Publicado: julio 28, 2026, 5:00 am
De pequeña uno de mis planes favoritos era ir al videoclub, escoger una película, ir a casa y cenar en el salón mientras la veía en familia. Ahora la comida te la traen y para escoger qué ver solo tienes que encender la tele o el ordenador y empezar a navegar entre miles de opciones. Hay quien pasa más tiempo escogiendo lo que ver que luego viéndolo porque se queda dormido. O quien también pasa más tiempo escogiendo lo que ver porque en cuanto empieza a verlo se aburre, lo quita y se pone a buscar otra cosa. Y así. El ser humano siempre ha querido libertad y paradójicamente, ahora, que es cuando más la tiene, es cuando esta le está quedando grande.
Eso que tanto ansiaba ahora le da ansiedad. Ahora que tenemos tanta libertad, no solo no la sabemos valorar, sino que no sabemos qué hacer con ella. Internet nos abrió un mundo que no conocíamos, pero también ha generado un nuevo escenario psicológico y adictivo. Conceptos como FOMO (Fear of Missing Out), FOBO (Fear of Better Options) o «la parálisis por análisis» o “la parálisis decisional” son algunos de los nuevos conceptos que han surgido y que describen fenómenos cada vez más presentes, comunes y extendidos en esta sociedad hiperconectada virtualmente, pero que no sé hasta qué punto, emocional y racionalmente.
La paradoja de la elección
Durante mucho tiempo se asumió que disponer de más alternativas siempre era positivo. Sin embargo, la investigación en psicología lleva décadas cuestionando esta idea. Uno de los estudios más influyentes sobre este fenómeno fue publicado en el año 2000 por las psicólogas Sheena Iyengary Mark Lepper en la revista Journal of Personality and Social Psychology. En un famoso experimento, los investigadores instalaron un puesto de degustación de mermeladas en un supermercado.
En algunos momentos ofrecían seis variedades; en otros, veinticuatro. La mesa con mayor variedad atraía más visitantes, pero las ventas eran significativamente inferiores. Cuando las opciones se reducían, los consumidores compraban con mucha más frecuencia. Este fenómeno dio origen a lo que hoy se conoce como la paradoja de la elección: a partir de cierto punto, aumentar el número de alternativas no incrementa nuestra satisfacción, sino que dificulta la decisión y aumenta el arrepentimiento posterior.
Aunque el experimento se convirtió en uno de los más citados de la psicología del consumo, investigaciones posteriores, como el metaanálisis de Scheibehenne, Greifeneder y Todd (2010), han mostrado que el llamado choice overload (sobrecarga de elección) no siempre aparece y depende del tipo de decisión, del contexto y del perfil de quien elige.
Del miedo a perderse algo al miedo a decidir
Tengo casi 30 años y cuando abro instagram veo influencers transmitiendo que viven una vida de ensueño o cuerpos imposibles; o en general y en mi entorno planes a los que me gustaría ser invitada y no lo estoy; gente que se casan tienen hijos o se compran una casa, y/o vacaciones super caras. Y yo lo veo desde mi casa, con mi gato. Si esto me llega a pillar con 20 me habría afectado seriamente.
Poder ver continuamente lo que hacen los demás, que no es más que lo que los demás deciden enseñar puede provocar fácilmente y de forma más consciente o inconscientemente que te compares. Con todo eso que ves que los demás tienen y tú no. Esta sensación de tristeza que produce el pensar que otros están viviendo experiencias mucho mejores que las nuestras es lo que hoy se conoce FOMO, Fear of Missing Out. Este es un término acuñado por Patrick McGinnis en 2004 mientras estudiaba en Harvard.
Lo hizo en un artículo humorístico publicado en la revista de la escuela, The Harbus, titulado «Social Theory at HBS: McGinnis’ Two FOs». En ella describió, dos comportamientos muy frecuentes entre los estudiantes de Harvard: el recién citado FOMO (Fear of Missing Out), puesto que se dio cuenta de que el miedo a perderse una fiesta, una oportunidad profesional o una experiencia que otros sí iban a vivir era común; y el FOBO (Fear of Better Options), refiriéndose a la incapacidad que veía a su alrededor para comprometerse con cualquier cosa por el miedo a que en realidad haya una opción mejor. Es curioso porque McGinnis no era psicólogo, simplemente analizó su alrededor y plasmó el comportamiento observado.
El FOMO, un objeto de estudio científico
Casi diez años más tarde Andrew Przybylski convirtió el FOMO en objeto de estudio científico. En un artículo publicado en la revista Computers in Human Behavior (2013), titulado Motivational, Emotional, and Behavioral Correlates of Fear of Missing Out, definió este fenómeno como la preocupación constante por creer que otras personas están viviendo experiencias más gratificantes que las propias (Przybylski, Murayama, DeHaan y Gladwell, 2013).
La diferencia es sutil pero importante. Mientras el FOMO nace del temor a quedarse fuera de una experiencia, el FOBO aparece antes incluso de tomar una decisión. La persona retrasa continuamente su elección porque piensa que, si espera un poco más, encontrará una opción mejor. Quieres unos zapatos que están a la moda y te pones a buscar los que más te gustan. Ves unos que te encantan pero crees que quizás todavía no has encontrado los que más te van a gustar, y piensas que si sigues buscando aparecerán. Y esto es algo que se traslada directamente y que ha impactado de pleno en las relaciones.
¿Como huir y tomar una decisión?
Los expertos coinciden en que la solución no consiste en renunciar a la tecnología, sino en aprender a relacionarnos mejor con ella. Una estrategia consiste en limitar deliberadamente el número de alternativas antes de empezar a comparar. En vez de consultar veinte restaurantes, quedarse con tres recomendaciones fiables. También resulta útil establecer un límite temporal para decidir. Dedicar horas o incluso días adicionales rara vez mejora significativamente la calidad de una elección cotidiana.
Otra recomendación y para mí la más acertada es aceptar que la decisión perfecta no existe. En su libro The Paradox of Choice (2004), el psicólogo estadounidense Barry Schwartz distingue entre dos formas de tomar decisiones. Por un lado, están los «maximizadores» (maximizers), personas que buscan de manera obsesiva la mejor opción posible. Comparan precios, leen decenas de opiniones, revisan alternativas una y otra vez y, aun después de decidir, siguen preguntándose si habrían sido más felices con otra elección.
En el extremo opuesto se encuentran los «satisficers», un término que Schwartz toma del premio Nobel Herbert Simon, para referirse a quienes dejan de buscar cuando encuentran una opción que cumple suficientemente bien con sus necesidades. Según Schwartz, los maximizadores suelen obtener decisiones objetivamente mejores, pero paradójicamente se sienten menos satisfechos con ellas. El motivo es que, al conocer todas las alternativas descartadas, aumenta el arrepentimiento, la sensación de pérdida y la autocrítica. Los satisficers, en cambio, aceptan que la decisión perfecta no existe y centran su atención en disfrutar de la elección realizada, lo que se traduce en mayores niveles de bienestar psicológico.
¿La condena en libertad sigue siendo libertad?
Y es que nos cuesta comprometernos con un trabajo porque no cumple todas nuestras expectativas o condiciones; posponemos una compra importante por miedo a equivocarnos; retrasamos decisiones vitales y, en ocasiones, incluso nuestras relaciones personales se ven condicionadas por la sensación de que siempre podría existir alguien más compatible, una oportunidad más atractiva o una vida más deseable.
Hemos deseado tanto y durante tanto tiempo la libertad que en primer lugar, que no hemos reparado en tres errores. El primero, la vemos, incitados y afectados por sistema consumista, únicamente como la capacidad ilimitada de opciones. En segundo, se nos ha olvidado que la libertad implica responsabilidad. Son directamente proporcionales y querer una sin la otra no nos hace más listos sino más infantiles.
Y por último, la abundancia de opciones sin decidir trae consigo la incertidumbre. Y esa sí que no es fácil de gestionar. Porque cuando todo parece posible, elegir implica renunciar, y renunciar nunca ha sido tan difícil como en una sociedad que nos recuerda constantemente todo lo que podríamos estar haciendo.
