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Cómo escapar de las impertinencias que repetimos en las cenas de Navidad

Publicado: diciembre 24, 2025, 6:30 pm

Cuándo te vas a echar novia”, “estás más delgada”, “cuándo te vas a quedar embarazada… ¡que los años pasan!”. Quién no ha soltado alguna de estas frases en la cena de Nochebuena. Incluso nos sentimos gentes educadas al verbalizar tales dardos. Porque lo hacemos con una sonrisa de simpatía en la boca. Porque necesitamos romper el hielo como sea. O porque, directamente, así, cambiamos rápido de conversación. Un atajo para esquivar las balas de la crispación política.

Pero cuidado con las coletillas que pretenden meternos a presión en un único molde de galleta de jengibre que no está hecha a medida de cada uno de nosotros. El “Que se te pasa el arroz representa a las expresiones populares que parecen inocuas y terminan torciendo la alegría de la celebración en las ralladuras de la frustración.

Y ya si eres abstemio, en pleno banquete, te coaccionarán hasta hacerte sentir mal. “No pasa nada por una copita», «¡Si un vinito es saludable!», «¿cómo vas a brindar con agua, da mala suerte”. No es de extrañar que la palabra sobrio nos suene a aburrimiento. Incluso se ridiculiza al que no quiere beber en esta cultura que lleva interiorizado muy adentro que sin ríos de alcohol no se puede festejar:”¿Qué eres un niño?» ¿Qué estás en una fiesta de cumpleaños en el cole». Ojalá sí.

¿Cómo evitar tales impertinencias que nos salen solas? El truco quizá esté en huir de las preguntas que jamás buscan respuesta. Solo remarcan, cual papagayos, ideas con las que crecimos y que nos definieron qué estaba bien y, a la vez, qué estaba fatal. Ideas simples para vidas repletas de rincones, confusiones y complicaciones en las que nunca hacemos lo que queremos, hacemos lo que podemos.

Mejor intentar escuchar más que decir. Pero nos cuesta. Como si no tuviéramos nada que contarnos y nos salvaran los tópicos. Por muy manidos que sean. Más aún en tiempos de redes sociales que nos arrastran a ser replicantes de las fanfarronerías del éxito, donde todos creen estar charlando y solo están en un estado constante de venderse a sí mismos. Sin tregua. Así el monólogo se disfraza de diálogo. Y no, no lo es.

Difícil no contagiarse de esa productividad travestida de felicidad para poder afrontar la esencia de la Navidad con un poco, al menos, de la ingenuidad perdida de aquella infancia que fuimos. Aquella infancia con la curiosidad de encontrar respuestas sin imponer en las preguntas. Cuando importaba lo que imaginabas que eras y aún no habíamos empezado a correr en el maratón de las apariencias de la vida que se presupone «deberías» lograr ser. O se te pasará el arroz.

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