Publicado: enero 18, 2026, 5:30 am
El 8 de enero no fue un día cualquiera para mí ni para muchas mujeres afganas. Fue el día en que, por primera vez desde la caída de Afganistán en manos de los talibanes, sentí que nuestra lucha no solo era escuchada, sino también inscrita en la historia política de otro país.
Ese día fui invitada a la inauguración de una sala dedicada a las mujeres afganas en el Ministerio de Asuntos Exteriores de España. Un gesto que, para algunos, puede parecer simbólico, pero que para nosotras representa algo mucho más profundo: el reconocimiento de una existencia que hoy, en nuestro país, está siendo borrada de forma sistemática.
Cuando vi la placa metálica instalada en la puerta —con la dedicatoria a las mujeres y niñas afganas que luchan por sus derechos y su libertad— no pude contener la emoción. Se me hizo un nudo en la garganta. En Afganistán, actualmente, escuchar la voz de una mujer está prohibido. No es una metáfora. Es una realidad legal y social. Las mujeres no pueden estudiar, trabajar, viajar solas ni participar en la vida pública. Hablar se ha convertido en un acto de desobediencia. Existir, en un delito.
Y sin embargo, allí estaba nuestro nombre, escrito y reconocido en una de las instituciones más importantes del Estado español. Esa contradicción resume el drama que vivimos las mujeres afganas: silenciadas en casa, reconocidas fuera; castigadas por existir, pero homenajeadas por resistir.
Este acto no es solo un símbolo. Es una posición política.
En un mundo que ha decidido pasar página con Afganistán, donde la tragedia de las mujeres se ha convertido en una “crisis prolongada” sin titulares, esta sala rompe con la normalización del olvido. Porque las mujeres afganas no hemos dejado de luchar. Resistimos desde la clandestinidad, desde el exilio, desde el miedo y desde la esperanza. Resistimos para no desaparecer.
Nada de esto habría sido posible sin el compromiso firme y coherente de Ana Alonso Pérez, Embajadora en Misión Especial para la Política Exterior Feminista de España. Ana ha trabajado durante años en Afganistán, ha conocido de cerca a las mujeres afganas, ha visto nuestras realidades sin filtros ni discursos vacíos. Su experiencia no es teórica; es vivida. Y eso marca la diferencia.
En un contexto internacional donde la palabra “feminismo” corre el riesgo de quedarse en eslogan, Ana Alonso ha demostrado que una política exterior feminista puede traducirse en acciones concretas, visibles y duraderas. Esta sala no es una foto para el recuerdo; es un espacio permanente que obliga a no mirar hacia otro lado.
Durante la inauguración estuve acompañada por Fawzia Koofi, presidenta de la Organización de Mujeres por Afganistán, y por otras mujeres afganas que siguen alzando la voz desde distintos frentes. Nuestra presencia conjunta no fue casual. Representamos a millones de mujeres que hoy no pueden estar allí, que no pueden hablar, que no pueden viajar, pero que siguen resistiendo en silencio dentro del país.
Fawzia Kofi, en su intervención, subrayó que este reconocimiento representa un “faro de esperanza” para millones de afganas privadas de derechos básicos como la educación, el trabajo o la participación en la vida pública. Koofi advirtió que los talibanes utilizan sistemáticamente los derechos de las mujeres como una herramienta de presión y negociación política, una práctica que, según afirmó, no debe ser tolerada por la comunidad internacional.
Asimismo, agradeció a España por mantener visible la causa de las mujeres afganas y por transformar la solidaridad en acciones concretas. La inauguración de esta sala, señaló, contribuye a que la situación de Afganistán siga presente en la agenda internacional y refuerza el compromiso con la defensa de los derechos humanos. Para Koofi, recordar y nombrar a las mujeres afganas es también una forma de resistencia frente al silencio y la exclusión.
Ese mismo día se celebraba la Conferencia Anual de Embajadores 2026, con la presencia de todos los embajadores de España. Que la inauguración coincidiera con este encuentro diplomático envió un mensaje claro: la situación de las mujeres afganas no es un asunto marginal ni humanitario; es una cuestión central de derechos humanos y de política internacional.
En ese contexto, las palabras del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, resonaron con fuerza: “el mundo está en deuda con las mujeres afganas”. Y tiene razón.
La comunidad internacional negoció con los talibanes, se retiró de Afganistán y aceptó, de facto, un régimen que ha instaurado un apartheid de género. Las promesas de protección se diluyeron. Las evacuaciones se cerraron. Las mujeres quedaron atrapadas. Olvidadas. Solas.
Por eso, este reconocimiento no es un punto final. Es un recordatorio incómodo. Una advertencia de que la deuda sigue abierta y que los gestos simbólicos solo tienen sentido si van acompañados de acciones políticas, presión internacional y compromiso sostenido.
La sala dedicada a las mujeres afganas no es solo un espacio físico. Es un archivo de memoria, de dignidad y de resistencia. Es una forma de decir que nuestra historia no será borrada, que nuestras voces seguirán encontrando caminos, incluso cuando intentan silenciarnos.
Para mí, como mujer afgana, periodista y defensora de derechos humanos, este momento tiene un significado profundo. No porque solucione nuestra tragedia, sino porque rompe el silencio. Porque nombra lo que otros prefieren ignorar. Porque recuerda que mientras exista una mujer afgana resistiendo, el mundo no puede declararse inocente.
Hoy, en el Ministerio de Asuntos Exteriores de España, hay una puerta con nuestro nombre. Y mientras esa puerta siga abierta, el mundo no podrá decir que no sabía.
