Publicado: junio 22, 2026, 7:00 am
Mientras el balón rueda en el Estadio Ciudad de México y el mundo entero voltea a vernos, las calles de la capital se llenan de otra clase de gritos. El Senado es tomado, la CNTE marcha y la fiesta mundialista convive con el bloqueo.
Volteamos hacia afuera, hacia los reflectores, y al mismo tiempo nos quedamos pasmados hacia adentro. Es el síntoma de una enfermedad vieja: dos visiones de país que no logran caminar juntas.
Por cada dos pasos hacia adelante, México da cuatro hacia atrás. Una parte mira al futuro; otra, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación entre ellas, mira al pasado, anclada en la defensa de lo que fue.
La Cuarta Transformación no es la causa de esa fractura: es su síntoma. En ella conviven funcionarios con vocación de futuro y funcionarios rentistas que disfrazan de «adquisición de derechos» lo que en realidad es mantenimiento del statu quo.
Es la visión de dos países. Uno exige rentas sin generar obligaciones; el otro cumple obligaciones sin adquirir derechos.
Y la grieta tiene coordenadas geográficas. Según el INEGI, en 2024 Chiapas tenía al 66% de su población en pobreza multidimensional, Guerrero al 58% y Oaxaca al 52%. En el otro extremo, Nuevo León (10.6%), Baja California (9.9%) y Coahuila (12.4%). La pobreza en Chiapas es casi seis veces la de Baja California.
El Mundial vuelve literal la metáfora. En suelo mexicano juegan Suecia, con 77,000 dólares de ingreso por habitante en poder de compra; Corea del Sur, con 69,000; la República Checa, con 64,000; Japón y España, con 59,000. Economías que algún día apostaron por el futuro. Pero también la República Democrática del Congo, entre las más pobres del planeta, con menos de 2,000.
Y aquí la comparación incómoda. Si nuestros estados fueran países, Nuevo León, con cerca de 40,000 dólares de poder de compra por habitante, jugaría en la liga de Uruguay, y la Ciudad de México treparía aún más arriba. Chiapas, en cambio, con apenas 8,000, sería más pobre que casi todas las selecciones que nos visitan: Sudáfrica, Túnez, Uzbekistán, y solo le ganaría a la República Democrática del Congo.
México no necesita rivales: el norte europeo y el sur empobrecido caben en la misma camiseta.
La historia confirma de qué lado han venido los avances. Cuando México ha crecido, lo ha hecho gracias a quienes apostaron por el futuro: la apertura comercial, la reforma de telecomunicaciones de 2013, la liberalización del mercado de combustibles. Ninguna nació del rentismo.
Es más: la propia caída de la pobreza entre 2018 y 2024, de 41.9% a 29.6%, se explica, según los analistas, sobre todo por el mercado laboral y los mayores salarios nominales, no por las transferencias. La productividad libera; la renta apenas administra la escasez.
No es nuevo. La tensión entre un México que quiere modernizarse y otro que se aferra a sus privilegios atraviesa nuestra historia, de la Reforma a la Revolución, del reparto agrario a las privatizaciones. Detrás de cada movimiento social y de cada ciclo económico han estado siempre estos dos rostros del mismo país jalando la cuerda en sentidos opuestos.
El Mundial nos pondrá frente al espejo durante un mes. La pregunta incómoda es qué verán esos miles de millones de ojos: un país que por fin decidió caminar, o uno que sigue dando dos pasos al frente y cuatro hacia atrás.
El balón rodará en nuestros estadios; pero el partido que de verdad importa, el del futuro, se juega en otra cancha. Y aún no sabemos cuál de los dos Méxicos lo va a ganar.
