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El déspota chochea

Publicado: enero 16, 2026, 5:30 am

La próxima semana se cumplirá un año de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Un año en el que no ha habido un solo día en que, por un motivo un otro, el mandatario norteamericano no haya ocupado la atención mediática de todo el planeta. Sus acciones, amenazas, exabruptos y extravagancias han generado tantos titulares que estos 12 meses en la Casa Blanca resultaron exhaustivos. Tanta intensidad y tanto protagonismo empieza a dar muestras de desgaste, cuando no de hartazgo, incluso entre los que por veneración o miedo le adulan y ríen sus gracias. Y es que no son pocos los que advierten que su proceder no es ya el propio de una persona cabal y que, al margen de su egocentrismo patológico, hace y dice cosas que apuntan a un cierto deterioro mental.

En noviembre de este año las elecciones de medio mandato elegirán representantes, senadores y gobernadores que resultan cruciales para el contrapeso y equilibrio de poderes. Unos comicios en los que sus rivales políticos aspiran a pegar duro a los republicanos para limitar las capacidades del presidente y bajarle los humos. La intención de los demócratas es administrar a Trump la misma medicina que él aplicó a Joe Biden cuando pretendía repetir mandato y antes de que cediera su candidatura en favor de Kamala Harris, su presunta senectud. Se da la circunstancia de que cuando él tomó posesión del cargo, el 20 de enero del pasado año, se convirtió en el presidente más viejo de la historia de los Estados Unidos. Tenía entonces 78 años y el próximo mes de junio cumplirá 80.

Conozco octogenarios con la cabeza mejor amueblada que muchos cuarentones, pero ese no parece ser el caso de Donald Trump, no al menos a la vista de algunos episodios que quienes le siguen de cerca vienen observando desde hace ya meses. Comparecencias públicas con declaraciones confusas en las que salta de un tema a otro sin sentido ni hilo conductor alguno, equivocando países y adentrándose en jardines retóricos de los que no consigue salir. En el Despacho Oval más de una vez ha mostrado un pretendido rictus de reflexión cuando en realidad se estaba durmiendo. Estos sucedidos han desatado toda suerte de especulaciones sobre su estado psíquico, que el equipo del presidente se esfuerza una y otra vez en contrarrestar destacando su supuesta inteligencia y agudeza mental. El propio Trump presumió públicamente de haber superado con nota un examen para detectar signos tempranos de demencia; examen y resultado que nadie sabe si es real y que conduce inevitablemente a pensar en lo de ‘dime de lo que presumes y te diré de lo que careces’.

Este es el perfil y la deriva del personaje que manda desde hace un año en la potencia hegemónica del mundo y que pretende ganar el Nobel de la Paz tras haber ordenado más de 600 bombardeos en distintos escenarios, incluida Venezuela, vulnerando el derecho internacional. El mismo que amenaza con quedarse con Groenlandia como un niño mal criado, y cuyas imitaciones ridículas y bailes patéticos proyectan la imagen de un Narciso trastornado. En el primer aniversario de los comicios en que logró una mayoría aplastante, la encuesta Gallup cifraba en un pírrico 36% el número de estadounidenses que aprobaban la gestión de Trump al frente del país. Lo ocurrido en las recientes elecciones a la alcaldía de Nueva York y de gobernador de Nueva Jersey y Virginia, con sendas victorias demócratas, no fueron un buen augurio para el presidente al que más de la mitad de los norteamericanos ya ve demasiado mayor para ocupar el Despacho Oval. Demasiado mayor, despótico y peligroso.

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