidios corresponden a hombres. En 2022, la tasa masculina fue de 10.5 por cada 100,000 habitantes, frente a 2.3 en mujeres, según datos del INEGI. Hay otro dato que resulta imposible ignorar en la consulta: la ideación suicida es más frecuente entre los hombres de 40 a 49 años.
Es el mismo periodo en que el declive hormonal se vuelve clínicamente relevante para muchos. El mismo en que confluyen crisis conyugales, duelos parentales, transiciones laborales y el síndrome del nido vacío. Una acumulación de pérdidas que el sistema sanitario rara vez aborda de forma integral.
No digo que la andropausia cause el suicidio. Digo que la superposición no es casual y que ignorarla tiene consecuencias.
La masculinidad como barrera
Una revisión narrativa, publicada en 2026 en PMC, apunta a algo que cualquier psiquiatra que trabaja con hombres reconoce en la práctica clínica. Las normas de masculinidad hegemónica siguen siendo una barrera directa para buscar ayuda. Quienes asocian el malestar con debilidad tienden a retrasar la consulta, minimizar los síntomas y abandonar los tratamientos.
El hombre de mi consultorio, el empresario de cincuenta y dos años, llegó a hablar de tristeza bajo la coartada del estrés laboral, pues para muchos hombres el trabajo es un temaaceptable; no así el de sus emociones.
El diagnóstico exige dos condiciones: síntomas y confirmación bioquímica. Una sin la otra no basta.
Entre los signos más asociados al declive hormonal, la literatura describe una tríada sexual —disminución del deseo, menos erecciones espontáneas, disfunción eréctil—, a la que se suman manifestaciones físicas como fatiga persistente, pérdida de masa muscular, aumento de grasa abdominal y alteraciones del sueño, y síntomas psicológicos como depresión, irritabilidad y dificultades de concentración y memoria.
La confirmación se obtiene mediante la medición de testosterona en sangre venosa, idealmente entre las 7 y las 11 de la mañana y en al menos dos días distintos. Un valor por debajo de 300 ng/dL se considera un umbral de alerta, aunque el punto de corte exacto sigue en discusión.
Antes de atribuir el cuadro al declive androgénico, es imprescindible descartar otras causas frecuentes, como hipotiroidismo, depresión mayor primaria, apnea del sueño ydiabetes tipo 2.
La respuesta integrativa: más que una inyección
Aquí es donde la psiquiatría integrativa tiene algo que aportar, pues la pregunta no debería reducirse a si se prescribe testosterona o no.
El movimiento es una de las intervenciones más eficaces sin receta. El entrenamiento de fuerza puede estimular la producción endógena de testosterona; el ejercicio aeróbico contribuye a reducir el cortisol, una hormona que, en exceso, interfiere con el equilibrio hormonal. El sueño, además, es un factor crítico, ya que una parte significativa de la producción diaria de testosterona ocurre durante la noche, y trastornos como la apnea pueden alterarla.
La alimentación también influye. La obesidad visceral favorece la conversión de testosterona en estrógeno, y la deficiencia de vitamina D —frecuente en la población mexicana— se ha asociado con una menor producción hormonal.
Pero lo que más importa —algo que la medicina convencional sigue subvalorando— es la salud mental como parte del protocolo. Un hombre que atraviesa este proceso con acompañamiento psicoterapéutico, con redes de apoyo activas y con un sentido de propósito que no dependa exclusivamente del rendimiento laboral o sexual cuenta con recursos que ninguna intervención farmacológica puede sustituir.
La terapia de reemplazo con testosterona existe y, en casos de hipogonadismo confirmado, puede ser beneficiosa. Pero no está exenta de riesgos.
Algunos estudios recientes han señalado una posible asociación con síntomas depresivos y conductas de autolesión en determinados grupos, lo que obliga a una prescripción cuidadosa, basada en criterios clínicos y no como respuesta automática al malestar o al envejecimiento.
Una invitación
Al final de aquella primera consulta, le dije a mi paciente que lo que describía no era solo estrés. Que su cuerpo y su mente estaban hablando en un idioma que merecía ser escuchado. Le pedí análisis. Le pregunté por su sueño, por su alimentación y por aquello que todavía lograba entusiasmarlo.
¿Por qué no entender la andropausia como una invitación a cuestionarse qué tipo de hombre quiere ser uno en la segunda mitad de la vida? Quizá con más claridad, con más conciencia. Quienes atraviesan ese proceso acompañados, informados y con apoyo profesional descubren que no es necesario seguir cargando con versiones rígidas y agotadoras de sí mismos.
Sigamos dialogando: puede escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.

