Publicado: julio 19, 2026, 8:30 am
Las agujas del reloj marcan el mediodía en Alella. Faltan apenas unas horas para que dé comienzo la gran final del Mundial ante Argentina. En este rincón del Maresme, flanqueado por colinas tapizadas de viñedos y con el mar Mediterráneo recortando el horizonte, el ambiente dista mucho del bullicio ensordecedor que suele acompañar a las grandes citas del fútbol internacional. No hay avenidas cortadas, ni plazas inundadas de camisetas, ni un clamor unificado que retumbe entre las paredes de piedra de su casco antiguo. El pueblo natal de Marc Cucurella, el lateral zurdo que ha conquistado el carril izquierdo de la selección, se prepara para el partido más importante de su historia contemporánea, pero lo hace con una calma desconcertante. De puertas para adentro. El verano en el Maresme invita al paseo, pero hoy las calles de Alella presentan un aspecto semidesierto. Quien camine a estas horas por la Riera Principal, busque cobijo en la iglesia de San Félix o se acerque a la plaza del Ajuntament se encontrará con el eco de sus propios pasos. El sol castiga el asfalto y la quietud solo se rompe por el zumbido lejano de los aparatos de aire acondicionado que trabajan a pleno rendimiento en las fachadas de las casas. «A mí no me gusta el fútbol ni la política», explica Ramonet, que a sus 74 años descansa en un banco cercano a la calle en la que viven los padres de ‘Cucu’. «Alguna vez le he visto por las calles», asegura, antes de confesar: «Soy del Barça, pero quiero que gane España. Soy catalán y soy español». Esta estampa de tranquilidad no es casual. Responde a la propia fisonomía de un municipio de rentas medias-altas, donde la vida tiende a concentrarse en la privacidad de los jardines, las urbanizaciones que trepan por la montaña y los patios interiores. Pero, sobre todo, refleja una realidad sociopolítica compleja y de equilibrios delicados. Alella es un pueblo con una identidad catalanista fuertemente arraigada, donde los símbolos políticos locales conviven de forma selectiva con el éxito deportivo global. En la plaza del Ayuntamiento hay un expositor de ‘Aliança Catalana’, partido político español fundado en 2020, de ideología nacionalista catalana y calificado de extrema derecha por sus posiciones antiinmigración, aunque el partido rechaza la etiqueta. Josep Maria Prat, presidente comarcal del Mareme, atiende a ABC, aunque rechaza hacerlo en castellano. «Cucurella hace años que juega fuera de Cataluña pero ha nacido aquí y formado en el Barça», explica el dirigente político, que no está excesivamente entusiasmado con la final: «Qué gane el mejor ¿Nervios? No especialmente». Desde su partido añaden que lo verán en casa «con la familia y los animales». En los balcones no cuelgan banderas rojigualdas. Tampoco ‘esteladas’. La prudencia y el respeto a la pluralidad ideológica de los vecinos imponen un código no escrito de neutralidad en el espacio público. El orgullo por el triunfo de Cucurella, un chaval que corría por estas mismas calles antes de dar el salto a la élite, es unánime, pero la forma de canalizarlo evita la ostentación colectiva en las plazas. Aquí, el fútbol se procesa en el ámbito estrictamente privado. Llegando a la plaza Antoni Pujades vemos la única camiseta hasta el momento. Pero es de Argentina. Un padre y su hijo lucen el nombre de Messi en la espalda. Prefiere mantener el anonimato y no hacer declaraciones, pero se siente sorprendido por la escasa implicación de Alella en esta final, algo que extiende a la comarca. «No os puedo entender, preferís que gane Messi a España. Eso igual nos da más energía positiva a nosotros», afirma con un marcado acento rioplatense. Los pocos vecinos que cruzan el centro histórico caminan a paso ligero. La consigna es clara y se repite en cada conversación fugaz: el partido se ve en casa, en familia o con el núcleo duro de amigos. Es el sofá del hogar el lugar elegido para contener el aliento, lejos de las miradas ajenas y de la exposición que supondría una pantalla gigante en mitad del pueblo, una opción que ni las autoridades ni las entidades locales han considerado necesaria para la jornada de hoy. Roger pasea en patinete junto a su madre. Luce orgulloso la nueva camiseta del Barcelona. Su ídolo es Pedri. «Ganará España. Veré la final en casa de unos amigos. Estoy bastante nervioso y tengo ganas de que llegue el partido», asegura algo cohibido ante la cámara. «Sé quién es Cucurella pero nuca lo he visto en persona. Si le veo le pediré una foto». Y concluye con una sonrisa pícara: «Me parece muy mal que haya fichado por el Real Madrid». Mientras, al lado se para una señora para explicarnos fuera de cámara que «este municipio es independentista, no han montado nada, ni pantallas ni nada». Amparada en el anonimato reconoce que «la gente lo verá mayoritariamente en sus casas; además, hay muy pocos sitios que lo ofrezcan». El Casal d’Alella, estampa de calma inesperada, escenifica cómo se vive el Mundial en este municipio de 10.000 habitantes. La histórica entidad cultural, nacida a principios de los años setenta y convertida en el verdadero motor festivo y popular del municipio, mantendrá sus puertas ajenas a la fiebre del fútbol. En el interior del edificio de la calle Santa Madrona, el murmullo habitual de su emblemático bar social dará paso al silencio. Su sala escénica, que habitualmente cobija obras de teatro, conciertos íntimos y debates ciudadanos, permanecerá a oscuras, con sus butacas recogidas. A pesar de su arraigada trayectoria organizando citas comunitarias, la junta ha decidido no programar ningún tipo de actividad extraordinaria ni pantallas para el partido. Sin embargo, la iniciativa privada se ha encargado de cubrir ese vacío para los más entusiastas. En las instalaciones del Club Alella Sistres, el restaurante La Gravella ha colgado el cartel de ‘completo’ tras anunciar que dispondrá de dos pantallas para seguir la final, convirtiéndose en uno de los puntos neurálgicos de la jornada. Curiosamente, su propietario, Juan Martín, es argentino. Y ha decidido verlo en casa para masticar los nervios en solitario. Nos atiende Roser, su esposa, que destaca que «hemos dado fiesta a todos los trabajadores argentinos y españoles que tenemos para que puedan disfrutar de la final». Especializados en comida casera y a la brasa, La Gravella prevé un público mayoritariamente español, aunque «no descarto que haya alguna camiseta argentina». «Cucurella viene a veces a comer a nuestro restaurante», explica Roser mientras en la barra del bar se libra un debate futbolístico entre tres camareros. El personal está ultimando todos los detalles previos a la final. Tienen una gran pantalla esquinada al final del locar y una pantalla de proyección que se desplegará dentro del restaurante. A pesar del desierto de las aceras, la liturgia del fútbol encuentra sus pequeños templos de resistencia. No todo el pueblo se ha acuartelado en sus domicilios. En el núcleo urbano, un par de bares de toda la vida rompen la tónica general y ejercen como imanes para los aficionados que buscan el calor de la barra. En las pizarras exteriores, donde habitualmente se anuncian las tapas del día o los vinos de la Denominación de Origen Alella, hoy se lee con tiza un menú único diseñado para la ocasión: bocadillos rápidos, raciones para compartir y pantallas encendidas desde la previa. A medida que el sol empiece a caer y las sombras se alarguen sobre los campos de cepas que rodean el pueblo, la desconexión entre el espacio público y el privado se irá haciendo más evidente. Las persianas de los comercios cerrados blindarán las calles, mientras que a través de las ventanas entornadas de las viviendas unifamiliares comenzarán a intuirse los destellos azules de los televisores encendidos. Alella aguarda la final. El pueblo natal de Cucurella ha decidido vivir la cuenta atrás en la intimidad, guardando la euforia y los gritos para el momento en que el árbitro señale el final y, tal vez, la historia del fútbol recuerde para siempre este pequeño rincón del Maresme.
