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Del músculo a la mente: la nueva frontera productiva de México

Publicado: julio 20, 2026, 4:00 am

México aprendió a fabricar. No es una frase menor. Durante décadas, el país construyó una plataforma industrial que hoy compite con cualquiera: autos, autopartes, electrónicos, aeroespacial, dispositivos médicos y maquinaria. En el mapa global, México ya no aparece como promesa, sino como capacidad instalada.

Pero hay una pregunta que incomoda: ¿por qué, si exportamos tanto, no crecemos más? En 2025, nuestras exportaciones alcanzaron un récord de 664,000 millones de dólares —un incremento del 7.6% respecto a 2024—, pero el crecimiento de nuestro Producto Interno Bruto fue del 0.8%. La respuesta no está en negar lo avanzado, sino en reconocer que producir no siempre equivale a capturar valor. Podemos ensamblar el automóvil, pero si el diseño, el software, la ingeniería, la logística inteligente, la propiedad intelectual y la marca se quedan fuera, una parte sustantiva de la riqueza también lo hace.

Esa es la paradoja mexicana. Tenemos músculo industrial, pero todavía no hemos desarrollado, con la misma intensidad, la mente que debe acompañarlo. La fábrica es indispensable, pero ya no basta. El siguiente salto no consiste en sustituir manufactura por servicios, sino en rodear la manufactura de servicios de alto valor. A esto me gusta llamarle servindustria: una economía donde ingeniería, diseño, digitalización, certificación, capacitación, logística y cumplimiento regulatorio se vuelven parte del producto exportado.

El nearshoring abrió una ventana que no se repetirá fácilmente. Muchas empresas llegan a México por cercanía, costos, tratados y acceso a Norteamérica. Pero se quedan y escalan cuando encuentran algo más profundo: proveedores confiables, talento preparado y servicios profesionales capaces de resolver problemas complejos. Ahí se juega el futuro: no en traer una planta más, sino en lograr que cada planta compre más conocimiento mexicano.

El debate suele concentrarse en los grandes anuncios de inversión. Son importantes, desde luego. Pero el crecimiento de largo plazo se construye en un terreno menos vistoso: las pymes proveedoras. Si una empresa global busca componentes, mantenimiento, empaque especializado, software o trazabilidad, y no encuentra oferta local certificada, el valor se escapa. Si encuentra una pyme mexicana capaz de cumplir estándares, entregar a tiempo y mejorar procesos, el valor se queda, se multiplica y se distribuye mejor.

Por eso, el desarrollo de proveedores debe entenderse como política industrial de precisión. No se trata de cerrar la economía ni de sustituir importaciones por decreto. Se trata de sustituir con competencia, calidad y escala. El arancel puede proteger temporalmente, pero solo la certificación, la productividad y la confianza convierten a una empresa local en proveedor permanente de una cadena global.

También debemos invertir más en talento. La manufactura moderna ya no demanda únicamente manos capacitadas; demanda técnicos bilingües, ingenieros de datos, especialistas en automatización, expertos en normas internacionales, operadores logísticos con visión digital y directivos capaces de negociar en cadenas globales. La educación técnica, la formación dual y la vinculación empresa-universidad son infraestructura productiva.

La lección es sencilla: exportar más no es suficiente; hay que retener más valor por cada dólar exportado. Eso exige tres movimientos simultáneos: elevar el contenido nacional de nuestras exportaciones; ampliar la base de proveedores mexicanos —especialmente pymes— y convertir los servicios de alto valor en la banda de transmisión entre la gran planta exportadora y el resto de la economía.

México no necesita abandonar su vocación manufacturera. Al contrario: necesita usarla como plataforma de despegue. El músculo ya existe. Lo que falta es acelerar la construcción de capacidades, conocimiento y confianza empresarial alrededor de ese músculo.

Desde el COMCE, y particularmente desde la Sección Internacional para Centroamérica y el Caribe, esta agenda tiene, además, una dimensión regional. El Consejo Empresarial Mesoamericano, del cual COMCE ocupa la Presidencia permanente, puede articular empresas, proveedores, talento y proyectos entre México, Centroamérica y el Caribe. Mesoamérica no debe ser solo una referencia geográfica o diplomática; puede ser un espacio productivo complementario, una red de coinversiones, servicios compartidos, logística integrada y proveeduría regional.

Si México quiere pasar de potencia manufacturera a economía de alto valor agregado, debe mirar hacia Norteamérica sin dejar de construir su profundidad regional. El futuro no será de quien ensamble más, sino de quien piense, diseñe, conecte y capture más valor. Ese es el salto del músculo a la mente.

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