Publicado: julio 10, 2026, 9:00 am

Damián Trujillo tiene 13 años y, desde que llegó al refugio donde ahora vive con su tía, casi no habla del terremoto. Prefiere jugar fútbol.
Pasa buena parte del día en una cancha improvisada junto a otros niños que, como él, también perdieron sus hogares después de los fuertes terremotos que hace dos semanas sacudieron el norte de Venezuela.
Su tía, Mercedes Osul, cuenta a CNN que desde que perdió a su madre, Damián evita hablar de lo ocurrido. “Mi sobrino no ha querido conversar sobre eso. Él lo que hace es puro jugar, jugar”, dice.
Damián perdió a su madre cuando el edificio donde vivían en Caraballeda, en el estado costero de La Guaira, se derrumbó durante el doble terremoto. Ahora vive con su tía Mercedes, que asumió el cuidado de él y de su hermana María, además de sus dos hijas propias.
La historia de Damián es una de las miles que se repiten en los refugios temporales habilitados tras la emergencia que ha dejado a una enrome cantidad de familias desplazadas. Mientras los adultos buscan cómo reconstruir sus vidas, los niños enfrentan otro desafío: aprender a convivir con el miedo, el duelo y la incertidumbre sin dejar de ser niños.
El juego como herramienta para sanar
Mientras Damián prefiere pasar las tardes jugando fútbol, su hermana María, de 10 años, revive una y otra vez el momento en que perdió a su madre. “Mi mamá sí estaba ahí, tía”, le repite constantemente a Mercedes. Desde entonces, dice su tía, la niña está más ansiosa, se sobresalta con cualquier ruido y busca refugio en los dulces.
Los especialistas explican que no existe una única manera de afrontar una experiencia traumática.
“Los niños, niñas y adolescentes son los primeros y más afectados, puesto que se exponen a vulnerabilidades y privaciones tanto sociales, psicológicas como físicas”, explica a CNN Manuel Rodríguez Pumarol, representante de UNICEF en Venezuela.
Por eso, en varios de los refugios funcionan los llamados Espacios Amigables para la Infancia, donde psicólogos y trabajadores sociales acompañan a los menores a través de actividades recreativas y grupales. El objetivo, explica Rodríguez Pumarol, no es que hablen inmediatamente sobre lo ocurrido, sino ofrecerles un entorno seguro para comenzar a procesarlo.
“A través del juego y de dinámicas grupales, los niños pueden comenzar a expresarse, comenzar a sacar el estrés y trauma que ha provocado esta catástrofe y comenzar también a tener esa sensación de seguridad que han perdido”, señala.
Ese acompañamiento también alcanza a los adultos que están a cargo de ellos. Cuando Mercedes contó que Damián evitaba hablar de la muerte de su madre y prefería pasar el día jugando fútbol, la psicóloga del refugio le recomendó no obligarlo a hablar. “Me dijeron que lo dejara drenar, que esa es una forma de drenar”, recuerda.
El desafío de reconstruir una infancia después del desastre
Un desastre de esta magnitud suele alterar la vida cotidiana de miles de niños. Algunos dejaron sus casas, otros perdieron familiares y muchos tuvieron que adaptarse a un nuevo entorno lejos de la rutina que conocían.
En los refugios temporales, el reto no es solo garantizar que tengan un lugar donde dormir o recibir comida. También implica ayudarlos a recuperar espacios de seguridad, juego y aprendizaje mientras sus familias buscan una solución más estable.
Unicef estima que unas 650.000 personas podrían requerir asistencia tras los terremotos, entre ellas alrededor de 234.000 son niños y niñas. Según Rodríguez Pumarol, dentro de ese grupo hay menores que perdieron sus hogares o familiares, pero también están aquellos que, aunque no sufrieron daños directos en sus casas, quedaron afectados por la interrupción de servicios esenciales como agua potable, atención médica o vacunación.
“El terremoto les ha quitado mucho a esos niños y niñas y nuestro rol es garantizar que no les quite su futuro”, señala Rodríguez Pumarol.
Parte de ese futuro depende también de que puedan volver a la escuela. El representante de Unicef explica que algunos campamentos temporales funcionan en centros educativos y que se trabaja para que esos espacios puedan ser liberados antes del inicio del próximo año escolar.
Pero recuperar la rutina no significa que el miedo desaparezca de inmediato. Rodríguez Pumarol dice que muchos niños siguen enfrentando miedo y ansiedad después del terremoto. Algunas familias cuentan que sus hijos tienen dificultades para dormir o prefieren permanecer despiertos hasta la noche por miedo a que vuelva a temblar.
“Se quedan jugando hasta avanzadas horas de la noche por temor a que al dormir pueda ocurrir algo”, dice Rodríguez Pumarol.
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