Publicado: febrero 5, 2026, 9:00 am
En México la fila no siempre es una herramienta de orden: a veces es un método de racionamiento. La ventanilla enseña una lección temprana: si esperas, quizá te toque; si pagas, casi seguro. El problema no es que existan filas, sino que la espera se vuelva una forma de cobro: un copago en tiempo, invisible en el presupuesto pero muy real en la vida.
En otros lugares esa lógica se vende con franqueza. El “pase rápido” no se compra la atracción: se compra el derecho a no esperar. Se compran minutos y en una sociedad desigual, los minutos son una moneda dura.
Y luego está la imagen más mexicana: el tren. Hay servicios de salud que no operan como derecho garantizado sino como oportunidad intermitente. No es “pase por aquí con su turno”; es “aproveche cuando pase”. Como si el acceso funcionara por ventanas: hoy hay jornada, mañana quién sabe.
Y conviene afinar la metáfora: ese tren no trae un solo logotipo. A veces llega con emblemas públicos; a veces con vagones privados; a veces como arreglo híbrido —fundaciones, empresas, hospitales y autoridades— que se acoplan para mover el rezago. La filantropía se presenta como suma por altruismo, y muchas veces lo es; pero cuando la atención regular no sostiene continuidad, esa suma termina operando como sustitución práctica: no reemplaza por intención, sino por necesidad.
Hay una cultura del tiempo escondida en la imagen: no es lo mismo esperar el tren que tomarlo con horario. Cuando no hay horario, la vida se acomoda al sistema; cuando lo hay, el sistema se acomoda a la vida. Esa previsibilidad también es una forma concreta de derecho.
Pero falta una figura decisiva: el que paga por adelantado para no esperar. No compra la cirugía; compra la certeza. El seguro privado funciona como un “pase anual”: una cuota periódica para que el tiempo no se vuelva castigo. Donde el sector público raciona con fila, el seguro privado raciona con contrato: red, autorizaciones, deducible, coaseguro.
Con esa imágenes —fila, tren, pago al momento y prepago— se entiende por qué la atención médica, aun cuando existe en papel, puede convertirse en dilema doméstico. Y ahí aparece la pregunta que divide familias: ¿esperamos o pagamos?
Hasta aquí parece un comentario costumbrista, pero la espera tiene historia. La fila no es “natural”: es una tecnología social. Entrena cuerpos a obedientemente aceptar la demora como normalidad. En México el reloj público suele ser asimétrico: puntual cuando cobra (vencimientos, recargos, multas) y elástico cuando debe responder (trámites, citas, cirugías). Cuando el dinero no alcanza -o no se quiere gastar-, se raciona con espera. Ese racionamiento se paga en vida cotidiana.
La catarata es un caso casi perfecto para ver esta política del tiempo en acción. Es predecible porque acompaña al envejecimiento, y México envejece. Es tratable porque la cirugía está estandarizada y suele ser de corta estancia. Y sin embargo, la experiencia de muchas personas no es la de una ruta clara, sino la de un régimen de tiempos: esperar a que el sistema programe, pagar para comprar una fecha, o pagar por adelantado para no esperar. En el fondo, el dilema no es clínico: es político y distributivo. No decide quién se opera; decide quién puede dejar de esperar.
Conviene explicar de qué padecimiento hablamos. La catarata es la opacificación del cristalino, la lente natural del ojo. No es “mugre” ni una membrana superficial: es pérdida de transparencia en una lente interna. Por eso no es solo “ver borroso”, sino ver con menos contraste: encandilamiento, halos nocturnos, colores apagados, letra pequeña difícil, escalones inseguros. La catarata no duele; por eso se normaliza. Pero normalizarla reduce el mundo de quien la padece.
Otro punto básico: la catarata no se revierte con gotas. Cuando ya afecta la función de la vista, la solución efectiva es quirúrgica: retirar el cristalino opaco y sustituirlo por un lente intraocular. El procedimiento es breve y ambulatorio, pero depende de una coreografía completa: preparación, medición, insumos, quirófano y seguimiento.
Aquí aparece una pieza crucial: la biometría ocular. Bien hecha, permite calcular la potencia del lente intraocular para ese ojo. Y esto importa porque muchas personas llegan con catarata y miopía, hipermetropía o astigmatismo; además, en la mayoría la presbicia ya está presente. Por eso conviene quitar una expectativa falsa: la cirugía puede recuperar visión, pero no necesariamente “quita los lentes”.
Los implantes de lentes monofocales (los más usados en el sistema público), escogen un solo punto de enfoque, a menudo para visión de lejos, pero no responden a una biometría ocular de la persona. El resultado puede ser excelente para moverse con seguridad, pero lo más frecuente es seguir usando lentes para lectura y, si hay astigmatismo, quizá también para afinar visión de lejos. La cirugía puede terminar en una prótesis dentro y otra fuera. Y ahí aparece la diferencia entre “resolver catarata” y “recuperar autonomía”.
Con biometría cuidadosa, la cirugía puede acercar al paciente a una visión más autónoma: reduce el remanente refractivo y evita el “vemos, pero no del todo”. Pero esa precisión no circula igual. En el sector público suele garantizarse el evento -retirar la opacidad- y la refracción fina queda afuera: lentes, revisiones, ajustes. La catarata se resuelve; la autonomía se delega, casi siempre a la familia.
También hay que hablar de riesgos con honestidad. La gran mayoría de cirugías salen bien, pero existen complicaciones posibles: inflamación, aumento de presión ocular, edema corneal, sangrado y, rara vez, infección. Semanas o meses después puede aparecer una “neblina” secundaria (opacidad de la cápsula posterior) que suele resolverse con rayos láser cuando están indicados. Por eso el seguimiento no es un detalle: es parte del tratamiento.
El estudio Carga Mundial de la Enfermedad 2023 (GBD por sus siglas en inglés) sugiere que el número de personas con catarata en México pasa de alrededor de 600 mil en 1990 a cerca de 1.7 millones en 2023. Leído sin tasas, parece una explosión. Pero al mirar tasas por población, el dramatismo baja: no es una epidemia nueva, sino el acompañante previsible del envejecimiento. Envejecimiento y catarata avanzan en paralelo.
Esa distinción cambia el diagnóstico político. Si lo que aumentara fuera la tasa, discutiríamos causas nuevas. Pero si lo que crecen son los absolutos por envejecimiento, estamos ante una demanda programable. Y lo programable no debería gobernarse con azar. Si la demanda crece al ritmo del envejecimiento, la capacidad quirúrgica debe crecer al mismo ritmo; si no, el rezago no es accidente.
Por eso proliferan las jornadas para “aligerar listas”. Pueden servir: mueven volumen, liberan presión, muestran capacidad técnica. Pero también son síntoma. Si la solución depende de que “pase el tren”, la salud se vuelve evento. Y cuando la salud se vuelve evento, aparece la desigualdad del enterado: quien tiene más redes se entera antes, insiste mejor, llega primero. La jornada alivia; si no se convierte en rutina sostenida, el rezago regresa.
En ese contexto, el sector privado crece como salida práctica. Muchos casos no migran por ideología sino por urgencia: cuando el sistema público raciona con tiempo, el tiempo se vuelve intolerable. Y entonces el mercado vende lo que el Estado no garantiza: tiempo. A veces se paga al momento. A veces se paga por adelantado —vía seguro— para comprar certeza recurrente. Así se delega, sin decirlo, una parte del envejecimiento a la capacidad de pago de las familias.
Aquí puede decirse sin exagerar: México no tiene un fracaso clínico. Sabe operar cataratas. Su problema es otro: convertir capacidad técnica en calendario público. Medición en lente disponible. Quirófano en fecha cierta. Seguimiento en continuidad. Y, cuando sea posible, corrección refractiva integrada para que la cirugía devuelva no solo luz, sino autonomía.
En catarata, México raciona con tiempo. La catarata crece porque crece la población mayor; lo predecible no debería gobernarse con azar. Si la capacidad resolutiva alcanza solo para cubrir una fracción del rezago cada año, el resultado es matemático: listas que se perpetúan, jornadas como válvula y una transferencia silenciosa de casos hacia el mercado —a veces pagando al momento, a veces pagando por adelantado para no esperar.
El verdadero síntoma no es la opacidad del cristalino: es la opacidad de la agenda. No necesitamos más trenes sorpresa; necesitamos horarios: listas transparentes, insumos garantizados y tiempos máximos que se cumplan. Porque ver no debería depender de cuánto aguanta tu paciencia ni de cuánto alcanza tu bolsillo, sino de un derecho que, por fin, tenga fecha.
Referencias
- Institute for Health Metrics and Evaluation. (2023). GBD Compare data visualization. GBD Compare. https://vizhub.healthdata.org/gbd-compare
- The International Agency for the Prevention of Blindness. (2025). 2030 In Sight Country Progress Survey Vision Atlas (Cataract Surgical Rate for Mexico). Vision Atlas. https://visionatlas.iapb.org/compare/mx/
- Secretaría de Salud (México). (2025). Estrategia Nacional de Cirugía de Catarata “Ver por México”. Gobierno de México. https://www.gob.mx/salud/articulos/estrategia-nacional-de-cirugia-de-catarata-ver-por-mexico
*El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington.
Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor. rlozano@facmed.unam.mx; rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano
