Publicado: mayo 21, 2026, 3:30 pm
Julius Smith, antiguo mayordomo de la Casa Real, estuvo durante más de 35 años dedicado a la familia real británica. Cómo es la vida en palacio resulta una de las cuestiones más atractivas en torno a Carlos III y los suyos, y cómo no, en relación a cómo vivió Isabel II sus 96 años.
Smith, fundador de Regal Afternoon Tea, ha hecho unas declaraciones al periódico Daily Mail, en las que detalla montones de anécdotas relacionadas con las manÃas, preferencias, gustos y costumbres de la familia real más protocolaria de Europa. De hecho, Carlos y Camila tienen a su servicio unos cien mayordomos.
Sus palabras sirven, asimismo, para desmontar ciertos mitos sobre lo que a primera vista parece rigidez, abundancia y lujos.
Lejos de los festines interminables, el actual monarca británico tiene un perfil culinario más austero. Según Smith, Carlos III «no es un gran comedor» y prefiere platos ligeros y simples frente a recetas demasiado elaboradas o excesivamente contundentes.
Té con miel ya servida
El rey suele saltarse el almuerzo y sustituirlo por un té de la tarde cuidadosamente preparado. No hay espacio para improvisaciones. El servicio debe anticiparse a cada detalle sin necesidad de preguntas innecesarias. Su té Earl Grey o de camomila, por ejemplo, debe llegar siempre con la miel ya incorporada.
En la realeza no se trata de preguntar constantemente qué desea alguien, sino de saberlo antes de que lo pida», explica el Smith.
No todos los menús reales resultaron precisamente convencionales, cuando estaba él. Smith recuerda especialmente un almuerzo oficial en el que los invitados descubrieron que el plato principal era una inesperada terrina de ardilla.
A Isabel II le gustaba el pan blanco con mantequilla y mermelada
Según relata, varios comensales se declararon vegetarianos de forma casi inmediata cuando se anunció el menú, mientras algunos platos regresaban prácticamente intactos a cocina. El exmayordomo sostiene que, eso sÃ, Carlos III detesta las sorpresas gastronómicas.
Sobre Isabel II, también desmonta muchos tópicos. Smith asegura que la reina sentÃa auténtica debilidad por algo tan sencillo como pan blanco con mantequilla y mermelada. PreferÃa comidas pequeñas, clásicas y reconfortantes antes que grandes banquetes. Y aunque durante años circularon rumores sobre su supuesta rutina diaria de ginebra y Dubonnet antes del almuerzo, el antiguo mayordomo niega que el alcohol formara parte habitual de su dÃa a dÃa. Según él, quien sà tenÃa fama de disfrutar más de este tipo de aperitivos era la Reina Madre, Isabel que murió cumplidos los 100 años.
Smith asegura que la monarca adoraba el cotilleo y tenÃa una estrategia muy particular para animar la conversación en la mesa: ordenar que las copas de vino de los invitados se rellenaran constantemente.
El vino amenizaba las comidas
Incluso cuando alguno intentaba frenar al camarero tapando la copa con la mano, ella insistÃa divertida en que el vino se sirviera «entre los dedos». Una escena que, según el exmayordomo, provocaba que las sobremesas fueran cada vez más animadas.
Isabel II acostumbraba a añadir una rodaja de limón a la taza, un gesto que rápidamente imitaban muchos invitados por pura deferencia hacia la soberana. «Si es suficientemente bueno para la reina, es suficientemente bueno para todos», resume Smith sobre aquella curiosa tendencia palaciega.
Felipe de Edimburgo adoraba las crêpes dulces
En cuanto al prÃncipe Felipe, el marido de Isabel II tenÃa debilidad por los postres clásicos y generosos. Entre sus favoritos destacaban unas crêpes rellenas de crema espesa, mermelada de fresa y fresas frescas espolvoreadas con azúcar. Un dulce sencillo, pero absolutamente irresistible, según quienes tuvieron ocasión de preparárselo.
Smith recuerda especialmente la ocasión en la que tuvo que pedirle a un rey extranjero que dejara de fumar durante una recepción oficial porque estaba prohibido hacerlo en interiores.
El monarca reaccionó con humor y elegancia, preguntando si podÃa dar «una última calada» antes de apagar el cigarrillo. Pero, el exmayordomo también recuerda a un conde alemán que, molesto por la norma antitabaco, apagó bruscamente el cigarro y sentenció: «Si lo hubiera sabido, no habrÃa venido».
