Publicado: octubre 20, 2026, 9:00 am
Nunca habíamos sabido tanto sobre relaciones. Hoy cualquiera maneja términos que hace unos años pertenecían casi exclusivamente al ámbito clínico o terapéutico: narcisista, evitativo, dependiente, tóxico, trauma, apego ansioso, red flag, responsabilidad afectiva… Aparentemente, con toda esta retahíla de conocimiento deberíamos estar relacionándonos mejor que nunca. Pero parece que no es así. Las redes sociales están llenas de este vocabulario y lo hemos incorporado con una facilidad pasmosa a nuestra manera de interpretar las relaciones.
El problema aparece cuando utilizamos esos conceptos principalmente para definir al otro y dejamos fuera de la ecuación nuestra propia manera de relacionarnos. Así encontramos discursos del tipo «pon límites», «aléjate de personas así» o «no permitas que te traten de esa manera». Y, por supuesto, hay situaciones en las que eso es absolutamente necesario.
Si alguien no me trata bien, su comportamiento no es mi responsabilidad. Pero sí me corresponde observar qué hago yo ante esa realidad, y qué me estoy contando que me impide tomar determinadas decisiones. Ese es, para mí, el paso que muchas veces falta. Porque saber que alguien es evitativo, narcisista o tóxico puede ayudarme a comprender determinados comportamientos, pero centrarme en señalar al otro me va a despistar del verdadero foco: darme cuenta de qué me está contando esta relación sobre mi, sobre mis carencias, sobre mis miedos, sobre mis creencias. Y ahí es donde el conocimiento psicológico debería servirnos para algo más que para colocar etiquetas.
Así que de lo que se trata en realidad es de comprender que cualquier relación en la que participo contiene información sobre mí. Pero no se trata de culpabilizarme por estar viviendo una determinada relación. Lo importante es no desaprovechar la información que esa experiencia me está dando sobre mí.
El peligro de poner etiquetas
Y ojo, que no digo yo que poner una etiqueta no tenga algo de tranquilizador. Ordena lo que ocurre. Pero en realidad no deja de ser una cortina de humo, desde la cual yo voy a empezar a filtrar lo que ocurre en la relación. Por ejemplo, si concluyo que mi pareja tiene apego evitativo porque siento que no se compromete y que no está tan encima de la relación como yo, puedo correr el riesgo de centrarme en esa crítica, creer que he tenido mala suerte y obviar el hecho más importante de todos: darme cuenta de que seguramente yo soy una persona que necesita reafirmarse a través del otro y voy a entrar en ansiedad cada vez que se aleje. Eso es lo que voy a tener que trabajar si quiero encontrar relaciones diferentes.
Además, hay otra deriva de todo esto que veo cada vez más en consulta. Y es cómo todo este lenguaje psicológico también ha entrado de lleno en las conversaciones de pareja. Frases como «eso es tu herida», «estás proyectando», «eso te pasa porque tienes apego ansioso» o «tienes que trabajar tus inseguridades» pueden sonar muy conscientes y, sin embargo, utilizarse para invalidar lo que el otro siente o para evitar hacerse cargo de la propia parte.
El conocimiento psicológico puede ayudarnos a comprender mejor una relación, pero también puede convertirse en una forma bastante camuflada de tener razón. Ahí es cuando el ego se sofistica, vestido de consciencia y lo único que hace es reforzar la misma estructura desde la que nos veníamos relacionando.
Por eso, insisto, tenemos que hacer una distinción importante: manejar términos y teorías psicológicas no es lo mismo que experimentarte en una relación desde la conciencia. Saber que una persona tiene apego evitativo puede ayudarme a entender por qué se distancia. Tener conciencia implica observar qué ocurre en mí cuando se distancia, qué hago ante ello, qué necesito, qué interpreto, qué espero y qué decisiones tomo o no tomo. Una cosa me da información sobre el otro. La otra me incluye a mí en lo que estoy viviendo.
Cada persona y su contexto
Y cuando empiezas a mirar las relaciones desde ese lugar, también dejan de tener sentido todos esos discursos que necesitan convertir al otro en el enemigo: hombres contra mujeres, evitativos contra ansiosos, víctimas contra tóxicos. Porque en cuanto reduzco a la otra persona a una categoría, dejo de verla como alguien con su propia historia, sus propios miedos y su propia manera de relacionarse, y vuelvo a colocarme fuera de la experiencia.
Así que ni hombres ni mujeres. Personas. Toda relación llega a tu vida para ayudarte con tu propia evolución interna. Te guste esa relación o no. Ya lo decía Alejandro Jodorowsky: “Estamos irresistiblemente atraídos por quien va a darnos los problemas que necesitamos para nuestra evolución”.
Y de eso se trata al final: de dejar de poner la mirada en los demás y empezar a ponerla en mi mapa y en mis procesos internos. Eso es lo que verdaderamente va a tener un impacto positivo y evolutivo en tu vida y en tus relaciones.
Hace más de dos mil años, en Delfos, una máxima resumía en apenas tres palabras algo que seguimos intentando aprender hoy: «Conócete a ti mismo». Quizá no hayamos avanzado tanto como creemos.
